viernes, 27 de abril de 2012

Corrientes y Talcahuano


El café estaba en la esquina de Avenida corrientes y Talcahuano. No era muy lujoso, las mesas y sillas eran viejas, pero se conservaban es estado. Las baldosas de la entrada ya habían perdido su dibujo original por el paso del tiempo y los pasos de los que entraban y salían.
A menudo muchos de los abogados de tribunales usaban los huecos de sus agendas para ir ahí y charlar con algún cliente.
No era de los bares que tienen internet, ni de los que tienen mozos menores de treinta años y con acento extranjero, los que atendían el lugar eran bien porteños. No se esperaba menos del lugar en el que estaba el establecimiento.
Ahí estaban ellos, llegaron puntuales, tres y media, ella abrió la puerta y lo vio a él, sentado en la mesa ubicada al fondo a la derecha, donde está la puerta de media altura para pasar al otro lado de la barra.
Una ubicación estratégica, desde ahí se podía ver todo el lugar, y ambas calles, por ende podían ver el transito y a los transeúntes ir y venir como hormigas por la calle.
El se paró, la saludó con un beso en la mejilla, le corrió la silla para que se sentara y volvió a acomodarse en su lugar.
Los ojos de ambos se miraban brillantes, reflejando una sensación de comprensión mutua casi inexplicable.
Se habían conocido por internet, en noches de soledad y vicio. No fue el típico levante de correo electrónico, lo suyo había sido el chat.
Había sido tres años atrás, ella salía de una relación larga y ocupaba su tiempo, encerrada en la casa, con la computadora. El estaba cómodo pero mal acompañado, según le había dicho en aquella ocasión, era solo cuestión de tiempo para que todo llegara a su fin.
Arrancaron casi en situación de levante, ambos, jugando a que jugaban, correteando son salir de su casa.
Seguían con su vida casi normal, de trabajo, salidas con amigos, asados familiares, malestares de las estaciones, etc.
Las confesiones más profundas llegaban a cualquier hora del día, con el típico sonido de las ventanas.
Acordando sin decir nada el tiempo diluyó el interés, la intensidad de las charlas y el interés menguaron.
Al año ya se habían dejado de hablar.
Para mantener el misterio o las reservas ninguno estaba en los contactos del otro en las redes sociales.
Para el segundo año, la sorpresa se la llevó ella cuando él la saludo para su cumpleaños, y retomaron el dialogo por unos meses hasta que ella comunicó que estaba saliendo con un flaco de la oficina, que hasta ahí no era nada formal. Sinceros ambos como siempre, el confesó también estar en pareja con una compañera de la facultad.
Las ventanas de diálogos volvieron a estar en silencio durante unos meses más.
Todo estaba claro, inciertamente claro. Se conocían sin verse, se querían sin haberse siquiera tocado, se conocían casi mejor que nadie, o al menos eso es lo que simula la realidad de internet, pero estaba en ellos creer que era así, casi como volviendo al período del Romanticismo.
Los dos en pajera no dejaban de amar a quienes tenían al lado, tampoco dejaban de pensar en la persona del otro lado de la ventana.
Los procesos de curiosidad, llevan a una decantación natural. Querían conocerse.
Y ahí estaban ellos, después de un par de años mirándose a los ojos por primera vez en sus vidas. Recordando noches y tarde de charlas, saludos esporádicos, chistes que solo ellos entendían, juegos de palabras y un montón de sensaciones y sentimientos que solo tenían significado en la persona de enfrente.
Tenían un poco más de media hora para verse, después de eso cada cual volvería al mundo real.
Hablaron de todo sin ahondar mucho en ningún tema. Los primeros cinco minutos es estudiaron de pies a cabeza para ver si coincidían con las descripciones que se habían pasado alguna vez por escrito.
Mirando el reloj, para no retrasar el resto de las actividades, el brillo de sus ojos se iba perdiendo. Los dos tenían pareja, no sabían si estaba bien o no lo que hacían, no porque hicieran algo malo en sí, sino porque no tenían como explicarlo.
Cómo y qué decir si alguno de los otros los llegaba a ver, o si alguien de sus conocidos los veía y salía con un cuento.
La culpa opacaba la sonrisa de ambos al despedirse, tal vez era algún cargo de conciencia que traían desde antes. Verse con otras personas a espaldas de sus compañeros de almohadas.
El único abrazo entre ellos fue en la esquina de ese café. Después allá subió por Corrientes y el doblo en Talcahuano.

lunes, 23 de abril de 2012

Desconectados


De los papeles escondidos entre las páginas de tus libros
Cuando andabas descalza con el pelo suelto
Tus labios apoyados en la taza de té que sostenías con las dos manos
La camisa verde que usaste el día que nos conocimos
Tardes paseando en bicicleta cerca de puerto
El reflejo del sol en tus anteojos plateados
La mesa del café que sostuvo nuestra primera discusión
Los ramos de margaritas  que le llevabas a tu mamá
Como acomodabas las aceitunas de la piza en la orilla del plato
Estrofas que leías de ese poeta francés
Las fotos que guardabas en carpetas fechadas por año
Tu bolso y el misterio de su contenido
Caminatas bajo los árboles del parque
Bequer y sus leyendas, sus mitos, las oscuras golondrinas, los ojos verdes
Cuadernos y libretas escritos con tinta negra
Entradas de recitales en el marco del espejo de tu cuarto en la casa de tus padres
Esa guitarra sin cuerdas que me regalaste
Lana gris que usaste para tejerme aquella bufanda
Nuestro dialecto de miradas y muecas con la comisura de los labios
Escuchábamos madera noruega entre copas de vino y almohadones en el piso
Deambulábamos entre los cuadros del museo
Jugábamos a las escondidas entre las góndolas del supermercado
Charlábamos pasándonos el mate de mano en mano buscando la punta de nuestros dedos 
Canciones que nos dejaban en silencio hasta el último acorde
Versos que escondía en los bolsillos de tu abrigo antes que salieras de casa
Estrategias para robarte un beso en público
Siestas en brazos, desconectados, soñábamos lo que vivíamos, vivíamos lo que soñábamos

domingo, 22 de abril de 2012

Esquimales (Parte I)


Una vez más los primeros fríos llegan golpeando la puerta del cuarto para avisarle al otoño que el invierno está por llegar para su visita anual de tres meses.
La decoración cambia paulatinamente casi olvidando los tonos suaves y cálidos. Las veredas empapeladas de dorado van descubriendo las baldosas desnudas, desprolijas, y mal tratadas por el paso de todos.
Sus tobillos se tocan bajo las sabanas, sabe que si se mueve mucho sus pies encontraran el frío de la parte inhabitada del colchón.
Nunca se acostumbro a luchar con la pereza que implica salir de la cama en los días frescos. Tomando valor, se enfrentó al piso del cuarto con los pies descalzos y fue al baño.
Después de una ducha el cuerpo le tenía que responder mejor, aunque su alma todavía estaba en la almohada.
El vapor se escapaba por la puerta abierta, mientras ella se secaba el pelo. El espejo le devolvía la imagen de una cara que no tenía maquillaje aun.
A las seis y media  ya estaba en la cocina calentando el agua para el café. Untó un par de galletitas con mermelada y las dejó sobre un plato. Esa mañana se había descubierto un par de canas, n o era la primera vez que pasaba, el problema era que cada vez pasaba más seguido.
Terminó el café y dejó la taza con agua caliente de la pava que había sobrado, a la vuelta la iba a lavar. Juntó sus cosas y salió para el trabajo.  
Cuando llegó a la esquina el viento que le acariciaba el cuello me hizo acordar que se había olvidado el pañuelo, pero no iba a volver a buscarlo.
La calle todavía tenía bordados los cordones con hojas que caían de los árboles.
Tres cuadras antes de llegar a la oficina, se dio cuenta que no llevaba consigo la ropa para ir al gimnasio, era la escusa perfecta para no ir, lo único que quería era volver a esa cama y acomodarse en posición fetal hasta entrar en calor otra vez.
Procuraba que su escritorio estuviera siempre prolijo. Una vez una jefa que había tenido le había dado ese consejo, porque la gente que se sentara del otro lado tenía que ver a alguien respetable, y si su escritorio veía ordenado, daba la impresión que era una persona que podía organizarse y podía velar por asuntos ajenos.
El reloj grande al final del pasillo nunca estaba apurado para llegar al medio día. Las puertas de las oficinas de sus compañeros estaban todas abiertas, eso hacía percibir airecito que entraba desde afuera. Alguien tenía abierta una de las pequeñas ventanas.
De camino a la fotocopiadora se cruzó con dos compañeras que charlaban del fin de semana, intercambiaron preguntas y comentarios combinando para almorzar juntas.
Durante la mañana habían desfilado varias carpetas por su escritorio, casi todas eran viejas conocidas. Repasando datos y buscando algo que se le había pasado por alto. Hizo una pausa y saco los ojos de las hojas para mirar por la ventana las nubes grises, sintió frio desde los pies hasta las manos. Quería volverse a su casa, cambiarse y esperar a que el sol se acueste para hacerlo ella también.
Justo en el instante en el que volvía la vista a los papeles, la pasaron a buscar para ir a comer algo. Sin dudarlo, agarró su abrigo, se puso en pie y cruzo la puerta cerrándola con la mano derecha.
Charlas de almuerzo con gente que hace compañía pero que en definitiva no eran amistades.
Pero le hacían falta charlas después de un domingo en soledad.
Lo bueno de las charlas de almuerzos es que tiene  que terminar por obligación y no hay que buscar  una oportunidad para terminarla, lo que varias veces la había salvado de tener que responder a preguntas personales o sin ir tan lejos de tener que evaluar acontecimientos vergonzosos que sus interlocutoras le comentaban.
Cuando cruzó el pasillo miro el reloj grande al fondo y le sonrió levemente, ya faltaba menos para irse. Pero cuando entró en su oficina se quedó pensando en que no tenía nada para hacer en su departamento. Hoy no iba al gimnasio por ende iba a estar más sola que otros lunes.
Allí en su tres ambientes, tenía todo, hasta soledad.
Ese pensamiento fue solo una chispa en su mente, no le dio cabida. Algo iba a encontrar para hacer al regreso después de todo alguien tenía que limpiar y acomodar.

Primer oficial


Distraído con la espuma no con las olas
Veo el reflejo del sol que se va en el agua del mar

Consciente de la distancia, de los peses
Sin mirar mucho las nubes que ya no preocupan

Veo al pequeño barco amarillo alejarse
Recordando a lo lejos mi puesto de primer oficial

Sin el sabor amargo de los rencores
Extraño las siestas al vaivén caprichoso del océano

El susurro del viento por las noches
Ocasiones bruscas y delicadas antes de ir a dormir

Canciones de quien se va a tierra firme
Y se olvida de que se siente estar a la sombra de un árbol

Paladar que extraña las carnes rojas
Con el discernimiento alterado por los vinos con aromas metálicos

Retirado de la embarcación, anclado en la costa
Quedan recuerdos de playas que nunca pisé ni volví a ver

Por las noches miraba desde estribor como la luna
Dibujaba siluetas de puertos en gamas de grises, postales inolvidables

El corazón guarda como una botella bien cerrada
Agua salada, el burbujeo de las olas, el espíritu de las tormentas nocturnas

viernes, 13 de abril de 2012

Botellas en el río (Parte VII)


El francés me dejó en el muelle que estaba a unas quince cuadras del hospedaje. Después de un apretón de manos di media vuelta y comencé a caminar, había sido un día particular, todavía me hacían eco en la cabeza algunas de las frases del viejo ese.
Caminar se me hacía pesado, tal vez era el vino que con el sol del viaje en lancha me estaba invitando a hacer una siesta, de esas siestas después de las siete de la tarde.
En cada cuadra recordaba distintos detalles de la charla, distintas miradas, gestos y posturas. Sobre todo el peso de algunas palabras que había dicho con mucho sentimiento.
Todavía era incapaz de hacer un juicio valorativo de toda la tarde, pero la segunda botella de malbec había sido la mejor, eso sin ninguna duda.
Llegué a la puerta del hospedaje casi arrastrando los pies, y me colgué del llamador.
- Volvió colorado el periodista.- me dijo el hombre que me abrió la puerta.- Un poco de sol y un poco de vino me parece.- hizo una seña con la mano frente a su nariz y se echó a reír.
- Si – dije con una mueca en la comisura de la boca, tratando de ser simpático ante la cargada.- un poco de las dos y otro poco de río.
- ¿Le fue bien con las botellas, consiguió lo que buscaba?
Si, si. Al final era solamente un viejo loco. – respondí caminando ligero para evitar más preguntas, en definitiva, el periodista yo era el periodista, el preguntaba por chusmo.-
Le pedí la llave del cuarto y encaré por el pasillo después de agradecerle.
Entré y tiré las cosas arriba ve la silla, me saque las zapatillas y me tiré en la cama con los ojos cerrados.
Tuve un sueño muy grato. Soñé que estaba cerca del sauce que parecía la cabeza de Bob Marley, mojándome los pies en el agua, con la botella de malbec que no me acordaba la marca, pero que en el sueño leía la etiqueta y me decía a mi mismo que la iba a comprar cuando volviera a casa.
Lo raro del sueño era que estaba charlando con el viejo de las botellas y me decía que ya no iba a tirar más botellas porque los de Greenpeace lo habían denunciado por contaminación. Lo que me parecía totalmente ridículo, mientras veía alejarse en el agua la última botella había tirado.
Me costó despertarme, parecía que había estado durmiendo la siesta un domingo habiendo salido el sábado a la noche. Me senté en la cama después de dudar un rato largo en hacerlo.
En ese momento vi la otra botella intacta arriba de la meza. La curiosidad me estaba despabilando.
Fui al baño y me lave la cara con agua tibia, me miré en el espejo y me di cuenta que no había sido suficiente, así que volví a lavarme la cara pero con agua fría.
Entré en el cuarto, agarré la botella y fui a la cocina, la envolví en un diario que había encontrado debajo de la mesada, doble un repasador en cuatro se lo apoyé encima y con el cabo de un cuchillo le di un golpe. Podría asegurar que fue la vez que mejor había roto una botella.
Limpié todos los pedazos de vidrio y me fui de la cocina. Antes de abrir la puerta me acordé que la primera botella tenía otro papel y cuando entré al cuarto me puse a buscarlo, no estaba por ningún lado. Y ya tenía el contenido de la otra botella, una sola hoja amarilla.
Sin mucho pensar volví a colocarme en la mejor posición para leer, acostado.
Más de la mitad de la hoja se había mojado y la tinta se había desdibujado, sólo se podían leer algunas partes de los párrafos.

…ya no me quedan muchas ideas para escribirte, pero por eso no voy a dejar de hacerlo, tal vez hoy no tenga la inspiración suficiente…

Todo este tiempo pensé en pedirte que me devolvieras los abrazos, los besos, las miradas, las caricias en la cara… pero todo eso te lo di como un regalo, no tengo derecho a pedir que me lo devuelvas, y tal vez quien sabe si esos fueron los últimos, si después de esos no hay más. Prefiero que te los quedes como suvenires del la primavera que nos vio caminar de la mano cerca del rio.
Hoy no tengo más ganas de tirar botellas en el río...

También me quedo con los suvenires de esa primavera…

Tal vez el rio sea como la vida, todo esa agua llega al mar y es parte de un caudal inmensurable, tal vez seamos eso…

O la vida sea como un rio, como el agua que corre y  no pasa dos veces por el mismo lugar…

miércoles, 21 de marzo de 2012

Hombre de ciencia


Sumar mis decisiones
Marcó el camino
Que me trajo por este río.

Restar las diferencias
Nos acercó, solo
Nos identificamos de lado a lado.

Multiplicar las charlas
Ayudó y distrajo,
Cerca y lejos era lo mismo.

Dividir el tiempo,
Horas y días,
Con charlas a ciegas solo susurrando.

(Con el tiempo)

Volví a sumar
Y los números
Daban resultados distintos, faltaba la mitad.

Volví a restar
Todos esos sentimientos
Que me habían impulsado a viajar.

Volví a multiplicar,
Esta vez, el
Tiempo en soledad, momentos en paz.

Volví a dividir
Dos en uno,
Uno en varios, varios en nada.

Volví a repasar
Cálculos, descubriendo que
No soy un hombre de ciencia.  

martes, 28 de febrero de 2012

Botellas en el río (Parte VI)


Se metió en la casa otra vez, se escuchaban ruidos de cajones como cuando se pierde algo importante. Después de eso puso música y salió.
No encontraba el saca corchos.- dijo con el corcho en la mano y lo dejó arriba de la mesa.-
- Es Spinetta ¿no? – pregunté algo sorprendido.-
- Sí, que pensás, que todos los que viven en islas en el río escuchan “Pedro canoero”.- soltó una risa sarcástica.- es un cd con canciones mezcladas.
Este tipo era más particular de lo que pensaba, por el lugar donde estábamos me esperaba algo de Víctor Heredia o el Chango Spasiuk.
Se acomodó en si silla llenó su vaso y prendió otro cigarro.
Si la cirrosis no lo mataba, seguramente el alquitrán en los pulmones lo iba a hacer.
Retomó la historia poniendo una fecha precisa. Mientras él había ido a buscar su vino, yo había apagado el grabador para ahorrar batería.
Siguió su relato nombrando personas y ubicándolas en distintos lugares. Marcando bien cuáles eran los roles que cada uno de ellos tenía en la historia.
Al principio no había buenos ni malos, sólo eran personas, pero a medida que se desarrollaba el relato se podían ver claras intenciones. Tal vez era un relato tendencioso, y como periodista no me atreví a evaluar nada hasta que terminara su historia.
Tomaba y fumaba en cantidades dignas de un socialista revolucionario exiliado en Centroamérica.
Se detenía en detalles que se transformaban en anécdotas, y luego las anécdotas volvían a ser detalles dentro de la narración.
Volvió a levantarse pero esta vez para ir al baño, eso me dio tiempo de hacer un par de anotaciones rápido para no olvidar cosas importantes, después de todo era una historia atrapante, con sentimientos shakespirianos, con palabras crudas como las que usaban los escritores rusos, sin eludir esa suerte de realismo mágico que tienen los de habla hispana y con un imán hacia las situaciones típicas de una película de Allen. Después de todo, ellos copian o copiaron lo que la gente vive para contarlo a su manera. 
En su ausencia hubo una sola pregunta en mi cabeza: ¿Por qué me contaba todo eso? Seguramente, cuando terminara de hablar tendría la oportunidad de indagar en eso.
Se acercó a la mesa y puso un pequeño banquito para apoyar los pies, cruzó las piernas y continuó con la historia.
Si bien el tipo no era Landrizina, resultaba entretenido oírlo.
De repente su semblante cambió, ya no hacían gracia los chistes, y el tono de su voz se moderaba hasta llegar a ser casi solemne. No era para menos, había llegado la parte trabada de la historia, todos los detalles anteriores cobraban el valor que debían a la luz de las últimas palabras.
Debo confesar que el final me resultó un tanto estúpido, pero me aliviaba que no era mi historia.
No le faltó decir “fin” pero  sabía que después de que dijera: “El tiempo dirá”, su cuento había terminado.
Guardó silencio con los ojos puestos en un sauce que parecía la cabeza de Bob Marley recostada en la orilla del río.
Mientras él estaba callado aproveché para servirme más vino yo. No era de los finales en los que se brinda, pero una copa colabora con el mal sabor de boca, pensé.
La botella estaba a menos de la mitad, a dos dedos de terminarse y es escuchó el ruido de la lancha del francés.
- Ahí te vinieron a buscar. – dijo.-
- Si, mejor me apuro antes que se revire y se vaya.
- Si, cierto, ese francés vicioso no tiene todos los patitos en fila.
Me había sonado bastante rara la declaración de “ese vicioso”, como si lo dijera un deportista de alta competición.
- Antes que te vayas te voy a dar algo.- fue al costado de la casa y trajo tres botellas.- una es de vino, pero sin etiqueta, es vino igual no te preocupes. Y las otras dos son para que me hagas el favor de tirarlas al río por mi. Te lo agradecería mucho.
Ante semejante oferta no podía negarme, menos después de haber escuchado toda la historia.
- Si, por supuesto, no se preocupe.
Apretón de manos de por medio,  bajé los escalones de madera hasta el caminito que llevaba al muelle.
El francés estaba con cara de cansado, no había amarrado la lancha al muelle, era obvio que no tenía intenciones de bajarse a saludar.
- A vos también te dio botellas para el río, ahora se las da a cualquiera.- y se río con muchas ganas.-
Lo miré y sonreí de forma cómplice.
Me subí dejé mis cosas en el piso y arrancamos rio abajo. El sol caía a nuestra derecha, los rayos que se llegaban a filtrar entre los árboles salpicaban con un brillo dorado el agua del rio.
Justo cuando me daba vuelta para preguntarle al francés donde era mejor tirar las botellas, pareció leerme la mente.
- Ya no tiro más las botellas que me da. También conozco la historia, creo que soy al primero que le contó, pero también conozco la historia del otro lado. Vale la pena tomarse todo ese vino, pero no vale la pena tirar las botellas. El río no las va a leer. – hizo una pausa relativamente larga, en la que me dejó pensando, y continuó.- es de gusto que trate de hacerle llagar algo, pero no lo voy a convencer de lo contrario. Vos si querés tiralas por acá, tarde o temprano van a llegar río abajo, sino dámelas a mi que se las doy a botellero y hago algunos manguitos.  
Tal vez ese borracho tenía razón, pero las botellas me las había dado a mi, y las solté al costado de la lancha. Prefería que el río fuera el que decidiera si las botellas deberían o no llegar a destino. Así las había encontrado yo.
En ese momento me acordé que todavía me quedaba una botella por abrir y leer, y otra por abrir y tomar.