martes, 14 de septiembre de 2010

Ideas, colores y armas

Acusado de traición, Gabriel Héctor Quintana Sánchez iba a ser fusilado aquella misma tarde.
Nadie juzgó su delito. Fue una resolución de común acuerdo entre sus superiores, para dar un ejemplo al resto de la milicia.
Su crimen había sido perdonarle la vida a un soldado de la filas enemigas.
Esto, resultaba ser un crimen importante en épocas de guerra civil. La misma sangre luchando entre sí para gobernar la tierra que les corresponde a todos, pero que una vez más, por razones políticas el pueblo volvía a las armas luego de una paz intermitente de diez años.
Los colorados eran los del este del país, y los azules del noroeste. Ambos bandos se encontraban midiendo fuerzas en el centro de, lo que antes, era una nación.
- Tengo esposa e hijos, por favor no me mates. -Le había dicho.-
Esas palabras paralizaron a Gabriel. Enfrente tenía a un joven de no más de veinte años, con una alianza en el dedo anular de la mano izquierda.
Durante unos breves instantes, se quedó pensando en su propia familia, la que había perdido hacía cuatro años, antes de enlistarse en la guerrilla.
Su esposa y su hija recién nacida habían muerto cuando una avanzada de los rivales irrumpió en su aldea, quemaron su casa con ellas adentro mientras dormían.
Antes de usar armas de fuego, él había sido pescador de río, aquella noche estaba pescando con su red y su canoa.
Cuando regresó a los suyos, encontró el desastre, sólo cenizas.
Estuvo días sin dormir del dolor, y en la desesperación de venganza se unió a una idea que él no abrazaba, pero esa idea era una excusa para matar a quien le había arrebatado lo único que valía la pena en su vida.
Y cuando tuvo a ese soldado raso arrodillado delante, y le pidió que no le quitara la vida por su familia. Pensó en que hubiera sido si alguien le hubiera dado una opción para su esposa y su hija, quizás, hubieran tenido alguna oportunidad de evitar ese cruel destino.
Lo miró a los ojos, y no le dijo nada. Lo seguía apuntando con el fusil. Con una mirada de compasión, cerró los ojos para que el muchacho escapara.
Lo que él no tuvo en cuenta era que estaba siendo observado por un sargento primero que gritó:
- Dispare soldado, dispare.
Héctor bajó el fusil y miró al suelo.
Para sus compañeros, era un traidor a la causa. Traidor a una idea, pero no traidor a la vida.
Quien era él para matar a alguien. Era guerrillero, pero no era Dios.
Su sed de venganza lo había llevado hasta ese punto. Hasta su propia muerte.
Seguramente, esto le pasa a la gente buena, pensó, que no está preparada para matar, y que subestima las consecuencias de la revancha.
La ironía era muy clara, iba a morir por perdonar una vida. Lo desquiciado de las ideas es que cuando se visten de algún color, discuten y llegan a las armas, y matan para imponerse.
Faltaba una hora para enfrentar el paredón. Acostado en el catre de la celda, apretaba en la mano derecha un rosario que había sido de su madre, y en la mano izquierda sostenía la única foto que tenía de su familia. En solo cuestión de minutos iba a volver a verlos,
-Porque los que perdonan son los que van al cielo.- Murmuró.-
Lo esposaron y lo condujeron a la parte posterior del campamento, si iban a fusilar a uno de los suyos, no era conveniente que el enemigo lo viera.
Antes que lo vendaran y lo dejaran solo, dijo al soldado que lo escoltaba:
- Hice lo correcto, lo dejé vivir.

lunes, 13 de septiembre de 2010

El pirata y la mujer maravilla

Se conocieron en una fiesta de disfraces. Un pirata de poca producción y la mujer maravilla con un lazo de nylón. Él tenía un problema serio de infidelidad, por eso se le acerco. Ella tenía complicaciones con las hierbas recreativas.
Con unas pocas copas habían entrado en confianza. Tanto, que esa noche se fueron juntos de la fiesta.
Todos en aquel lugar vieron formarse una extraña combinación. Sus conocidos en común se extrañaron hasta el temor, en el peor de los casos.
A las pocas semanas, él decidió abandonar la relación en la que estaba para irse a vivir con ella. Dato totalmente desconocido por su nueva compañera.
Lo asombroso, para los de afuera era ver esa rara combinación de personalidades, dos caracteres totalmente opuestos, con un juego extraño de vicios y trampas por ambos lados.
Él no desconocía el desliz de su concubina, pero no sospechaba su dependencia. Constantemente ella recurría a pequeños recreos de la realidad bañados en un paisaje de humo.
Los dos se mentían y se engañaban para que el otro pensara que todo estaba bien. Ella decía que solo se divertía una vez cada un par de días, él solo salía con amigos.
Los más cercanos, los que conocían de cerca a la pareja no entendían como hacían para convivir en un ambiente de tanta falsedad. Una de dos, no ninguno de los dos sabía quién era el otro, o lo sabían, pero preferían vivir una mentira antes que estar solos, después de todo, no eran personas fáciles de llevar, había que estar dispuesto, muy dispuesto, a vivir con alguno de ellos, tanto más a tener una relación con cualquiera de los dos.
Cada tanto tenían discusiones, las que hacían parecer al Armagedón como un simple juego de mesa.
Al lado de el pirata y la mujer maravilla, las parejas amigas se sentían bendecidas por el cielo, hacían ver sus discusiones como si no fueran nada.
Con discordias y todo, se necesitaban, se querían.
Desde que se conocieron no se separaron, no por completo, cada tanto tenían idas y vueltas. Pero qué más daba, se entendían así.
Y pensar que en las primeras charlas querían ponerse de acuerdo para darle vida a un sueño, ahora soñaban con poder llegar a un acuerdo para vivir.
Dos o tres veces a la semana el dormía en el sillón, ni hablar las semanas de luna llena. Pero esos días, decía él, eran cuando más la quería. Ella, al contrario, no lo quería ni ver.
Su receta para esos días, era mirar una foto del día en que se conocieron, cada quien con su disfraz. Miraba a la mujer que tenía la tiara con la estrella ¿Dónde iba a encontrar a una mujer parecida a esa? A pesar de sus visitas a otras flores en otros jardines, siempre quería volver a ese sillón, cerca de ella, por si a caso lo necesitara.
Ella también tenía su receta para momentos difíciles, guardaba en el cajón de la mesa de luz el álbum de fotos de sus primeras vacaciones juntos, en la playa. Le recordaban lo felices que fueron, y así no perdía las esperanzas de volver a ser felices como en aquel verano.
Dejar todo y rendirse no era una opción, eran demasiado obstinados para el amor. Tal vez sus educaciones católicas y los principios de las familias no los dejan desistir, no estaban casados, ni estaba en los planes. Pero concebían el amor para toda la vida. Aunque tuvieran que llevar puestos toda la vida los disfraces del día en que se conocieron.

No lastimar tanto

Era una situación que ya no podía esconder, mucho menos evitar su desenlace.
Estaba solo en su casa, sentado a la mesa, tomando mate. Amargo y caliente, como le gustaba. La radio se escuchaba de fondo, pero había que hacer fuerza para escucharla. Necesitaba silencio, pero la soledad no le estaba haciendo bien.
Había descubierto que se podía estar solo a pesar de tener la compañía de alguien.
En una mano sostenía el mate mientras lo tomaba, con la otra jugaba con un llavero. Como un soldado en las trincheras juntando valor antes de ir al frente, se mentalizaba para la batalla que estaba por enfrentar.
Los minutos pasaban lentamente, todo pasaba lentamente. Hasta sus pensamientos, cada razonamiento tardaba más de lo normal en aclararse.
Todo su esfuerzo se concentraba en encontrar la forma de decir las cosas de tal manera que no lastimara.
Pensó en un simulacro de cuatro palabras: “Ya no te amo”. Pero eso sería un verdadero suicidio. Casi como inmolarse.
Tal vez, algo parecido a: “no siento lo mismo que antes, no te quiero mentir cada vez que te miro a los ojos, así que mejor terminemos, por el bien de los dos…” Esa le parecía la muy sincera, hasta correcta y justa con lo que pensaba y sentía.
A parte, tenía que sintetizar sus razones. No podía decir que realmente la pasaba mal a su lado, eso sí sería lastimarla a propósito. Si bien, era totalmente cierto, últimamente la pasaba terrible con ella, no era justificativo para lastimar. Es más, si él se dirigía a ella de esa manera, conociéndola, seguramente ella trataría de manipular las cosas para hacerlo sentir mal a él, y eso complicaría las cosas.
La conocía, sabía cómo era, podía adivinar sus jugadas. Eso era lo que le daba miedo. Ya sabía cómo iba a reaccionar. Seguramente, no lo aceptaría, y su respuesta sería que “habría que luchar por el amor”.
Que vergüenza decir eso, porque si realmente amara, sería capaz de soltar algo que se quiere ir. Pero era como ella pensaba, ya se lo había dicho en una discusión hacía unos meses. Después de eso siguieron, pero solo para lastimarse. La relación no contaba con una coherencia. Muchos caprichos y estupideces que no llegaban a ningún lado.
También tenía que aplacar sus sentimientos, todo estaba mezclado, algo de cariño, de bronca, de tristeza, y la extraña sensación de buscar aire y libertad que lo dominaba desde hacía unas semanas.
Ya se le estaba terminando el agua del termo, y se le acababa el tiempo. Para cuando saliera de su casa, ya tenía que saber que iba a decirle. Pero no solo era eso, sino también afirmarse en la convicción de la decisión que había tomado, la de terminar.
El último estaba más que lavado, pero se lo tomó igual.
Se puso el reloj, guardó el celular en el bolcillo del pantalón, agarró las llaves y salió, seguramente en el colectivo, de camino a la última cita, encontraría las palabras y la forma para no lastimar. No lastimar tanto.

sábado, 11 de septiembre de 2010

La frase

Otra vez lunes, todo comenzaba de nuevo. Hacía diez minutos que había apagado el despertador, pero todavía seguía en la cama con los ojos cerrados.
Antes que se le hiciera tarde para desayunar, su mamá la destapó. Situación común, más cuando comenzaba la semana.
Casi de un salto dejo la cama. No encontré las pantuflas y salió descalza del cuarto. Fue al baño, se duchó, se cepilló los dientes, se vistió y bajo a tomar una taza de café con leche a la cocina.
Intercambió unas pocas palabras, casi un reto, con su mamá porque iba a salir con el pelo mojado.
Nada de eso parecía afectar su estado pensativo. Juntó sus cosas y salió para la facultad, estaba en el primer año de arquitectura.
Mientras esperaba el colectivo en la esquina, una frase no paraba de martillarle la cabeza: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón…”
Lo había dicho el predicador en la iglesia el domingo por la mañana.
Ella asistía por obligación, no por gusto, ni por otra cosa. Su papá había sido muy claro, mientras ella viviera bajo su techo, tenía que obedecer y seguir las costumbres de la familia.
Sus papás y sus dos hermanos menores, concurrían con gusto todos los domingos, ellos eran creyentes practicantes. Ella se definía como una acompañante.
No recordaba ni siquiera la cara del predicador o de que libro de las Escrituras había sacado esa frase. Pero no podía evitar que retumbara en su cabeza.
¿A qué se refería con guardar su corazón? Se preguntaba. Ella solo le encontraba una única respuesta. Guardarlo del chico con el que estaba saliendo, o estaba tratando de iniciar una relación.
No podía haber otra explicación, era por eso.
Seguramente, su papá, había hablado con ese predicador para que dijera cosas así. Porque, tanto su papá como su mamá, no estaban a gusto con el chico con el que estaba saliendo para conocerse mejor, así decía ella.
Lo importante, en realidad, era lo que sentía hacia él. Eso era lo que la tenía intranquila. No sabía lo que en verdad sentía. Le gustaba y mucho, también le gustaba pasar tiempo con él.
Pero, al llegar el momento de poner algo en limpio sobre la mesa, no encontraba otra cosa.
Él se le había insinuado varias veces en pasar la noche juntos, pero ella no se sentía segura. A parte, cómo explicar en casa que iba a pasar la noche afuera.
No veía la necesidad del apuro. Porque si él realmente la quería, la iba a esperar.
En ese sentía, mal que le pesara, le daba la razón a ese predicador. Ella tenía que guardar su corazón, tenía que guardarse de él, y también de ella misma.
Ya se estaba por bajar del colectivo. Tenía puestos los auriculares para escuchar la radio.
Se bajó del colectivo con una extraña sensación de estar siendo observada, pero nadie en la vereda de la facultad parecía prestarle atención. Capaz era ella que se sentía perseguida por sus razonamientos y esa frase que no paraba de gritarle por dentro.
Su conciencia le decía que se cuidara. Pero no entendía bien de qué.
Quizás era el instinto de preservación natural, el instinto de no sufrir, no sentir daño por querer a la persona equivocada, o dejar que alguien jugara con ella.
Si bien, no era muy creyente, prácticamente poco y nada, algo le daba la convicción de hacerle caso a esa frase.
Ahora tenía que dejar de lado todos esos pensamientos y razonamientos. Ya estaba cursando y no podía distraerse, matemática era una asignatura complicada para ella y le demandaba el doble de atención que las otras, no podía darse el lujo de estar distraída.

Un verdadero milagro

No existe el tiempo perfecto para el amor, en cambio, existen los momentos de amor perfecto.
El amor entre seres humanos no es eterno, pero ¿Cómo es qué para algunos el amor dura toda la vida? El secreto está en que esos momentos o instantes de amor perfecto sean sucesivos, consecutivos. Lo cual, es una mera decisión de cada individuo.
Dándole poco espacio y tiempo en la vida a la rutina del sentimiento, al desánimo, la desesperanza, la costumbre de la compañía.
El amor no se sostiene por el cariño, sino por esa constante decisión de amar, y de vivir esos instantes de amor perfecto todos los días.
Dicha resolución, es tan fugaz como un parpadeo o como la vida que puede llegar a tener una chispa. Así de breve.
Una chispa, un impulso, que lleva a resolver algo inmediatamente, y a actuar en pos de ese minúsculo instante donde el universo con sus mundos y sus tiempos pasa delante del individuo.
Un detalle importante es entender y saber que, para que una chispa pueda encender una fogata, es necesario que la hojarasca esté seca.
Algo seco, es algo que está muerto por fuera y por dentro. Inerte.
Es por eso, que algunos encuentran el amor cuando no lo están buscando. Cuando están secos.
Sin ánimo para querer, encariñarse, mucho menos para amar.
De la misma forma que un explorador en el bosque, enciende su fuego para pasar la noche, puertas adentro del pecho, un destello contagia luz y vida en las entrañas de un ser adusto.
Sin embargo, nada de esto es milagroso, tanto los momentos de amor se pueden fingir, la decisión se puede fingir, hasta las decisiones se pueden fingir, se pueden inventar destellos o chispas que iluminen de forma artificial el interior de la caja dentro del pecho.
El verdadero milagro, sucede antes que todas estas cosas. El milagro no es amar, sino encontrar a quién amar.
Todo esto, casi una explicación metafísica, sucedió dentro de una persona sentada en un en un parque, mientras miraba dos ancianos que caminaban tomados de la mano.
¿Cómo es que me resulta tan difícil, encontrar el amor sin buscarlo, acaso no estoy lo suficientemente seco como para que una chispa encienda algo de luz dentro mío? Se cuestionaba.
Era minucioso a la hora de inquirir en sí mismo, pero a la hora de hurgar en su propio pecho, los papeles de sus razonamientos se le mezclaban, sin encontrar un libreto coherente para su discurso interno.
Tal vez, rodeaba demasiado la misma cuestión, buscando una respuesta que iba a llegar con el tiempo. Pero sus ansias de satisfacción y respuestas, le impedían descansar de sus pensamientos. Justamente por eso estaba en el parque, ahí sentado, para distraerse y no seguir pensando. Sentado esperaba un verdadero milagro.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Termineitor

- Sí seguís llorando, te voy a golpear para que tengas un buen motivo para esas lágrimas.
- Dejame che, no hace falta que hables así.
- No te me vengas a hacer el sensible, a todos alguna vez nos dejó una mina. Y no es para andar llorando o dar lástima. Pasó lo que tenía que pasar, punto. La macana es que terminaron mal.
- ¿Mal? Mal, es una forma de decir. No era solo una relación así nomás, las familias se conocen, hay amigos en común, había planes en común. Muchas cosas. Pero ahora ya no quedó nada de eso. El grupo de amigos se va a dividir, como siempre, cada uno va a tomar partido y eso.
- Los que toman partido no son tan amigos, yo no soy, ni fui amigo de ella, así que no me hago cargo.
Cuando terminó de decir eso, le cebó un mate y se lo pasó. Eran amigos desde la primaria, se conocían bien como para saber cuando alguno de los dos estaba mal en serio. Esta, era una de esas situaciones, las que ameritan compañía de alguien de confianza.
- No es sólo la separación de los amigos, también es decirle a todo el mundo que terminamos y explicar.-Decía mientras hacía ademanes con el mate en la mano.-
- Explicar ¿Qué? – Se apuro a interrumpir el amigo.- Vos no tenés nada que explicarle a nadie. O a caso los demás te andan dando explicaciones de su vida y sus decisiones. No le debes explicaciones a nadie. Todo queda entres ustedes dos. Y la verdad, me alegro que hayas terminado, muy absorbente. No podías hacer nada, ni jugar al básquet con los pibes.
- Es cierto, no le debo nada a nadie. Mucho menos explicaciones.- Terminó el mate y se lo devolvió al cebador.- De todas formas va a ser molesto que todo el mundo pregunte.
- A estas alturas eso es lo de menos, les podes decir cualquier cosa. Que la dejaste porque era ladrona, o consumía estupefacientes o porque era bipolar y cuando estaban solos te golpeaba y sufrías violencia hogareña.
- No, bueno, ahí te fuiste a la banquina. No se puede hablar en serio con vos.
- Como si no me conocieras. – Hizo una pausa.- Un chiste para levantar el ánimo. Acordate de estos días de penas, de acá a la otra navidad la vida no va a encontrar en otra situación, en otro lugar y quién sabe, con otra persona.
Los mates iban y venían, la charla seguía su curso.
Pero esa última frase de su amigo, realmente le levantó el ánimo. Ya se podía imaginar de ahí a un año. En otro lugar, haciendo otras cosas, y quien sabe, con otra persona.
Por ahora no quería saber nada con nadie y quería estar solo. Todavía no se lo había dicho a nadie, pero tenía miedo de las relaciones, después de todo lo que le había tocado vivir, realmente no tenía ganas de perder el tiempo no de andar rifando sentimientos por ahí.
- Están ricos los mates.
- Gracias. – Dijo el cebador.- Che, el sábado hay fiesta en lo del Ruso ¿vamos? Van a estar las amigas de la hermana. Todas gringas de ojos verdes. Y las amigas de la novia del Ruso, las del equipo de hockey.
- No, te agradezco.
- Dale, vamos para distraernos un rato, de paso a ver si picamos algo.
- Habla por vos. Yo no tengo ganas de salir de levante.
- Pero no es levante. Vamos, vemos que pasa, y sí hay suerte, hay suerte. A parte para despejarte un poco. Ver chicas lindas. – Hizo un silencio.- No es que tu ex era fea, pero para recrear la vista che. No te va a venir mal.
- Vemos. Dejame ver cómo llego al sábado.
- Te paso a buscar con el Cabezón en el auto y vamos.
Era jueves, y la verdad, no quería pensar en el fin de semana. Sabía que esos dos lo iban a pasar a buscar y que no se iban a ir sin él. Eran capaces de sacarlo de la cama, vestirlo y llevarlo aunque él no quisiera. Eran sus mejores amigos.
- Bueno termineitor. Me voy que se me hizo tarde.
- ¿Termineitor? ¿y eso por qué?
- Y papá, porque te animaste a terminarla con la mina esa. – largó una carcajada.- No te enojes, discúlpame, no me pude resistir al chiste.

Sin despedirse

- Ya me voy ¿no?
- Sí.
Únicamente había abierto los ojos, otra cosa no podía hacer. Hacía dos semanas que no movía ninguna de sus extremidades. Después de tres días de dormir bajo los efectos de distintos fármacos.
Ahora tenía visitas a los pies de la cama.
- ¿Así no más me voy a ir? – preguntó con asombro.-
Su interlocutor se limito a mirarlo. Sus ojos no le decían nada.
- No puedo despedirme, no es justo. – Habló nuevamente, con un tono distinto, matizado con bronca resignación y miedo.-
- La justicia, no tiene nada que ver conmigo. Hago lo que tengo que hacer. No decido.
La habitación estaba iluminada solo por la luz de la calle, que entraba por el ventanal. A la derecha de la cama estaba la mesita de luz con una biblia, un vaso y una botella de agua mineral.
A la izquierda, sentada en una silla, una mujer dormida.
- Por favor, dejame decirle que la quiero; que me voy.
- No. No puedo.
- Pero, no te cuesta nada. Dejame, le digo que la quiero y vamos.
- No.
Apretó los dientes y cerró los ojos, sentía que abusaban de su condición, no dejándolo decidir qué hacer, era su vida y no tenía que pedir permiso. Todavía era su vida.
Estaba indignado con él, lo miraba con bronca. Como si eso, de alguna manera, lo fuera a convencer, o le fuera a hacer daño.
- Si te digo que sos el primero que me pide eso, te miento. Todos hacen lo mismo. Miserables en su existencia, miserables en su forma de dejar la vida. O no se dan cuenta que tienen todos sus años para decir las cosas importantes, para hacer cosas trascendentes y dejar algo que valga la pena a su descendencia. Ustedes aman, pero se acuerdan tarde.
- No tenés derecho a hablarme así. No me conoces.
El interlocutor se rió suavemente, y dejó la mueca en su boca.
- Claro que te conozco. Estuviste al lado de tu abuelo, y de tu abuela, y de tu padre en la noche que cada uno de ellos vino conmigo. Te vi despertar, llorar y sufrir. Cada uno de ellos dijo lo mismo, que quería despedirse.
- Basura, no los dejaste. – Dijo entre dientes, llorando.-
- ¿Y de qué te vale despedirte? ¿Acaso te va a hacer mejor persona? – Hizo una pausa.- No insistas. Vamos.
- No sin despedirme.
- Ya te dije, eso no lo decidís vos.
- ¿Entonces quién, Dios?
- A Él lo vas a ver después, pero esto es así, a donde vas no te hace falta despedirte, no todavía. No vine a convencerte de venir, te vine a llevar.
Cuando la luz de la calle parpadeó, él exhaló. Ella seguía durmiendo.
En el mismo edificio, pero en otro cuarto la historia se repetiría. Una vez más, alguien se iba a querer despedir.