sábado, 31 de julio de 2010

En Do

Recordaba las primeras semanas después de haber terminado la última relación. Para esa época había cambiado el colchón, mientras que su cuerpo descansaba confortablemente, su corazón dormía en una cama de clavos. Pero todo eso había terminado, gracias a Dios, las noches de faquir eran solo un mal recuerdo.
Fue de esos finales en los que no quedan ni cenizas.
Únicamente, y como a todos, quedaban recuerdos, ni buenos ni malos, solo recuerdos. De los que ya ni siquiera despachaba detalles cuando algún amigo o alguien le preguntaba.
Probablemente, no había conocido del todo a la dama de sus desgracias, pero eso le enseñó a conocerse más a sí mismo.
Le había pasado algo parecido a Massei, el personaje de un cuento que había leído hacia tiempo, pero a la inversa. Massei, cuando se acercaba a su amada se enfermaba. Y él tenía algo parecido, descubrió, de la peor manera, que ella no era su amada porque cuando le dolía el corazón, le sangraba la nariz.
Era sólo una historia, en la que, su única testigo era su almohada. La mancha de sangre seca la había relevado de sus funciones hacía varios meses.
Nada se comparó con la liberación. Tremenda sensación de liviandad les describía a sus amigos. El fin del dolor, pero no de las molestias. Que duraron un par de meses más. A pesar de todo eso, ya estaba mejor, los demás le decían que se lo veía mejor así, solo.
De todas formas, tenía que reparar puertas adentro su estado sentimental.
Quizás de ese período lastimero de reparación interna, le quedaban algunas de sus mejores canciones como botín.
No se podía quejar del trato de Euterpe, la caprichosa musa, había usado todo ese dolor para destilarlo en metáforas acompañadas de sonidos.
Hacía varias semanas que no podía escribir, ni componer, mucho menos cantar. Sentía que Euterpe lo había abandonado. Ya no tenía inspiración.
Pero no estaba mal por eso, era raro, los sentimientos que antes impulsaban las letras y los acordes no vivían más en él.
Comenzó a componer sólo música. Tres o cuatro acordes, algo sencillo, y algún que otro arreglo para un eventual estribillo.
Se asombraba de sí mismo, porque las melodías eran las alegres que las anteriores. Y entendió que ese hecho vaticinaba algo, pero no sabía qué.
Una tarde, sentado en el comedor con la guitarra, comenzó a improvisar en Do. Los acordes se deslizaban con mucha fluidez sobre el diapasón, no pensaba, los dedos iban solos.
Estuvo así un rato largo, como cuando una canción queda en reproducción continua.
Cuando dejó de tocar, se quedó pensando, cuál de sus letras encajaba con esa melodía.
Resultó que ninguna encajaba, todas eran demasiado tristes para una melodía así. Por más que trató en ese momento de improvisar también una letra, no le salió.
Algo trababa sus ideas, estaba sin palabras. Si bien, no era la primera melodía sin letra que tenía, sabía que ésta, en particular, debía tener una. Ya era tiempo de dejar las canciones tristes y escribir algo diferente.


miércoles, 28 de julio de 2010

Problema semántico

La bronca la dejó muda. Con la vista fija al frente y cara de indignación, se limitaba a terminar de escuchar la historia. Los nervios hacían que su respiración fuera más fuerte y acelerada que de costumbre.
Cuando terminó de escuchar y se hizo silencio, nadie la miró.
Estaba indignada, triste y enojada, pero por sobre todas las cosas se sentía defraudada. Quizás ese era el sentimiento que más le costaba asimilar.
Se había enterado que una amiga de ella estaba saliendo con su ex novio.
La noticia la tomó por sorpresa, no se lo esperaba para nada.
Los conocía bien a los dos, tanto a él como a ella. Y no lo creía, o mejor dicho, no lo quería creer.
Por un lado, él, su ex. Después de todo lo que habían vivido juntos, las familias se llevaban bien, se habían ido de vacaciones juntos. Cosas por el estilo, las que se hacen con alguien que es casi de la familia.
Si bien, habían terminado porque estaban cansados de las peleas, la relación estaba tan desgastada que ya no les quedaban ganas de verse. Pero a pesar de eso, fue de común acuerdo terminar. Sin odio, pero, cuando todo termina, lo hace con un sabor amargo.
Ella esperaba que él estuviera más tiempo solo, para demostrarle que en realidad la había amado. Lo cierto era que él no tenía ya nada que demostrarle.
Aunque algunos recuerdos de los dos brillaban en la memoria colectiva, porque para los demás todavía seguían siendo algo, después de todo habían durado un par de años juntos.
Le resultaba hasta un tanto injusto que él ya tuviera compañía y ella estuviera sola.
Al margen de todo esto, se sentía defraudada por su amiga. Más que nada por haberle creído que era amiga suya. Las amigas no hacen estas cosas, pensaba, no salen con tu ex novio, mucho menos se ponen de novias. Esto quiere decir que nunca fue mi amiga.
Pero su razonamiento no terminaba ahí, le indignaba que dos personas que fueron importantes para ella, hicieran eso a sus espaldas. Es más, tal vez él la había dejado por la otra, la que decía ser su amiga.
O esa hipócrita se lo había robado.
Pero no quería ser tan fatalista, otra posibilidad era que haya sido de forma natural, común y corriente. Que se hayan visto, se hayan gustado y como ya se conocían todo les resulto más fácil.
De lo que sí tenía certeza, era que la palabra amistad, para su “amiga”, no tenía el mismo significado que para ella. El significado de la palabra “amistad”, era un gran problema semántico, porque no para todos quiere decir lo mismo.
Es un titulo que algunos no otorgan fácilmente, y otros lo regalan sin pensarlo al primero que pasa. En lo único que la mayoría podría llegar a coincidir, es que la “amistad” se construye con el tiempo, pero se destruye de muchas formas.
Podía decir que era falta de códigos, pero la conocía, y no era mala persona, no haría una cosa así para lastimarla.
Mientras seguía pensando, se ponía más triste. Tal vez era el hecho de no tener nada que hacer en esa situación.
Una cosa no tenía consuelo, haberse equivocado al confiar su amistad a una persona así. ¿Cómo puede existir amistad entre dos personas que no comparte el mismo significado de esa palabra?

sábado, 24 de julio de 2010

Jazmines secos

Raspaba con la cucharita el final del vasito de yogurt. Sentada con las piernas cruzadas en una esquina del sillón del living.
La televisión estaba prendida pero sin volumen. Ella seguía en pijamas. Hacía una semana que no salía de la casa.
Sus viejos y su hermano estaban trabajando, tenían sus actividades, en definitiva pasaban casi todo el día afuera.
Para ellos era mejor estar ocupados en otro lado, con ella en la casa se respiraba un aire pasado, cargado de enojo, resentimiento, dudas, insatisfacción y críticas hacia todo el mundo.
Ella no sabía porque, pero los demás también tenían que sentir lo que ella sentía.
Su explicación era que todo había terminado muy rápido. Era todo lo que decía cuando le preguntaban.
Cuando terminó el yogurt, fue hasta la cocina, tiró el vasito plástico y subió las escaleras hasta su cuarto, para volver a una posición fetal que le permitía dormir horas y horas.
En su cuarto había un hedor muy fuerte, de algo, que, alguna vez habían sido flores. Hacía algunas semanas que esos jazmines estaban en un florero sin agua, secos.
Pero el olor estaba impregnado en casi todas las cosas de la habitación, paredes, cortinas, ropa y en la cama.
El florero estaba sobre el escritorio, frente a una ventana, que hacía casi un mes que no se abría.
A ella le encantaban los jazmines. Porque representaban la estación de los enamorados.
Pero esos en particular, significaban todo lo contrario. Ese había sido el último regalo de su novio antes de terminar.
Estaba en un estado de crispación constante hacía que los demás se alejaran de ella, primero su familia, y de a poco sus amigos. Mantenía el contacto mínimo como para no volverse loca.
Su hermano insistía en que buscara ayuda en algún profesional, pero sus padres todavía tenían esperanzas de no llegar a esa instancia.
Acurrucada en el medio de la cama, miraba hacía la ventana y veía los jazmines secos a contra luz, pasaba tanto tiempo encerrada en ese cuarto que no sentía el olor fétido que vivía con ella ahí.
Mientras permanecía inmóvil pensaba que la relación que había terminado se parecía a mucho al contenido de ese florero.
Porque a casi todas las chicas les gustan los jazmines, así como también les gusta estar enamoradas. Les gusta que les regalen flores, así como cuando una persona les regala de su tiempo, de su compañía.
El gesto del regalo, es algo exclusivo, solo para ellas. Un acto voluntario de otra persona hacia ellas que les da algo que aprecian. Quizás como el regalo de un novio, los gestos, los mimos, las caricias, las miradas, los besos. Los regalos hacen sentir bien.
Pero, poco a poco, como son los ciclos de la vida, cuando nace algo, por lógica, eso también debe morir en algún momento.
Las flores sobreviven poco en el agua. Es solo cuestión de tiempo para que se vayan marchitando, como lo hace también el cariño. Los “te quiero” van menguando en su intensidad y en su intencionalidad.
Se marchitan y se ven pudriendo, un proceso natural. Cuando se van descomponiendo, despiden ese olor tan característico de los jazmines cuando pierden su gracia. Lo mismo es con dos personas cuya relación se desgasta, de a poco va saliendo lo peor de cada uno de ellos, contaminando el aire, hasta que no se puede respirar cerca del otro.
Hasta que se secan por completo y los pétalos que una vez fueron blancos, luego marrones, después se oscurecen aún un poco más. Dejan de despedir olor feo.
Eso pensaba de los jazmines secos, que, en algún momento de la vida, las mujeres los reciben de regalo, y después los ven marchitarse, morirse. Pero ella estaba cansada de las relaciones de jazmines.
De a poco las estrellas se mostraban en el cielo, ella abandonó la posición fetal para estirarse un poco. Después se tapó para dormir y soñar, porque aún con todo ese desanimo, quería soñar con encontrar un amor.

martes, 20 de julio de 2010

La definición depende de la conducta

Identificamos las personas por su nombre, pero las definimos por lo que hacen, lo que hacen nos indica que son.
Por ejemplo: José es encargado de edificio, él saca la basura.
Esa frase, sería demasiado sintética, pero justa y precisa.
Pero también definimos a las personas por lo que representan para nosotros.
Por ejemplo: Andrés, es periodista, es mi amigo.
En este caso, la definición, es por demás sintética. Porque la palabra “amigo” implica muchas cosas, encierra algunas y comparte otras.
Es la persona que por sobre todas cosas esta en los momentos complicados de la vida, tal vez no haga nada, pero está, los comparte, si puede ayuda, pero si no puede, no empeora las cosas.
Se anima a decir las cosas de frente, si algo no le gusta te lo dice, no se lo guarda. Te cuestiona porque te conoce, porque puede ver un poco más allá, y saber si estás haciendo bien o no.
Comparte tus éxitos, y te deja compartir los suyos.
Te defiende en presencia y en ausencia, porque sabe quién sos. Y sí en algún momento todo cambia de color, también pone el pecho.
Está dispuesto a prestarte cosas, aunque no se las pidas.
Quizás no esté de acuerdo con vos en todas las cosas, pero no te juzga.
No siempre es el que sale en todas la fotos con vos, pero es la persona de la que te acordas aunque no esté en la foto.
Te das cuenta que es alguien importante para vos, porque a pesar que se puede olvidar tu cumpleaños, o tu aniversario, o cualquier evento para felicitarte, no le guardas rencor ni nada por el estilo.
A veces, la vida los lleva lejos, pero eso no modifica en nada, porque cuando los volvemos a ver, pareciera que el tiempo no pasó, la relación sigue igual.
Tal vez a esta lista desordenada le falten cosas, o le sobren, eso no sé.
Cada uno sabe cómo es como amigo, y cómo son sus amigos.
Lo que sí sé, es que son los demás los que nos definen, no nosotros a nosotros mismos.
Somos lo que hacemos, eso es lo que los demás ven. Lo que la gente ve en nosotros es lo que nos define. La definición depende de la conducta.
Sí vemos cosas de esta lista desordenada en otros, podemos definirlos como amigos.

sábado, 17 de julio de 2010

Mantener el recuerdo

Caminamos sobre el pasto empapado de rocío hasta llegar al pie de un árbol grande. En todo el campo, hasta donde se podía ver, sólo había un árbol, y estaba seco.
Sus ramas sin hojas dibujaban una extraña red irregular por la que se escurría el sol.
El tronco estaba seco, pero no parecía débil ni podrido. Para estar sin vida, se veía muy fuerte.
Todos estábamos con las zapatillas húmedas y los pies fríos. Cada tanto alguna nube mal intencionada tapaba la luz y el calorcito del sol, que, junto a una leve brisa del sur nos hacia escarmentar el paseo con frío.
Ana, la guía, nos indicó que a unos pasos hacia el lado norte del árbol había una placa circular de bronce, incrustada en una plataforma de concreto que no tendría más de diez centímetros de alto.
Nos pusimos alrededor de la placa, lo suficiente para poder escuchar a nuestra guía.
En aquel lugar habían colgado el único héroe local.
Contó con lujo de detalles cada una de sus andanzas y proezas, los motivos por los cuales lo consideraban un héroe.
Pero que en definitiva, lo habían matado por pensar diferente, por no obedecer lo que las autoridades esteblecian.
Pusieron precio a su vida, y fueron matando a los que le brindaban ayuda. Hasta dejarlo casi solo.
El pueblo mismo, al que él defendió, se le volvió en su contra.
Y así, quienes primero lo habían respaldado, después lo persiguieron, lo desnudaron, le ataron una cuerda al cuello y lo dejaron caer desde una rama robusta.
Para ese entonces la historia encajaba con el día. Nublado, húmedo y frío. Nadie decía nada.
Ana seguía contando cómo eran esos días de oscuridad en aquel pueblo lejano.
Yo tenía los pies húmedos y el frio ya me estaba llegando a las rodillas. Pero la historia estaba muy interesante que no me daban ganas de quejarme.
De repente, hice un poco de memoria asociativa y recordé que una de las calles del pueblo, una calle sin salida, llevaba el nombre de nuestro héroe.
Cuando termino de hablar Ana, levanté la mano y le pregunté si esa calle llevaba el nombre y el apellido del protagonista porque él había vivido allí.
Dijo que no. Que esa calle llevaba su nombre porque fue ahí donde lo apresaron.
Inmediatamente, otra persona del grupo preguntó porque lo habían colgado en un lugar que quedaba tan lejos de donde lo apresaron.
Esta vez la respuesta tardó unos instantes. Después de la pausa, nuestra guía explicó, que, él mismo había pedido que lo colgaran en este árbol, para que su esposa y sus hijos no lo vieran.
Dijo, además, que en ningún momento se resistió, para no asustar a su hijita más pequeña.
Todo lo contrario, dijo Ana, la última vez que vi a papá, me estaba sonriendo.
La brisa fría congeló las palabras. Algunas de las mujeres del grupo lagrimearon. Mis ojos se humedecieron.
Ella, Ana, fue la primera en emprender el regreso, dio media vuelta sin decir nada y comenzó a caminar lentamente.
Los demás, permanecimos allí un rato más. De alguna forma había que honrar a este hombre. Lo más grande de los héroes no son sus proezas, los recordamos por la manera en la que se fueron.
Alguien dijo una vez, “muere siendo un héroe, o vive lo suficiente para convertirte en villano.”
Por eso, la hazaña más grande es saber cuándo marcharse.
Nunca va a morir el que no le teme a la muerte. Nunca va a morir el que pone a los suyos en primer lugar.
Después de pasar un momento callado frente al árbol, comencé a caminar de regreso, pensando en Ana, y su dedicación a mantener el recuerdo de su héroe. Ahora ella era mi héroina.

viernes, 16 de julio de 2010

Otro cuento para este final

Cansada de esperar a que el autor terminara su cuento, la princesa en apuros, decidió llamarlo por teléfono. Le dijo que no quería seguir así, que ya era hora de que aparezca un príncipe en su historia. A lo que el escritor le contestó que las buenas historias son las que requieren tiempo para ser elaboradas, que cada detalle en ellas cuenta, en definitiva, esos pequeños elementos son los que tiñen las relaciones y las hacen particulares. En pocas palabras le dijo que necesitaba más tiempo para construir un príncipe que encajara en su cuento.
Al principio, esa respuesta fue de consuelo. Pensó que era lo mejor, algo a su medida, una persona capaz de encajar al cien por ciento en su vida.
Sus tardes se dilataban entre sueños guiados por su imaginación, y se perdía en algún pensamiento a cerca de un ser perfecto que llegaba a su vida.
Las semanas se fueron llevando los días, las estaciones se llevaron los meses, el árbol en el jardín había pasado por los cuatro estas, ahora estaba por reverdecer nuevamente.
Todo lo contrario de su paciencia, la cual estaba seca como un tronco viejo.
Otra vez llamó al escritor, él le preguntó por qué el apuro de conseguir un príncipe tan rápido, todavía necesitaba tiempo, ya le estaba dando forma a la historia que acompañaba al protagonista masculino del cuento, le dijo que venía en camino. Ella le dijo que no le creía que le faltara poco, y que tenía miedo de terminar sola. El escritor le dijo que no se preocupara, que eso no iba a pasar.
Al cabo de un par de meses, ella seguía sola, con más miedo y menos paciencia. Tuvo una brillante idea. Publicaría un anuncio en el diario.
“se busca varón de buena presencia, modales refinados, que pueda ejercer funciones de príncipe y rescatar princesa de cuento, no muy largo, de trama corriente y final feliz. Preferentemente con auto propio.”
A continuación dejaba una casilla de mail en la que podían enviar los perfiles.
No pasó mucho tiempo hasta que aparecieron los primeros candidatos, de los que ella separaba los que le gustaban. A los que no le gustaban o no le convencían, les mandaba la foto de una chica fea para que le dejaran de escribir.
El escritor, también leyó el anuncio, y no encontró mejor oportunidad para presentar al candidato. Él mismo mandó el perfil de su príncipe. Pero no le dijo nada a ella, quería que resultara lo más natural posible.
La princesa se resolvía entre cuatro postulantes, entre los que estaba el candidato del autor.
Después de un par de salidas con cada uno de ellos, ya tenía una resolución.
Para sorpresa del escritor, no eligió a su candidato, que era el ideal. Ella se había decidido por otro. Menos compatible, pero un tanto más agradable a la vista.
En realidad tenía mucho dinero. Un hombre lindo, con plata y que le preste atención, no era para despreciar.
Desconcertado en todo sentido, el escritor pensó que había sido un error de él en terminar tarde el candidato o en no decirle que lo mandaba a las entrevistas.
En definitiva el cuento de esta princesa tenía un final que él no había escrito. Tendría que haber escrito otro cuento para este final.
O quizás, el destino, más allá de las páginas y la tinta, tenía otro propósito con la impaciente princesa.
La prisa nunca es buena consejera. El temor tampoco, mucho menos la soledad.
Lo único que sabía, era que no tenía la responsabilidad de la felicidad ajena, en este caso, la de ella.
Todo esto quería decir, para el escritor, que los cuentos de ahora no son los de antes. Cuando la gente podía o quería esperar su destino.
Ahora todos corren tratando de alcanzar el tiempo, ellos quieren ser los autores de sus propios cuentos. Y el escritor se va quedando con pares sueltos, héroes y heroínas que no tiene lugar en sus historias porque sus coprotagonistas cambiaron el guión.
Por eso, para los que corren el tiempo, los cuentos son solo historias. Y lo importante no es que el corazón decida. Porque ¿Qué futuro hay para quienes esperan? ¿Qué futuro hay para quienes deciden con el corazón?

Prisma

Las estrellas estaban de mi lado y la besé. Fue de esos besos con textura. No necesité mis ojos. En aquel momento salía de mi desierto, caminando lentamente. Dejaba las ásperas arenas de la soledad para sentir la hierba fresca entre los dedos de mis pies, la frescura y el confort su compañía. Como sí de sus labios brotara vida para mi alma.
Sus manos acariciaron mi cara. De repente los dos nos miramos en silencio, inmóviles. Me descubrí desnudo ante su mirada, ella podía ver todo en mí y a través también. Tuve miedo, de que no le guste lo que veía. Bastó un instante, un parpadeo sencillo y suave, que desenvolvió una mirada tierna, para que mis miedos se fueran.
Con otro beso del mismo calibre, cerramos los ojos. Sí bien, es cierto que el primer beso y el último nunca se olvidan, en ese momento era todo distinto. Descubría otro universo, su universo.
Tanta emoción junta me hizo pensar ¿ella sentirá lo mismo? ¿Veía lo mismo? ¿Pensaría igual?
Preguntas que, con los ojos cerrados y los labios ocupados, no encontraban lugar. Eso me desconcentró por un segundo. Pero la estaba besando, eso era todo lo que importaba, y que era totalmente nuevo para mí interpretar la situación de esa forma.
Paramos para respirar. Volvimos a mirarnos. Las ganas de juntar nuestras bocas eran las mismas. Pero mis dudas seguían latentes.
Se mezclaban cosas del pasado, similitudes con el presente y especulaciones del futuro. Los mismos temores, las mismas esperanzas. Ya no tenía el valor de la adolescencia. Con el paso del tiempo uno va perdiendo expectativas, y lo único que queda de Platón esta en los libros.
Segundos de emoción, de excitación, pensamientos que iban y venían, esas tormentas de recuerdos que suelen durar lo mismos que un abrir y cerrar de ojo.
Ahí seguía, besándola. Con pánico a la desilusión, ánimos de ver concretadas las esperanzas del amor.
No era la primera, pero quería que sea la última.
Cuando sus manos volvieron a acariciar mi cara, recordé que esas manos la habían golpeado. Un cachetazo después de un mal comentario. Y pensé que en eso había sido la primera y la última. Después, cuando todavía me picaba del dolor, me besó y me pidió perdón.
No sé porque eso me dio más valor. Había sido tan genuina conmigo como para hacer eso, actitud casi reservada para los que llevan anillos dorados.
Volvimos a respirar. Y nos quedamos mirando al cielo, circunstancias en las cuales se suele preguntar “¿Qué estas pensando?” Eso no pasó. Tomó mi brazo, lo puso sobre sus hombros y se acurrucó.
No hubo un clic, ni nada sobrenatural. En ese momento lo entendí. El universo en una mujer. Ella transformaba la realidad, mí realidad. Todo cambiaba en ella, como cuando la luz pasa a través de un prisma.
Lo que necesitaba, estaba adentro de ella. Ese era mi universo.
Su forma de mirarme me hacía sentir mejor persona.
Los besos siguen siendo algo de la tradición de los enamorados. Los amantes no comparten solo los labios, comparten sus vidas, comparten sus universos.
Besé su cien en paz conmigo mismo, ya sabía lo que sentía.