sábado, 5 de marzo de 2011

La pintura

Llegó arrastrando los pies, caminaba con la pesadez de un condenado. Antes de pisar el umbral metió su mano en el bolsillo de su saco para buscar las llaves, no las encontró. Sin desesperarse tanteó con ambas manos en toda su ropa, pero no las tenía encima.
El hecho de haberlas perdido era sólo una pequeña desgracia comparada con todo lo que había vivido esa semana.
Recordó que aquella noche antes de salir se había olvidado cerrar una de las ventanas de la parte posterior, agradeció al cielo no estar ebrio para poder treparse y entrar.
Una vez adentro se descansó quedándose con las medios puestas, caminó hasta la pared en la que estaba la llave de la luz, en el camino tropezó con un taburete que no debía estar allí, maldijo y continuó unos pasos agarrándose la rodilla izquierda.
Ya con las luces encendidas, se quitó el saco, se desabrochó la camisa y buscó sus anteojos.
Caminaba de un lado al otro con nervios de sala de espera, rascaba su cabeza sin escusa alguna, mirando el piso gastado de su taller, que hacía un par de años se había transformado en su hogar.
Después de separarse de su mujer, se había mudado a un viejo galpón ferroviario que había comprado con su primera pintura vendida cuando era soltero.
Vivía la vida de un artista, con sus penas, sus excesos y la inmensa pasión por la expresión de los colores no era algo fácil de sobrellevar, no tanto para él, pero sí para los que le rodeaban.
Estaba mal porque hacía meses que no lograba terminar una pintura. Por más que dibujaba o pintara, los lienzos y los colores no terminaban de decirle nada. Se encontraba vacío, sin inspiración o propósito al hacer las cosas.
No era la primera vez que tenía problemas, pero sí la primera vez que los problemas le quitaban el ánimo de pintar.
La relación con su ex esposa no era buena, él nunca le había puesto voluntad a la relación a la hora de solucionar conflictos, a eso se le sumaba su adicción al alcohol. Ella tuvo los argumentos suficientes para dejarlo y buscarse una mejor vida en otro lugar.
El único fruto de esa relación que valía la pena era su hija, la que ya no le hablaba. Él sabía que se lo merecía, ella no tenía la culpa de tener un padre desatento, ausente y borracho.
En el camino a su casa encontró varias parejas caminando en la calle. Gente abrazada por todos lados, besándose, como si le estuvieran refregando su dicha y felicidad en la cara.
No era una noche más la que pasaba solo en su taller, era la noche de San Valentín, y no podía recordar la última vez que había juntado sus labios a los de una mujer. Recordaba todos y cada uno de los abrazos de despedida, y las caras de personas resignadas a perder para no seguir sufriendo.
El cajón de los oleos estaba lleno, las botellas purpuras del sueño también, y en su pecho la intención de pintar.
No le importaba no tener inspiración, estaba decidido a pintar. Destapó una de sus botellas que estaban en la cocina, se sirvió una copa y se dispuso a limpiar el lugar en el que estaba su viejo atril de madera, gastado y camuflado de distintos colores de sus cuadros.
Cuando terminó de limpiar el lugar ya estaba tomando su segunda copa. Buscó el bastidor más grande que tenía y lo puso en el soporte. El lienzo estaba igual que su mente, en blanco.
Se quedó parado frente a ese trozo de tela sin expresión por unos minutos hasta terminar la copa, para luego volver a llenarla. Tomó un trago no muy profundo y dejó la copa.
Tomó una brocha la hundió en un tarro con pintura azul, que previamente había diluido con agua y comenzó a darle color al fondo.
Sin que estuviera el fondo aún seco comenzó a pintar la idea que tenía en la cabeza, todo en tonalidades de azules, más oscuros, más claros, variando la gama de ese frío color hasta donde su creatividad y su habilidad le respondían.
Con cada tono que conseguía resaltaba un detalle distinto.
Su mano izquierda ya no le temblaba como antes, podía sostener firme el trazo del pincel.
Sus ojos no se despegaban del lienzo, mientras que su mano derecha parecía exprimir la paleta, que sostenía con el puño cerrado.
Poco antes del amanecer, sus ojos lo vieron a él mismo sentado y vestido de azul.
Él era su propio cuadro, el frío color de los mares en tempestad reflejaban su solitaria y revuelta existencia.
Ese era el cuadro más real que había pintado en toda su vida, desde la misma oscuridad de su alma. La mirada de su autorretrato era distante, esquiva y angustiada.
Su respiración se agitaba, estaba exaltado, no era felicidad pero se acercaba mucho a la satisfacción de haber hecho algo por encima de las propias expectativas.
La pintura tenía un sólo detalle que ni él mismo podía entender. Su retrato sostenía una copa vacía en su mano.

sábado, 12 de febrero de 2011

Llueve con sol

Es la canción que lava tus ojos.
Los tonos menores no brillan,
lo que brilla es lo de adentro, lo que brilla es lo de adentro.
¿Quién dice que las lágrimas son siempre de tristeza?
En verano llueve con sol.

Todo ahora tiene sentido
un final feliz, la tormenta que trae agua cuando todo está seco.
Porque no puede vivir lo que primero no muere.
Cerrar los ojos y volvé a mirar,
ese sueño sigue ahí, o tal vez más cerca.

¿Todavía seguís acá? ¿Qué estás esperando?
No importa que llueva adentro, afuera el día está hermoso,
Sería una verdadera pena que te lo perdieras.
Mira como te sonríe el cielo,
Hay alguien que te está esperando.

Es la canción que lava tus ojos.
Los tonos menores no brillan,
Lo que brilla es lo de adentro, lo que brilla es lo de adentro.
¿Quién dice que las lágrimas son siempre de tristeza?
En verano llueve con sol.

Ahora secate la cara.
Lavaste más que tus ojos ¿te diste cuenta?
La canción sigue sonando.
Las gotas del tus ojos son diamantes ahora
lo que brillaba adentro también brilla afuera.

Es la canción que lava tus ojos.
Los tonos menores no brillan,
lo que brilla es lo de adentro, lo que brilla es lo de adentro.
¿Quién dice que las lágrimas son siempre de tristeza?
En verano llueve con sol.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Ana

Ana ama
aunque adentro arda.
Aguarda, aprende.

Atesora ambiciones
amorosas. Asustada aun,
Ana arriesga.

Al amanecer
abraza angustiada, aquel
amor ausente.

Agotada acarrea
angustias al atardecer.
Abandonada acaba.

Así aprendió
a abandonar aquel
amor arrepentida.

sábado, 29 de enero de 2011

Dieta de sentimientos

Esta vez no era su cuerpo con el que se sentía incomoda, no se sentía gorda o demasiado flaca, su pelo estaba justo como a ella más le agradaba, el color de su piel era fresco y natural, no muy pálido.
Miraba su reflejo en el espejo y no se encontraba defecto, pero aun así no se encontraba cómoda consigo misma.
Cuando no le gustaba su imagen, recurría a un cambio de estilo en el corte de pelo o en la forma de vestirse, comprándose ropa y accesorios nuevos. Cambiaba de color de esmalte para las uñas o de color de lápiz de labio.
En alguna ocasión, había tenido que recurrir a algún cambio más drástico como un régimen alimenticio para ponerse en forma. Controlar la cantidad de lo que comía, conocer la calidad del alimento.
Eso siempre le había funcionado para estar mejor con ella misma. Unas cuantas semanas de hacer dieta y ejercicios, de ir viendo el progreso y escuchar comentarios halagadores de los demás a cerca de cuan saludable estaba.
Pero esta vez era diferente al resto de las otras, no le hacía falta un cambio exterior sino en su interior.
Ante una situación sentimental que necesitaba ajuste, precisaba alguna estrategia para acomodarse puertas adentro del alma.
Después de divagar un rato largo en su mente, arribó a una extraña y rara conclusión: ¿Sí se pudiera hacer una dieta de sentimientos, separando los sentimientos buenos de los malos y solo sentir cosas buenas y lindas, pondría en buen estado su alma, teniendo un ser interior saludable?
Los sentimientos buenos serían los que no hacen mal a la salud sentimental, los que en una dieta son bajos en calorías, los que no tienen grasas saturadas y esas cosas.
También hay dietas en las que se puede comer de todo, sólo que en su justa medida. Eso sería como comer un poco de asado pero con ensalada para emparejar, dijo en voz alta aprovechando que estaba sola en la casa.
A medida que se ponía a pensar en el tema, casi como concentrándose, se dio cuenta que los sentimientos y la comida son muy parecidos. No se puede dejar de sentir y no se puede dejar de tener hambre; ambos son una necesidad del ser humano. Después todo iba en cada persona en particular, hay gente que come más, hay gente que come menos, y hay gente más sentimental que otra; gente con desordenes alimenticios, gente con desordenes sentimentales.
Sin embargo, dentro de las comparaciones que surgían en su cabeza no pudo evitar detenerse en una, en la torta de chocolate. Esa era su torta favorita, y cada vez que se sentía mal le resultaba inevitable comprarse una para comérsela ella sola, aunque le costara tiempo terminarla no le convidaba a nadie.
Lo malo de esa torta era que tenía muchas calorías, y le abría el apetito a otras cosas dulces con muchas más calorías. Después de comerse la torta y las cosas, se sentía culpable por todo lo que se había comido, pero no sólo eso, se sentía gorda y fea.
No se podía explicar a ella misma cómo algo que en principio le hacía tan bien y le aquietara el ánimo, a la larga la hacía sentirse culpable y fea.
Comparaba esa torta tan tentadora con los sentimientos que brotaron en ella después de la ruptura de su última relación. Tenía mucha bronca por cómo se habían dado las cosas, era inevitable estar enojada, casi tan inevitable como comerse una porción de torta cuando estaba mal. Pero el exceso de bronca se llega al resentimiento, de ahí al odio sólo hay unos centímetros, y el odio hace que la gente se amargue.
De repente fue como sí una luz celestial la iluminara, no quería sentirse gorda y fea, tampoco quería ser una persona amargada, lo que también la hacía fea, no tanto a la vista, pero sí al trato con las personas.
Quizás era eso, tenía que hacer una dieta de sentimientos, de los que le hacían mal. No estaba mal enojarse, pero no quería llegar al odio, mucho menos llegar a ser una persona amargada. Lo mismo que con la exquisita torta de chocolate, si comía de más, seguramente aumentara unos gramos, o peor, podían salirle granitos en la cara, eso sí la haría verse fea.
La primera parte del problema estaba resuelto, ahora le quedaba resolver que sentimientos debían estar en su dieta para sentirse mejor consigo misma. Debía escribir su propia dieta de sentimientos.





domingo, 16 de enero de 2011

La cajita de felpa (Parte II)

Decidió que lo mejor era esperar a estar solos en el auto, no era del todo romántico, no era como lo había planeado originalmente, pero estaba decidido a hacerlo.
El mozo vino con la cuenta, pagó y se retiraron del restaurante. Cuando cruzaron la puerta, camino al auto, ella lo abrazó por la cintura y él le devolvió el abrazo de manera que pudieran caminar a la par.
A unos pocos pasos de llegar al auto, entre besos y abrazos escucharon algo.
- Pará, ¿escuchas?- preguntó él.- es como si alguien llorara.
- Sí.- asintió ella sin prestar mucha atención.-
Caminaron un par de pasos y él se soltó para adelantarse hacia el auto que estaba después del suyo para ver que era, parecía el llanto de un bebe. De hecho lo era, cuando llegó al extremo del estacionamiento observó en el suelo una bolsa negra abierta, el sonido salía de ahí.
En ese instante la indignación lo invadió, seguido de una bronca que lo hizo maldecir en vos alta.
Ella caminó hacia donde él estaba y lo vio arrodillado sobre el asfalto con un bebe en los brazos.
- Lo dejaron tirado en una bolsa como si fuera basura.- dijo él con claros gestos de enojo.-
- Que horrible - dijo ella.- llamemos al restaurante para que se hagan cargo de esto y vamos a casa, que mañana tengo que trabajar temprano.
La miró un asombrado y desorientado por el comentario.
- Perdón ¿Qué? – hizo una breve pausa.- no, lo llevamos nosotros y lo dejamos en el hospital. Después hacemos la denuncia a la policía.
- No, es mejor que de eso se encargue la gente del restaurante. Este es su estacionamiento, nosotros no tenemos nada que ver, no es nuestra responsabilidad.
El no le contestó, no iba a discutir por eso. Caminó hasta el auto, abrió la puerta de atrás y acomodó a la criatura, luego se sentó en el asiento del conductor. Ella se sentó de mala gana y no me dirigió la mirada.
Mientras manejaba camino al hospital, se acordó del lo que llevaba en la guantera del auto, pero ya no tenía ganas de dárselo.
La reacción de su novia lo había tomado por sorpresa, realmente pensaba proponerle matrimonio a alguien que no había alcanzado a conocer.
Dejaron a la personita que lloraba en el asiento de atrás del auto en el hospital, hizo la denuncia, y se dispuso a llevar a su novia de regreso a la casa de sus padres, con la esperanza que le hablara aunque no se le hubiera pasado la bronca.
Ella seguía callada y el asombrado de su indiferencia, pero no le dijo nada de camino para no alterarle más el ánimo.
Cuando llegaron a la puerta de la casa, él dijo:
- No hay que enojarse por eso, perdimos un poco de tiempo pero hicimos lo correcto.
Ella lo miró y permaneció sentada con una mueca como quién está por decir algo, pero se quedó callada.
En ese momento de silencio incómodo la miró, se volvió a acordar de la cajita de felpa, y una gran inseguridad con respecto a ese tema lo invadió, fue inevitable que pensara en ese bebe, que aunque no era suyo, le había cambiado la vida.
- Hablamos mañana. Que descanses. –dijo ella, le dio un beso en la mejilla y se bajó del auto.-
Después de eso se dio cuenta que el anillo no era para ella, quizás la cajita de felpa sí.

sábado, 15 de enero de 2011

La cajita de felpa (Parte I)

Tenía que ser la noche perfecta, al menos así lo había planificado. Si bien no llevaba ropa nueva, estaba más que presentable, una remera que le hacía juego con los ojos azules, un jean negro que le resultaba bastante cómodo, zapatillas negras de lona y una camperita de hilo.
Pasó por la estación de servicio que le quedaba a la vuelta de la casa, cargó combustible y compró unos chicles de menta, que, más que una cábala eran una tradición.
Se subió al auto, buscó en la guantera con la mano derecha y sacó una pequeña cajita de felpa, cuando la abrió un anillo con una pequeña piedra incrustada en el centro brilló. Sonrió, como los que se sonríen con felicidad y picardía. Cerró la cajita y la volvió a guardar en dónde estaba.
Puso el vehículo en marcha y salió de la estación de servicio.
La casa de su novia estaba a treinta minutos en auto, así que puso la radio para que le haga un poco de compañía, sonaba una canción de Radiohead pero no sabía cuál.
Como nunca, llegó temprano gracias al tránsito nocturno que es más liviano. Estacionó en la puerta de la casa de los padres de ella, se bajó y caminó unos pasos hasta la puerta de calle, la madre de su novia le abrió la puerta antes que el tocara timbre, lo saludó con un beso y lo hizo entrar a la casa. Le dijo que esperara un momento en el living porque ella no estaba lista todavía.
Pasó y se sentó en el sillón de tres cuerpos que dominaba la habitación. Esperó como veinte minutos hasta que bajó las escaleras y se paró frente a él.
Llevaba un jean no muy ajustado, sólo lo suficiente, una remera blanca con un dibujo en negro en la parte delantera, en la mano tenía una camperita deportiva. El pelo lo tenía suelto, lacio y negro, contrastaba con sus ojos verdes, que hacían juego con unos aros al tono.
Lo saludó con un beso fuerte en los labios sin cerrar los ojos, ninguno de los dos lo hizo.
Ambos saludaron y salieron de la casa. Ya en el auto y camino al restaurante favorito de los dos, ella le preguntaba por su día, sin darle mucho respiro a sus respuestas. Él se limitaba a manejar tratando de disimular los nervios que le imprimía su plan para la velada.
Llegaron al estacionamiento del restaurante, esa noche había mucha gente, así que tuvieron que dejarlo en una de las posiciones más lejanas de la puerta.
Ya en la mesa para dos personas que él había reservado, se dio cuenta que se había olvidado su sorpresa en la guantera del auto, eso lo ponía aun más nervioso. Pero como había mucha gente en el lugar, más de la que pensaba, pensó que era mejor realizar la propuesta en un lugar más íntimo.
Pidieron para cenar, ella seguía haciendo preguntas que él a esa altura se limitaba a contestar con monosílabos en afirmativo o negativo.
De repente, vieron una familia entrar con mellizos. Ambos niños estaban vestidos iguales, clara señal que los padres buscaban resaltar la condición de igualdad de sus hijos. Algunos con más discreción que otros los observaron pasar por entre las mesas hasta ubicarse. En ese momento, él sacó el tema de los hijos, pero ella desvió el comentario para otro lado evitando el tema.
La cena estaba llegando a su fin, y él no había encontrado el momento de abordar algún tema que ayudara a llevar la situación hacia algo que preparara el terreno para enseñarle la pequeña cajita de felpa.

martes, 11 de enero de 2011

Maldito García Márquez

Sentía vergüenza por haberlo besado tantas veces con los ojos cerrados, le daba rabia pensar en todos los abrazos que le había dado, que había desperdiciado.
Estaba encerrada en la pieza, con la cabeza hundida en la almohada, más bien enterrada, como los avestruces.
Hacía diez minutos que la madre golpeaba la puerta para llamarla a comer, pero ella no se movía de la cama.
La bronca dominaba sus sentidos, no pensaba en nada más que desearle el mal, que de alguna manera, él pudiera sufrir lo mismo que ella.
Cuando se cansó de estar boca abajo, hizo el esfuerzo con el torso y los brazos para darse vuelta sin moverse mucho, a parte le dolía el cuello y tenía que hacer algo por eso.
Miraba un poster de los Beatles pegado en la puerta del armario que le había regalado su tía después de un viaje a Londres. Ese pedazo de papel con dibujitos de la década del sesenta era una de las pocas cosas que no le recordaban a él.
Mientras las lágrimas rodaban en cámara lenta por sus mejillas, en la cabeza le retumbaba una canción de Cerati, la que él le cantaba al oído cuando ella estaba triste. El hecho de no poder expulsarla de su mente o solamente callarla le daba más rabia.
Después de unas horas, con una siesta de por medio, ya tenía ánimo para levantarse. Sus ojos ya estaban secos, su almohada no.
Se levanto con mucha pereza, salió de la habitación para buscar bolsas de residuos con el objetivo de eliminar de su cuarto todo aquello que le recordara su reciente pasado sentimental.
Comenzó por las fotos. Tijera en mano, se dispuso a recortar las que se podían salvar, pero después de ver los siete álbumes que le quedaban en el cajón del escritorio, se decidió por tirar todo, hasta los portarretratos.
Al lado del escritorio estaba la pila de discos, la música no había sido un punto de coincidencia, pero así y todo, él le había contagiado varios de sus gustos. Los únicos dos discos que tiró fueron los que él le había regalado la primera semana que se pusieron de novios, eran compilados con canciones románticas.
Aunque los discos de Sabina y los de Calamaro le recordaban momentos muy específicos de la relación, no se quería deshacer de ellos porque le gustaban mucho, tanto que no importaba a quien le hicieran acordar.
El recorrido de limpieza continuaba en el cajón de la mesita de luz, dónde guardaba las cartas escritas a mano, si se molesto e leerlas en lo más mínimo, las rompió una atrás de la otra y las tiró adentro de la bolsa negra.
Sacó del placar un par de remeras, pero no las metió en la bolsa porque eran lindas, decidió dárselas a su hermana más chica, así que las puso arriba de la cama.
Lo último que le quedaba estaba en la biblioteca. El problema de haber tenido un novio que trabajaba en una librería era que le regalaba libros casi todo el tiempo. Su debilidad eran las novelas, así que comenzó a separar los libros que regalaría de los que ella se quería quedar. De los tres primeros estantes sólo se quedó cinco libros, cuatro guardo en una caja y el resto los puso arriba de la cama, ahí ponía todo lo que no quería tirar, pero que tampoco quería conservar. El cuarto y el quinto estante eran de libros de la facultad, de esos no se iba ninguno. Pero en el último estante estaban las novelas. Ahí estaba su favorita hasta esa tarde: “El amor en los tiempos del cólera”. Que la había leído cuatro veces y se la sabía casi de memoria.
Sin embargo era el libro que más ganas tenía de arrojar a la basura, porque él le había regalado esa novela, y cada vez que tenía oportunidad le doraba la píldora recitándole un dialogo al azar, con eso la había conquistado.
- Maldito García Márquez- Dijo en voz alta- culpa tuya me enamoré de ese idiota.