sábado, 14 de julio de 2012
Ciprés
¿Quién nos disuadió de
creer en la vida
de los árboles?
¿Cuándo abandonamos
las esperanzas en la
paz?
Acaso cambiamos tanto
que nos olvidamos de
pisar el pasto
descalzos.
Los caminos pasaron a ser
rutas y ahora autopistas.
Cada vez cuesta más
ver hojas secas en la
vereda del otoño.
Inconfundible es el olor
de la tierra mojada
para los que viven con los
pies en el suelo.
A diferencia del
hombre civilizado
los árboles ya no
viven en multitudes.
La semilla es vida, raíz
y tallo; altura y sombra;
habitaciones en espaciadas
ramas, donde cantan tenores
alados, hijos del viento.
La mano que le quitó la
vida a esa semilla, con
su madera hizo esta
mesa y esta silla en la
que sentado escribo.
cuidar la vida.
De mi infancia recuerdo
aquel ciprés en el parque,
su luz, su sombra,
el relajante sonido del viento
lamiendo sus hojas.
sábado, 9 de junio de 2012
Esquimales (Parte III)
Había
quedado como hipnotizada por la pantalla y esa extraña manera de vivir que le
mostraba. Comenzó a pensar en todo lo que ella tenía cerca, todo lo que podía
hacer.
Ese
inmenso vacío blanco y árido le hacía pensar en toda la gente que la rodeaba,
incluso la gente que ella no quería, pero que igual la rodeaba.
Cuando
terminó su yogur con frutas, dejó el pote sobre la mesa ratona, juntó sus
rodillas y abrazó sus piernas, se sentía una nena otra vez, mirando televisión
en esa posición.
Varias
cosas le habían resultado extrañas de la vida de esas personas, su forma de
pescar, haciendo un agujero en la gruesa capa de hielo; que se pudiera encender
fuego dentro de un iglú; pero sobretodo la hospitalidad para con los
visitantes.
No
tenía sueño pero ya no era hora de estar frente al televisor, si no se obligaba
a ella misma a irse a la cama no iba a poder levantarse temprano al otro día, y
todavía tenía que plancharse el pelo antes de ir al trabajo.
Se
levantó del sillón, llevó el pote a la cocina y lo lavó. Dejó una lámpara de
lectura encendida en el living, como hacía siempre y fue al baño a lavarse los
dientes.
Sacó
de su cartera El bosque de los pigmeos,
se lo había comprado hacía pocos días.
Abrió
la cama y se sentó con el libro en ambas manos, rápidamente buscó el capitulo
que estaba leyendo, Los pigmeos.
El
frío de la cama ahora era su peor incomodidad. Pero ella tenía una vieja
estrategia para esos casos. Corría la almohada hacia la cabecera y se sentaba
con la espalda apoyada en el espaldar, comenzaba con ambos pies a deslizarlos rápidamente,
la fricción de sus pies sobre las sabanas iba calentando el colchón y poco a
poco le iba ganando lugar con su cuerpo al frío. Era eso o levantarse a buscar
una bolsa con agua caliente.
Todos
los inviernos pensaba en comprarse una frazada eléctrica, pero se acordaba de
hacerlo en septiembre, su mala memoria le jugaba en contra.
Una
vez templado el colchón, se acomodó para leer un poco antes que llegara el
sueño.
El
relato la atrapo al segundo párrafo, pero a medida que los renglones iban
pasando llegó a la conclusión que no era un capitulo para leer de noche. Buscó
el papel que usaba de señalador que estaba arriba de la mesita de luz lo introdujo
entre las páginas y cerró el libro.
Automáticamente,
sosteniendo el libro entre sus brazos contra su pecho, se volteó sobre su
costado derecho, clavando la vista en la puerta de cuarto que estaba entreabierta.
Su
mente estaba en una suerte de transición entre lo que había leído y lo que
había mirado en la televisión.
Esquimales,
pensó, gente de costumbres particulares.
Su
mente se había quedado en los detalles de la hospitalidad de aquel pueblo que
relató el locutor de voz grave. Había mencionado
que cuando un esquimal recibía a otro que estaba de paso y se quedaba a pasar
la noche en su iglú, el anfitrión le prestaba a su mujer para que no pasara frío.
Esa
idea le resultaba chocante, “¿Cómo iba a compartir a su mujer? ¿Por qué no iba
el anfitrión a darle calor al huésped?” Pensó.
Todo eso le resultaba bastante machista.
Le alcanzó un breve instante, un minúsculo segundo
en el que realizó un movimiento involuntario, pasó su pie por la parte inhabitada
del colchón, solo eso le alcanzó para perder toda clase de concentración a
cerca del tema que venía pensando y concentrarse en el frío que ocupaba el
resto de su cama. Fue eso y el escalofrío que le recorrió la espalda entre los
dos omóplatos que le hicieron pensar que tal vez no sería mala idea tener a un
esquimal junto a ella.
domingo, 20 de mayo de 2012
Esquimales (Parte II)
Raro
en ella, cuando se hizo la hora de irse, todavía estaba barajando folios, pero
se auto convenció de largar todo cuando ya habían pasado diez minutos de la
hora.
Cruzó
la puerta de calle y el frio le besó el cuello, se encogió de hombros levemente
acusando un leve escalofrió que surcó la espalda entre los dos omoplatos.
Que
libertad, pensó, salir un lunes de la oficina sin tener que cargar el bolsito
con ropa para el gimnasio.
Si
bien había hecho varias cosas en el trabajo, tenía la extraña sensación que el
día estaba pasando más rápido de lo normal, por un instante deseo que esa
sensación le durara hasta la hora de dormir y que el día se le pasara volando.
Llegó
a su casa, cerró la puerta y se sacó los zapatos. El suelo le devolvía la fría
comodidad de andar descansa. Eso era hogar.
Se
cambió la ropa tomándose todo el tiempo del mundo, guardó parte de la ropa que
antes tenía puesta, y la otra mitad la puso en el canasto de la ropa sucia.
Arrastrando
unas pantuflas que más parecían alpargatas, llegó a la cocina y vio la taza que
había dejado a la mañana, la lavó, le puso un saquito de té nuevo adentro y
puso la pava.
Dio
un paso hacia atrás y dos a la izquierda hasta llegar a la puerta de la
heladera, la abrió y contempló estantes vacíos, el cajón de las verduras a
medio llenar, unas cebollas, un par de puerros, un pote con ravioles con salsa
blanca que parecía petrificada, se parecía mucho a la heladera de su hermano
cuando antes que él se casara.
Ahora
no le quedaba otra que salir a hacer mandados, pero primero estaba el té.
Mientras
hacía una lista mentalmente de las cosas que iba a necesitar, el agua de la
pava le comenzaba a gritar.
Puso
la tasa sobre la mesa, buscó su cartera y sacó un anotadorcito y un lápiz.
La
lista comenzaba con: aceite, arroz, tomates, un sobre de queso rallado, fideos (tres tipos distintos), una calabaza, sobres
de jugo de varios sabores, leche, yogur, entre otras cosas que escribía, no
podía abandonar la sensación que se estaba olvidando cosas importantes.
Terminó
el té y pensó en cambiarse, pero desistió al instante, iba al chino de la
vuelta, no necesitaba cambiarse o arreglarse mucho.
Salió
en la llave y la billetera en la mano. Mas o menos a unos diez pasos de la
puerta se volvió a dar cuenta que otra vez había salido sin un pañuelo para el
cuello.
Trató
de hacer todo lo más rápido posible si olvidarse nada, también agregando cosas
que le podía llegar a hacer falta, cosas que no estaban en la lista.
Faltaban
dos veredas para llegar a la suya y ya tenía la llave apuntando como un segundo
dedo índice de si mano derecha.
Entró
u se apuró a dejar las cosas arriba de la mesa porque el peso de las bolsas le
lastimaba las manos.
Cuando
terminó de guardar todo ya no tenía ganas de limpiar, ni siquiera de barrer.
Casi
por inercia o las mismas fuerzas del universo la llevaron al sillón y prendió
la televisión sin pensarlo, en piloto automático.
Estuvo
mirando televisión no más de quince minutos antes que se le cerraran los ojos. Pero
puso en un canal de música y la subió el volumen, eran casi las siete y media,
dormirse en ese momento era asegurarse un desvelo a la madrugada, y no le convenía.
Se
paró y fue directamente al baño, si se bañaba a la noche, no tenía que hacerlo
a la mañana siguiente.
Fue
uno de esos baños lentos.
Cuando
salió con el pelo envuelto en una toalla de mano era cerca de las nueve, y no
tenía hambre. Pero no se iba a ir a dormir con el estomago vacío.
Volvió
al comedor y cambió de canal, buscó uno de esos que pasan documentales o cosas
interesantes, los que casi seguro conducen al sueño con éxito en treinta
minutos.
Fue
al baño, que ya no tenía tanto vapor, para secarse el pelo.
Pasó
por la cocina y sacó de la heladera una banana y una manzana, que no estaban en
la lista, pero que las había metido al canasto cuando las vio. Las cortó las
puso en un pote y les puso yogur. Era una cena para no cenar. Y se volvió al sillón
en el living.
Las
imágenes de la televisión eran de un clima frió, parecía el polo norte. Toda
esa inmensidad blanca, pocos árboles, mucho viento, una verdadera postal del
invierno.
Mientras
llevaba cucharadas de frutas y yogur a la boca, el locutor del documental
comentaba a cerca de la vida del pueblo Yupik, o mejor conocidos como
Esquimales.
Le
llamó la atención como había gente que pudiera vivir en esas condiciones de
clima tan extremo.
Esas
imágenes hasta le hacían sentir que lo que estaba comiendo estaba frío por demás.
jueves, 17 de mayo de 2012
Adiós de papel
No decir
nada en la era de la híper comunicación
Tal vez
sea una virtud. Silencio.
0101000110010
Y las
maquinas son más directas para hablar que nosotros.
Hoy me
llegó un telegrama que decía
Gracias por
participar.
Casi cinco
siglos de muerto Miguel de Cervantes Saavedra
Y podría parecerme
al Quijote con internet.
Con esperanzas
implacables
Anécdotas
inoxidables
Los mismos
molinos en el horizonte
Y una Dulcinea
que tal vez me invente.
Hoy me
llegó un telegrama que decía
Gracias
por participar.
No todas
las plumas son iguales
Plumas de
gallinas, de pavos y de pavos reales.
Pero con
todas ellas se escribe. Palabras que pertenecen a
Gallinas,
pavos y pavos reales.
Hoy me
llegó un telegrama que decía
Gracias
por participar.
Ya no
quedan trovadores que canten el final
Los comimos
a todos ellos, ahora los extrañamos.
Devoramos sus
letras
Y ahora no
tenemos palabras para el cierre.
Hoy me
llegó un telegrama que decía
Gracias
por participar.
De puño y
letra caen sobre la hoja palabras negras
Sutiles,
delicadas, sagaces
Rompen el
silencio sin agraviar los oídos.
Retumban como
el eco de las montañas
Agigantando
su verdadero peso.
Quitando el
polvo de los recuerdos.
Hoy me
llegó un telegrama que decía
Gracias
por participar.
Los carteros
nunca se sorprenden, la gente no espera cartas
Todo se
resuelve por correo electrónico.
Hoy no hay
distancias
A menos
que se caigan los puentes.
Hoy me
llegó un telegrama que decía
Gracias
por participar.
lunes, 14 de mayo de 2012
Entre algodones (Parte I)
Sentía
la cara fría, pero todavía no podía abrir los ojos. El resplandor entraba por
sus ojos cerrados y esa sensación de él sol mirándolo furiosamente a la cara no
lo dejaba seguir durmiendo. Pero aunque quería abrir los ojos y levantarse no
podía, se encontraba muy cansado para moverse.
Estaba
muy incomodo acostado sobre unas piedras lisas, le dolían los hombros y la
clavícula izquierda la sentía como quebrada, lo único que lo calmaba de momento
era una brisa fría que le acariciaba sus pies
descalzos.
La
luz del sol no calentaba su cara, pero le incomodaba el resplandor segador,
tanto que decidió recostarse sobre su lado derecho. De fondo podía escuchar
algo así como un murmullo pero no sabía que era.
Le
dolía la cabeza pero no quería seguir acostado, juntó fuerzas para moverse y
ponerse en pie, cuando pudo abrir los ojos sintió la pesadez de los que recién
se despiertan de la resaca, sin embargo él no tomaba alcohol.
Cuando
pudo ver bien reconoció el lugar donde estaba de inmediato. Se encontraba a orillas del lago donde solía pasar las
vacaciones con su familia.
Mientras
se incorporaba la cabeza le daba vueltas, como sí le hubieran dado un golpe muy
fuerte. Trató de estar en pie sin marearse antes de caminar unos pasos.
Cuando
por fin pudo tener control de su cuerpo, se animó a caminar sobre las piedras
lisas, típicas de los lagos del sur. Le resultaba muy incómodo tener que
hacerlo descalzo, sin embargo la sensación del frío en los pies le agradaba.
El
paisaje no le resultaba nuevo en absoluto, pero no lograba identificar en que
parte se encontraba. Conocía muchos lagos en la cordillera, y el paisaje de
casi todos era similar, no había nada que le recordara un lugar específico, un
cartel o algo por el estilo.
Arrayanes,
alerces y pinos decoraban las costas, como no hacía frío supuso que era verano,
aunque no tenía noción de la fecha o estación en la que se encontraba.
Recordaba
como de niño le encantaba ir de vacaciones a esos lugares, lagos de agua
cristalina, en la que se podían ver los peses, montañas a lo lejos con sus
cimas llenas de nieve.
Tal
vez esos eran los recuerdos más agradables de su niñez.
El
oleaje era constante, las ondas del agua eran breves pero sostenidas. De a poco
iban lavando las piedras grises y verdes de la orilla. Ese era el murmullo que
cuando tenía los ojos cerrados no alcanzaba a distinguir.
Caminó
por la orilla un rato largo, tratando de buscar en el paisaje algún detalle que
le revelara donde estaba pero no hubo éxito.
Se
detuvo a mirar el agua, el reflejo del sol, que todavía no se había movido,
salpicaba su luz encima de la irregular superficie liquida. Le transmitía una
sensación relajante.
Después
de mirar un rato el agua sus ojos le comenzaron a pesar, al punto de volver a
tener sueño. Al principio trató de resistirse pero era algo más fuerte que
el.
Miró
a su alrededor y no encontró ningún refugio para acomodarse y descansar.
Por
un instante pensó que no era bueno que se durmiera, porque si la noche lo
encontraba en ese lugar, se exponía innecesariamente a los animales de la
montaña.
En
ese momento tuvo una idea brillante, o lo que él pensó que era brillante. Para vencer
el sueño, tenía que despabilarse, y como estaba descanso podía poner sus pies
en el agua del lago que siempre está fría.
Se
acercó a las olas con mucha decisión e introdujo ambos pies casi a la vez. Al instante
salió sorprendido, el agua estaba apenas fría. No parecía el agua de un lago
del sur.
No
fue el agua fría lo que le quitó el sueño, fue la sorpresa.
Después
pensó que eso le había pasado porque estaba descalzo, y sus pies no sentían
frío porque estaban fríos.
Ahora
sí, tenía que encontrar un lugar para pasar la noche, que es cuando llega el
verdadero frío a esos lugares.
viernes, 4 de mayo de 2012
Aurora murió
Su cuerpo en la silla de mimbre
El resto de sí en el umbral al borde de la celosía
entreabierta
Sus lágrimas caían de sus ojos como manzanas maduras
Inmóvil, sus pies no sentían frío
La luz de las tres de la tarde esquivaba obstáculos para
poder entrar al cuarto
Olor a ropa guardada salía de los cajones de la cómoda
Rayos de sol evidenciaban el polvillo que flotaba en el ambiente
Los lentes en la mesa de luz, un vaso medio lleno, la
biblia
Miró hacia atrás dejándose ir, dejándose llevar
Su pasado quedaba sentado
Respondió a la eternidad con inmortalidad
Sombras
Que miden el tiempo
Que agigantan objetos y sujetos
Espesas y rusticas
Como bocetos en carbonilla
Débiles y tenues
Como dibujos en lápiz a mano alzada
Siluetas de lo real
Llegan antes con la luz de espaldas
Y se marchan después con la luz de frente
Contrarias a la luz
Se contradicen viviendo de día
El viento no las mueve
Fuertes en el suelo, en las paredes, en el agua
Inalcanzables, la única forma de retenerlas
Es capturando a sus dueños
Retratan sin colores
Las posturas de los vivos
Siempre están a la moda
Cuando la luz es lejana toman otro carácter
Cualquiera que las mira podría durar de su intangibilidad
Antes les temían
Ahora también
Corren con el viento
Vuelan con las aves
Unidas a nosotros por los pies
Son tal vez
Nuestra mejor metáfora monocromática
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