jueves, 26 de enero de 2012

Botellas en el río (Parte II)


Entré a mi cuarto y cerré la puerta rápidamente, por las dudas que al encargado se le ocurriera aparecerse con más supersticiones.
Miré la otra botella, todavía intacta en la mesa. Junté un par de almohadas y las puse en la cabecera de la cama, corrí las frazadas hasta casi sacarlas y después me senté en la típica postura de lectura en la cama.
Eran dos papeles los que estaban adentro, no  eran textos muy largos, estaban escritos a mano con tinta negra y la caligrafía era bastante legible.
Las hojas no estaba húmedas, eso indicaba que se habían conservado bastante bien, y que a pesar que la letra no era la mejor, no era culpa del agua.
Agarré la primera hoja y me puse a leer.

El extraño arte de extrañar
Por lo general se puede extrañar de dos  maneras: unilateralmente, es cuando una sola de las partes extraña y la otra parte no sabe que es extrañado o extrañada. Esto por lo general sucede por malos entendidos o falta de información a cerca de la relación que ambas partes sostienen. Es decir, una de las partes cree que existe una relación, pero la otra parte ni siquiera sospecha de esa existencia.
Bilateralmente, cuando ambas partes coinciden en el sentimiento de echarse de menos. Sentir la ausencia de manera sentimental, y física. Los silencios necesitan voces, las fotos parecieran hablar, la mente juega con espejismos en ese desierto interno.
No es algo fuera de lo común tener conocidos que vivan lejos de donde nosotros vivimos. No sería una novedad para nadie, porque todo el mundo conoce a alguien que vive lejos.
Pero a los conocidos no se los extraña, se extraña los que están más cerca del corazón. Se extraña cuando el vínculo es nacido de los sentimientos.
Esas personas que de alguna manera comparten la misma perspectiva del mundo que uno, que han tenido vivencias similares, que ven el futuro parecido y lleno de puntos en común. En definitiva, uno extraña cuando hay cosas en común que unen.
No existe una forma universal para extrañar, así como cada persona es única e irrepetible.
Por lo tanto extrañar a una persona en particular se transforma en un arte, en una maña, en una forma de expresión. A la vista de los demás pareciera no haber razones, pero puertas adentro del pecho un existe un universo de motivos para tener siempre a dicha persona presente.
Cada día, cada persona que extraña improvisa, inventa o se las ingenia para que esa expresión de añoranza, se mantenga viva y no dañe.
Eso hago todos los días cuando pienso en vos. Todo este tiempo aprendí el arte de extrañarte.
Aunque no te vea, no te oiga, no tenga noticias, mi cariño se las ingenia tenerte presente.

Definitivamente no era una carta, pero iba dirigida a alguien específico. Parecía ser más una reflexión con mensaje directo: Te extraño.
Sin embargo, estaba teñida con varios matices de desanimo, como si no esperara una respuesta.
Una pregunta un algo tonta sonó en mi cabeza: ¿para qué escribir una carta si no te van a responder?
Quizás el mensaje valía la pena, y en esta situación, sin conocer el caso especifico, tal vez lo valiera.
De todas maneras no estaba para leer cosas románticas, la noche estaba lo bastante agradable como para preocuparse por problemas ajenos y con los míos me alcanzaba.
Agarré el otro papel, era un texto más corto, y las primeras dos líneas eran románticas y algo melancólicas.
Pero a diferencia de la primera hoja estaba fechada hacía pocos días, dato curioso para ser un viejo loco que supuestamente tenia poderes. Tal vez abrir sus botellas era lo que traía mala suerte. Me eché a reír solo y pensé en vos alta:
-          Claro, si lees un papel de estas botellas tal vez terminas escribiendo igual. – y seguí riendo en voz baja.
Todavía estaba riéndome cuando se cortó la luz. Tal vez si traía mala suerte leerlas o reírse de ellas. Me quedé serio en la oscuridad un rato.
Dejé las hojas en el piso junto a la cama, miré el techo hasta casi quedarme dormido. Mi curiosidad de periodista me empujaba a conocer toda la historia, por otro lado el sentido común me alertaba de no meterme en líos.
Con la cabeza en la almohada imaginé toda clase de situaciones de las botellas, del río, del viejo loco del destinatario o destinataria (en estos tiempos uno nunca se sabe, por las dudas no hay que eliminar opciones).
Me desperté un poco antes de las siete, todavía no había vuelto la luz, y con la idea fija de conocer el resto de la historia.
Me levanté, me di una ducha, junté todas las cosas que necesitaba para hacer una excursión y para hacer una entrevista, y salí.

martes, 24 de enero de 2012

Botellas en el río (Parte I)


Era otro día caluroso de verano, estaba a mitad de mis vacaciones disfrutando de un paseo por la rivera. Había un poco de viento pero no alcanzaba a refrescar, hasta el agua de la costa parecía irradiar calor.
Por la cantidad de peatones, más que una rambla parecía un paseo peatonal. Gente cargando sombrillas, bolsas, termos y mates, niños, y todo lo necesario para un día junto al río.
Cada tanto detenía mi marcha para refugiarme bajo algún paraíso, solo para evitar quemarme demasiado.
Después de caminar durante un rato largo encontré una escalera que bajaba hasta la playa. Me descalcé antes de llegar a la arena, que estaba caliente, y con pasos ligeros y firmes caminé hasta el agua.
Las pequeñas olas me mojaban las rodillas, una de las sensaciones más refrescantes de esa tarde. Me saqué la remera para que no quedaran marcas en los brazos y después de un rato me acomodé en la arena.
Tenía la vista fija en el agua vi a lo lejos algo que parecía ser una botella. Y en efecto, cuando las pequeñas olas acercaron el objeto, era una botella verde, de esas que se usan para el vino.
Me paré y me metí en el agua para poder agárrala. Cuando la tuve en la mano me di cuenta que tenía papeles adentro, y estaba bien tapada.
Miré a mí alrededor pero nadie parecía darse cuenta de mi gran hallazgo, y justo cuando creía haber pescado todo, vi otra botella más y me apuré a sacarla del agua.
Volví a sentarme en el mismo lugar con los envases vacios de vino pero llenos de letras a mis pies. El sol regalaba su brillante reflejo en el río y yo trataba de disimular la felicidad de mi descubrimiento, dicen que la basura de unos es el tesoro de otros, y así me sentía yo.
Miré con detenimiento los papeles que tenían adentro ambas botellas, parecían ser cartas por la forma en la que estaban dobladas, si eran cartas eran solo palabras, pero interesantes porque estaban dentro de una botella.
Pero por alguna extraña razón sospeche que podrían llagar a tener dinero adentro. Aunque también pensé -¿Quién pondría dinero en una botella, la tapa bien y la tira al río? – eso sonaba algo ridículo.
Pero de todas maneras no las iba a abrir en la playa, así que me quedé mirando como el sol perezoso de verano se escondía detrás de los árboles en la orilla de enfrente.
Todavía la arena estaba caliente cuando comencé a caminar hacia la escalera que daba a la rambla. Al principio caminaba con los embaces de vino vacíos en la mano, y a los pocos metros los guardé en la mochila porque la gente me miraba con algo de desconfianza.
Después de un rato largo de caminata llegué al hostal. Era una casa vieja, con techos de casi cinco metros de alto, así que era bastante fresca para soportar los terribles días de verano.
Me di una ducha y me cambié, había dejado las botellas arriba de la mesa y parecía que me estaban esperando para que las abriera.
Levanté una de ellas, la puse a contraluz para poder ver algo de lo que estaba escrito adentro, pero no tuve éxito.
El corcho estaba muy ajustado y parecía que lo habían sellado con cera o parafina, ideal para impermeabilizar, pero complicado para abrirla.
Fui a la cocina a buscar un saca corchos, pero no tuve suerte. El corcho ya se había dilatado y la parafina había hecho el resto.
Me quedé mirando la botella sobre la mesada, sólo mi curiosidad superaba mi bronca por no poder abrirla. Hasta que tuve una buena idea, o eso creí.
Envolví el embase de vidrio con un repasador, miré por la puerta y la ventana de la cocina para ver que no viniera nadie, y golpee la botella envuelta con el filo de la mesada.
Los vidrios hicieron un ruido tremendo cuando cayeron al piso, obviamente esa no era parte del plan original.
-          ¿Qué pasó, te cortaste? – preguntó el en cargado del hostal –
-          No, estoy bien.- le dije mientras sostenía el cuello de la botella escondido en el repasador.- yo limpio este lio,  no te preocupes.
Mientras juntaba los pedazos de vidrio levanté los papeles amarillentos del suelo, el encargado me miraba con desconfianza.
-          Discúlpame – dije con la escoba en la mano-¿Vos sos de por acá?
-          Si, nacido y criado.
-          Sólo para satisfacer mi curiosidad. Hoy encontré un par de botellas flotando en el río ¿tenés idea de quien pueden ser o porque están ahí flotando?
-          ¿O sea que lo que rompiste fue una de esas botellas?
-          Sí, pero no pensaba hacer tanto ruido.
-          Trae mala suerte romper una de esas botellas – dijo mirando al piso- esas botellas no se sacan del río, son para el río
Esa última parte me resultó demasiado misteriosa como para que me dejara con la incógnita.
-          Ah, mira, no sabía nada. – contesté haciéndome el desentendido.- pero ¿al menos saben quién escribe lo que tienen adentro?
-          Hay un viejo, rio arriba que está loco, y tiene poderes. Nadie se mete con él o con sus botellas.
Después de decir eso dio media vuelta y se fue caminando despacio.
Todo eso me resultaba demasiado raro como para ser cierto, sólo sabía que tenía una botella sin abrir en el cuarto y papeles en el bolsillo que iba a leer esa misma noche.

Hoguera de verano


Las chispas del fuego cada vez eran más fuertes  a medida que las sombras se cerraban, y el bosque se iba adquiriendo una tonalidad anaranjada.
Esa noche tenía lugar la gran hoguera de los faunos celebrando el solsticio de verano. Siempre procuraban hacer una más grande que el año anterior, con el objetivo de juntar a más de ellos cada vez.
Con el sonido de las flautas, que ellos mismo fabricaban, y los pequeños tambores que siempre suelen usar en las fiestas, le daban vida a sus danzas.
La jornada arrancaba con la primera estrella de la tarde y duraba hasta que el último de ellos se durmiera.
Todos esos seres con piernas de animal y torso humano bailaban formando un círculo alrededor de las llamas a una distancia prudente a fin de no quemarse.
Comían frutos que habían recogido, carne de animales que habían cazado y bebían mucho vino para alegrar el corazón.
La embriaguez los hacía corretearse entre ellos de forma furtiva buscando alguna hembra, que tuviera ganas de prestarse a ese juego.
La luna ya había ocupado su lugar en lo más alto del cielo, rodeada de estrellas que brillaban salpicando el negro del firmamento, simulando un manto de terciopelo negro con detalles en diamantes.
El humo se elevaba en una columna irregular, la hoguera estaba en su punto máximo de esplendor y era alimentada constantemente por los encargados de cuidarla. Todo esto ocurría el pie de la majestuosa  montaña que nunca se despojaba de su corona blanca. El círculo ancestral en el medio del bosque, adornado con distintos montículos internos que eran utilizados como una suerte de asientos.
No muy lejos de la gran hoguera estaba sentado un fauno con la cabeza entre las manos, su jarro tenía vino que no había probado aun, su flauta estaba a un costado, no había sonado en toda la noche. Sus ojos se perdían en el fuego y el fuego se prendía en su pecho.
Era el único fauno que no bailaba. Su postura se asemejaba a la de los cuerpos abandonados por sus almas.
De pronto en la danza de las llamas la vio, la ilusión de su corazón, la doncella gitana de la que se había enamorado en la primavera.
Quién no conociera a este fauno melancólico, creería que sus deseos eran de pasión desenfrenada, pero este fauno en particular, no. Si así hubiera sido, ni bien hubiera sentido atracción por esa belleza juvenil, la hubiera perseguido hasta poseerla.
Las facciones de su cara demostraban sufrimiento.
Dos especies distintas, él un fauno y ella humana.
El fuego de verano ardía fuera y dentro de él, su único deseo era consumirse con esa hoguera.
Los faunos no se enamoran, pensaba, nunca nos enamoramos, esa sensación no existe en nuestro cuerpo. Que le resultaba tan grata y satisfactoria, pero a la vez provocaba su dolor.
De repente una pequeña manada de faunos en persecución pateó su jarro de vino volcándolo, el incidente logró traerlo a la realidad. Estaba en la gran celebración del bosque y todavía no había bailado, o tocado su flauta, ni siquiera había tomado vino.
Las constelaciones ya habían cambiado de lugar y la luna se recostaba sobre el oeste de la gran montaña.
La fiesta estaba en su mejor momento, la hoguera ardía con el amarillo del sol, y la embriaguez de los participantes era más que suficiente como para animar al más triste enamorado.
Se levantó y fue a llenar su copa de vino. Y pensó, que peor lugar para un enamorado sin enamorada que una hoguera de verano.
Volvió a sentarse y tomó todo lo que pudo mirando fijo ese fuego buscando quedarse dormido, para soñar con un lugar en el que estuvieran juntos.
La fiesta continuó, y todos esquivaban al fauno dormido en el suelo, nada iba a detener el gran festejo del solsticio de verano, después de todo, tampoco era el único que se había dormido. 

martes, 13 de diciembre de 2011

Lágrimas de naranja


Cuando extrañamos lloramos jugo de naranja,
nuestras lágrimas tienen ese gusto.
Pequeñas gotas ruedan por nuestras mejillas
y duermen en nuestros labios
dejándonos un extraño sabor cítrico.
Lo dulce y lo ácido en una sola sustancia
el cariño endulza nuestra boca
la distancia es esa otra sensación fuerte
entre la lengua y el paladar.
Lloramos muchas cosas y por muchos motivos,
pero no todos lloran jugo de naranja
porque no todos lloran, no todos extrañan.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Om


Su respiración era casi imperceptible, su pecho no se ensanchaba, pero sus pulmones recibían aire nuevo de forma lenta y pausada.
Catorce días llevaba sentado bajo ese árbol en posición de Loto. Sin abrir los ojos, sin transpirar, sin lagrimear, sin moverse ni para espantar moscas.
No necesitaba ir al baño porque no necesitaba agua, no pensaba en comida porque no tenía hambre.
El proceso comenzó desde su Raíz, desde allí la purificación de sus Chakras en forma ascendente.
Uno a uno sus sentidos se fueron fundiendo con el entorno.
El primer día unos cazadores pasaron cerca de donde estaba, pudo oír sus voces, y a medida que se iban acercando bajaban la voz. Oyó sus pasos, sus respiraciones, sus latidos. Y sin abrir los ojos se propuso darles paz y seguridad.
Estuvieron un rato sentados a unos pocos metros hasta que el más joven del grupo se acercó y dejó una ofrenda de flores a sus pies.
Al día cuatro era uno con la tierra. Percibió el cuerpo de una serpiente acercándose  despacio, suavemente se deslizaba de pecho sobre el colchón de hojas que adornan el suelo del bosque, esquivando troncos y charquitos de barro. El reptil lo miraba fijamente, podía sentir esos pequeños ojos negros clavados en su persona, a la expectativa de cualquier movimiento.
Se enroscó a un costado de las flores que se estaban secando.
Podía sentir el tímido calor de la lengua bífida entrando y saliendo de esa boca sin labios. No le hacía falta ver para entender quien era el atacante en esa situación.
Su respiración no cambió, la de ella tampoco.
Cuando el sol comenzó a esconderse la víbora entre sus anillos para conservar calor, él permaneció indiferente a la situación.
El frío y la noche gobernaban el bosque, y los sonidos propios de la ausencia de la luz orquestaban el ambiente. Buscó en su interior la fuerza, para que, a través de la tierra hacerle entender a su nueva amiga que no tenía asuntos con ella y que podía marcharse en paz.
Casi como atendiendo a su llamado un pequeño ratón correteó cerca de ambos. El mundo del bosque ni lo percibió, tampoco lamentaría la pérdida de un diminuto roedor.
Desarmó su propio nudo, hizo un gesto con la lengua a manera de saludo y se marchó tras los pasos ligeros de su presa.
El sol ya había salido otras cuatro veces más y él ya era uno con el aire. Todo su cuerpo sentía la textura del viento, a tal punto que este lo sostenía. La misma tierra le había empujado hacia el espacio entre el suelo y los árboles.
Sus piernas cruzadas todavía parecían estar apoyadas sobre algo sólido.
Una suave brisa el norte recogió un olor y se lo acercó. En círculos ascendentes, como una ruta invisible lo elevó hasta donde él estaba.
Un tigre se acercaba, caminando con los hombros bajos, cruzando una pata delante de la otra, intercalando si piel estampada en amarillo y negro con el verde de la vegetación.
Levantó la cabeza, sus pupilas se dilataron y mostró los dientes sin intención de usarlos, aparentemente. Solamente le recordaba al suspendido que estaba en su territorio y quien mandaba entre los que caminaban el bosque.
La misma brisa que llevó el primer mensaje, contestó la sonrisa del felino.
El latido de su corazón se acopló al paso del viento, exhaló levemente sólo para dejar salir algo del perfume de su aliento. Esta era su forma de decirle que todo el suelo y los árboles del bosque le pertenecían al animal, que únicamente pensaba compartir su aire.
Movió la cola y sacudió su cuerpo, casi como una señal de aprobación del mensaje.
El decimo quinto día lo encontró con un antiguo conflicto, las ganas de hablar. Factor que anteriormente había frustrado su intento de llegar a la iluminación.
Cientos de pétalos de Loto se habían abierto, su unión con el entorno era intensa, única. Ya no le hacía falta hablar, el universo se comunicaba por él sin abrir la boca. No le hacía falta sentir, porque ya estaba más allá de las emociones vacías, conocía el amor, era parte de él. Todo estaba en equilibrio en su ser.
Forzó a salir la intención de hablar de su ser, con el fin de elevarse por encima de la propia existencia.
De a poco la luz comenzó a hacerse más y más fuerte, hasta llegar a ser tan fuerte como mil soles.
Llenó una vez más sus pulmones y dejó salir de sus labios un suave Om. 

martes, 20 de septiembre de 2011

Estados del silencio


Cuando el silencio es sólo una pausa, se guardan las palabras para el momento oportuno.

Cuando el silencio es una costumbre, se han caído los puentes por los que cruzan las palabras.

Cuando el silencio es una estrategia, se espera escuchar lo que se quiere oír.

Cuando el silencio es el lenguaje, se grita con la boca cerrada por alguien que entienda ese idioma.

Cuando el silencio es un arma, los vacios buscan distancia, soledad compartida a disgusto. 

Cuando el sol sale los cazadores duermen


La quietud de la noche terminó con un disparo en la oscuridad y los pasos del cazador quebrando ramitas en el suelo.
Huir era una opción, pero ¿hacia dónde? Correr en la dirección equivocada era exponerse a ser un blanco fácil.
Quedarse quieto, agazaparse, hundir la cabeza entre los hombros con las garras tensas y las uñas a medio salir, cómo esperando a que aparezca la presa, con la gran diferencia que esta vez los roles estaban invertidos.
Su respiración era pausada y profunda, trataba de no oír sus propios latidos  eso regaba sus nervios.
Pocas veces en su vida había sentido temor de perderlo todo, vida, hogar, familia, y en el peor de los casos, la libertad. No era el rey de la selva, ni el más rápido de la sabana. Pero eso no importaba, tenía su lugar.
Los hombres ser esforzaban por hablar bajo, sin embargo los escuchaba igual.
Decidió moverse con lentitud, caminó hacia el lado contrario de las luces, cerca del bañado, que para esa época del año ya se comenzaba a llenar de agua. Y el agua implicaba otros peligros que quería enfrentar. Caminó por la orilla sin mojarse, sintiendo como los ojos al ras del agua ponían atención a sus pasos.
Escuchó pasos y detuvo su paso. Sus ojos se perdieron en el suelo, concentrando sus fuerzas en sus oídos, los hombres ya estaban yendo hacia el fin del pequeño hilo de agua. Una emboscada.
Sintió como si todo ese tiempo hubieran estado jugando con él, llevándolo hacia donde ellos querían.
Pensó rápido, era eso o cruzar el agua llena de ojos y dientes.
Otra vez los las pisadas se acercaban quebrando ramitas y sin darse cuenta ya estaba cruzando el charco. Únicamente asomaban sus orejas y el hocico, antes de salir hundió por completo su cuerpo en el agua sucia de la orilla y sin mirar hacia atrás dio el primer paso fuera del agua, se deslizó sin hacer ruido para perderse entre la hierba.
Del otro lado las luces y las voces se agitaban entre los árboles.
No sacudió su pelaje, todo su cuerpo goteaba agua, dejando un rastro de barro.
Todavía no estaba seguro, las voces se seguían escuchando.
Varios metros después cuando el silencio dominó el ambiente se echó a correr. Y corrió con miedo, con el frío secándose en su pelo, dejando las últimas luces humanas.
Al frente a su derecha los primeros rayos de sol le hicieron sentir la libertad de un nuevo día. La esperanza que se renueva con el amanecer.
Seguía corriendo a medida que la luz y el calor evaporaban el rocío del pasto.
De pronto se dio cuenta que no había nada que temer, porque cuando el sol sale los cazadores duermen.
Agitado y sucio se desplomó a la sombra de un árbol pequeño, había llegado la hora de dormir.