jueves, 22 de septiembre de 2011

Om


Su respiración era casi imperceptible, su pecho no se ensanchaba, pero sus pulmones recibían aire nuevo de forma lenta y pausada.
Catorce días llevaba sentado bajo ese árbol en posición de Loto. Sin abrir los ojos, sin transpirar, sin lagrimear, sin moverse ni para espantar moscas.
No necesitaba ir al baño porque no necesitaba agua, no pensaba en comida porque no tenía hambre.
El proceso comenzó desde su Raíz, desde allí la purificación de sus Chakras en forma ascendente.
Uno a uno sus sentidos se fueron fundiendo con el entorno.
El primer día unos cazadores pasaron cerca de donde estaba, pudo oír sus voces, y a medida que se iban acercando bajaban la voz. Oyó sus pasos, sus respiraciones, sus latidos. Y sin abrir los ojos se propuso darles paz y seguridad.
Estuvieron un rato sentados a unos pocos metros hasta que el más joven del grupo se acercó y dejó una ofrenda de flores a sus pies.
Al día cuatro era uno con la tierra. Percibió el cuerpo de una serpiente acercándose  despacio, suavemente se deslizaba de pecho sobre el colchón de hojas que adornan el suelo del bosque, esquivando troncos y charquitos de barro. El reptil lo miraba fijamente, podía sentir esos pequeños ojos negros clavados en su persona, a la expectativa de cualquier movimiento.
Se enroscó a un costado de las flores que se estaban secando.
Podía sentir el tímido calor de la lengua bífida entrando y saliendo de esa boca sin labios. No le hacía falta ver para entender quien era el atacante en esa situación.
Su respiración no cambió, la de ella tampoco.
Cuando el sol comenzó a esconderse la víbora entre sus anillos para conservar calor, él permaneció indiferente a la situación.
El frío y la noche gobernaban el bosque, y los sonidos propios de la ausencia de la luz orquestaban el ambiente. Buscó en su interior la fuerza, para que, a través de la tierra hacerle entender a su nueva amiga que no tenía asuntos con ella y que podía marcharse en paz.
Casi como atendiendo a su llamado un pequeño ratón correteó cerca de ambos. El mundo del bosque ni lo percibió, tampoco lamentaría la pérdida de un diminuto roedor.
Desarmó su propio nudo, hizo un gesto con la lengua a manera de saludo y se marchó tras los pasos ligeros de su presa.
El sol ya había salido otras cuatro veces más y él ya era uno con el aire. Todo su cuerpo sentía la textura del viento, a tal punto que este lo sostenía. La misma tierra le había empujado hacia el espacio entre el suelo y los árboles.
Sus piernas cruzadas todavía parecían estar apoyadas sobre algo sólido.
Una suave brisa el norte recogió un olor y se lo acercó. En círculos ascendentes, como una ruta invisible lo elevó hasta donde él estaba.
Un tigre se acercaba, caminando con los hombros bajos, cruzando una pata delante de la otra, intercalando si piel estampada en amarillo y negro con el verde de la vegetación.
Levantó la cabeza, sus pupilas se dilataron y mostró los dientes sin intención de usarlos, aparentemente. Solamente le recordaba al suspendido que estaba en su territorio y quien mandaba entre los que caminaban el bosque.
La misma brisa que llevó el primer mensaje, contestó la sonrisa del felino.
El latido de su corazón se acopló al paso del viento, exhaló levemente sólo para dejar salir algo del perfume de su aliento. Esta era su forma de decirle que todo el suelo y los árboles del bosque le pertenecían al animal, que únicamente pensaba compartir su aire.
Movió la cola y sacudió su cuerpo, casi como una señal de aprobación del mensaje.
El decimo quinto día lo encontró con un antiguo conflicto, las ganas de hablar. Factor que anteriormente había frustrado su intento de llegar a la iluminación.
Cientos de pétalos de Loto se habían abierto, su unión con el entorno era intensa, única. Ya no le hacía falta hablar, el universo se comunicaba por él sin abrir la boca. No le hacía falta sentir, porque ya estaba más allá de las emociones vacías, conocía el amor, era parte de él. Todo estaba en equilibrio en su ser.
Forzó a salir la intención de hablar de su ser, con el fin de elevarse por encima de la propia existencia.
De a poco la luz comenzó a hacerse más y más fuerte, hasta llegar a ser tan fuerte como mil soles.
Llenó una vez más sus pulmones y dejó salir de sus labios un suave Om. 

martes, 20 de septiembre de 2011

Estados del silencio


Cuando el silencio es sólo una pausa, se guardan las palabras para el momento oportuno.

Cuando el silencio es una costumbre, se han caído los puentes por los que cruzan las palabras.

Cuando el silencio es una estrategia, se espera escuchar lo que se quiere oír.

Cuando el silencio es el lenguaje, se grita con la boca cerrada por alguien que entienda ese idioma.

Cuando el silencio es un arma, los vacios buscan distancia, soledad compartida a disgusto. 

Cuando el sol sale los cazadores duermen


La quietud de la noche terminó con un disparo en la oscuridad y los pasos del cazador quebrando ramitas en el suelo.
Huir era una opción, pero ¿hacia dónde? Correr en la dirección equivocada era exponerse a ser un blanco fácil.
Quedarse quieto, agazaparse, hundir la cabeza entre los hombros con las garras tensas y las uñas a medio salir, cómo esperando a que aparezca la presa, con la gran diferencia que esta vez los roles estaban invertidos.
Su respiración era pausada y profunda, trataba de no oír sus propios latidos  eso regaba sus nervios.
Pocas veces en su vida había sentido temor de perderlo todo, vida, hogar, familia, y en el peor de los casos, la libertad. No era el rey de la selva, ni el más rápido de la sabana. Pero eso no importaba, tenía su lugar.
Los hombres ser esforzaban por hablar bajo, sin embargo los escuchaba igual.
Decidió moverse con lentitud, caminó hacia el lado contrario de las luces, cerca del bañado, que para esa época del año ya se comenzaba a llenar de agua. Y el agua implicaba otros peligros que quería enfrentar. Caminó por la orilla sin mojarse, sintiendo como los ojos al ras del agua ponían atención a sus pasos.
Escuchó pasos y detuvo su paso. Sus ojos se perdieron en el suelo, concentrando sus fuerzas en sus oídos, los hombres ya estaban yendo hacia el fin del pequeño hilo de agua. Una emboscada.
Sintió como si todo ese tiempo hubieran estado jugando con él, llevándolo hacia donde ellos querían.
Pensó rápido, era eso o cruzar el agua llena de ojos y dientes.
Otra vez los las pisadas se acercaban quebrando ramitas y sin darse cuenta ya estaba cruzando el charco. Únicamente asomaban sus orejas y el hocico, antes de salir hundió por completo su cuerpo en el agua sucia de la orilla y sin mirar hacia atrás dio el primer paso fuera del agua, se deslizó sin hacer ruido para perderse entre la hierba.
Del otro lado las luces y las voces se agitaban entre los árboles.
No sacudió su pelaje, todo su cuerpo goteaba agua, dejando un rastro de barro.
Todavía no estaba seguro, las voces se seguían escuchando.
Varios metros después cuando el silencio dominó el ambiente se echó a correr. Y corrió con miedo, con el frío secándose en su pelo, dejando las últimas luces humanas.
Al frente a su derecha los primeros rayos de sol le hicieron sentir la libertad de un nuevo día. La esperanza que se renueva con el amanecer.
Seguía corriendo a medida que la luz y el calor evaporaban el rocío del pasto.
De pronto se dio cuenta que no había nada que temer, porque cuando el sol sale los cazadores duermen.
Agitado y sucio se desplomó a la sombra de un árbol pequeño, había llegado la hora de dormir.

martes, 9 de agosto de 2011

El riesgo de peinarse demasiado

“La creatividad resulta evasiva cuando las letras, sílabas y palabras se caen de la cabeza al cuaderno rebotando de renglón en renglón para escaparse de ser escritas.
La inspiración está siempre latente, detrás de cada situación, observación, persona u objeto, en cada vacio siempre hay algo para escribir. Siempre se está escribiendo. “

Hay ideas que son como los dientes del peine, surcan una y otra vez nuestra cabeza hasta dejar, de alguna manera, un peinado, un pensamiento.
Ahí está el tema, cada quién es responsable del peine que usa para peinarse. No sólo es el peine, es la cantidad de veces que uno se peina, que uno piensa lo mismo.
Pensar y pensar hasta que las marcas de esos dientes dejan un claro sentido en la cabeza.
Peinarse no está mal, de ninguna manera, es más, muchos desconfiamos de las personas despeinadas. Una persona despeinada no solo es una persona despeinada, ese desorden en la cabeza podría ser un ejemplo del desorden interno. La falta de ideas igual a la falta de peine.
Por otro lado, tener peine y no usarlo sería como pensar pero no llegar a nada con eso. Tener ideas que no llegan a nada,  que nunca se ponen en acción. ¿De qué sirve pensar mucho si no se espera llegar a nada?
Pero por otro lado se encuentran las personas que si usan el peine todos los días.
Existen muchos tipos de peines, con dientes finos, con dientes un poco más gruesos, tipo cepillos, etc. Cada uno de ellos tiene un objetivo distinto al usarse.
¿A caso está mal tener un peinado característico que nos diferencia el resto? No, en lo más mínimo. Esa es una de las cuestiones por las que peinarse es necesario, tan necesario como pensar. Sí todos nos peináramos igual no habría diferencia y sería todo muy aburrido. Sí todos pensáramos lo mismo, nadie pensaría mucho, y eso también sería aburrido.
Es necesario peinarse, es necesario pensar. Pero ¿Cuánto tiempo  al día debemos dedicarle a nuestro peinado? Imagino que el que sea necesario para que nos veamos bien. Sin embargo, no ocurre lo mismo con nuestras ideas y pensamientos, a diferencia del pelo, mientras más vueltas les damos, mientras más nos pasamos el peine por la cabeza, más se enredan.
Los malos peinados se pueden ver de lejos, los pensamientos enredados conocen cuando se abre la boca.
Por eso cada quien es responsable del peinado que tiene, del peine que usa, y de la cantidad de veces que el peine (idea) para por la cabeza.
Peinarse demasiado trae consigo algunos riesgos: peinados demasiado complicados, tan elaborados que no se los puede disfrutar afuera de la casa; perder demasiado tiempo del día y de la vida frente al espejo arreglando algo que la naturaleza hizo así; buscar tanto la perfección que ningún peinado viene bien; usar tantas cosas para peinarse y pasarse tantas veces el mismo peine puede hacer que el pelo se empiece a caer.

viernes, 24 de junio de 2011

Experiencia en blanco

Dio un paso al frente y se paró en el umbral, dejó su bolso en el piso y metió la mano derecha en su bolsillo. Entre la campera abultada, la mochila pesada y el bolsillo estrecho se le complico sacar la mano del bolsillo.
Por fin logró alcanzar el llavero que estaba allí adentro, buscó la llave y sin que le temblara el pulso la introdujo en el ojo de la cerradura, hizo una breve pausa sin parpadear, luego dio dos vueltas rápido con la muñeca.
Empujó la puerta con el pie izquierdo mientras levantaba el bolso que había dejado en el piso. El picaporte golpeó contra la pared. Cerró los ojos en señal de dolor como si hubiera sido su propio cuerpo el que se hubiera golpeado.
Al abrir la puerta, la casa despidió su aliento a encierro, polvo y algo de humedad.
Hizo dos pasos más, esta vez dejó caer el bolso de su hombro al piso, se quitó la mochila de la espalda y se volvió hacia la puerta para sacar la llave del lado de afuera y cerrar.
Los pisos estaban llenos de tierra. Cada pisada dejaba una huella. Caminó lentamente hasta la ventana de la cocina y la abrió.
El calorcito del medio día le besó la frente cuando el aire tibio comenzó a correr por la cocina.
Abrió las canillas para ver si había agua, que sí la había. Pero no funcionaba el agua caliente porque el calefón no estaba prendido. Cerró las canillas y se secó las manos en el pantalón.
Comenzó a recorrer el lugar con mirada de planificación, imaginándose dónde irían los muebles que todavía no tenía.
Todo ese vacío para sí. La luz de la mañana, la penumbra de la tarde.  La inmensidad del blanco en poco espacio. Paredes desnudas, ventanas sin personalidad pero con el potencial para ser sus ojos al exterior.
Mudarse sin compañía, espacio personal, intimidad con uno mismo. Por primera vez no compartir casa. Una nueva experiencia, una experiencia en blanco, como las paredes a las que les faltaban cuadros y espejos.
Cruzó la puerta de la única habitación de la casa, se dio cuenta en seguida que no era otra cosa por el placar empotrado en la pared. Gracias a Dios era luminosa y cálida, la ventaja que el contra frente dé al oeste para que reciba el sol toda la tarde y esté templada por las noches. Eso por un lado, por el otro, que no se escucharan los ruidos de la calle.
Estiró sus brazos de tal manera que su cuerpo en pie formara una te, cerró los ojos e inspiró y exhaló como quien hace ejercicio o se despereza después de una larga siesta.
Pero sus planes eran todo lo contrario, apenas había pasado el medio día y no quería dejar pasar la oportunidad de estrenar su nueva casa con una siesta.
Fue a buscar el bolso, lo trajo al cuarto y saco una bolsa de dormir y una goma aislante. Las extendió y se sentó primero para luego dejarse caer de espaldas.
Se quedó un rato mirando el techo y las molduras de las esquinas, detalles mínimos. Las comisuras de su boca tenían impreso el sello de la satisfacción.
Todavía faltaban un par de horas para que llegaran los muebles y un par de amigos para ayudar a descargar todo. Mientras tanto su nueva vida comenzaba con una siesta.   

lunes, 6 de junio de 2011

Lo que tenemos adentro

Hace unos días estuve en un velorio. Había menos de quince personas, entre las que iban y venían, eso le partió el alma.
El difunto no tenía muchos amigos, allí se encontraban algunos vecinos, otros conocidos y un solo pariente de sangre.
Sabía que tenía hijos también, pero no los conocía.
Afuera había un hermoso sol, radiante; un clima sin viento; con el calorcito propio de los días otoñales. Sin embargo adentro se sentía frío y árido, clima propio de los espíritus pesados que se sienten cuando pierden a alguien que está cerca de ellos.
No podía recordar con exactitud la fecha en que había conocido al que estaba acostado con los ojos cerrados, pero era chico, según mis cálculos, fue antes de que comenzara a afeitarme.
La fragilidad de toda la situación me daba escalofríos. Unas pocas mujeres lagrimeando, tres varones charlando en el fondo del lugar, y de cada lado del cajón un grupo de no más de cuatro personas por bando con la vista clavada en el suelo, sin hablar, sin moverse, respirando bajito.
Adornado por las mortajas estaba él, o lo que nos quedaba. Pálido, casi con un tono amarillento.
Las carnes de su cara estaban secas y parecían pegadas al cráneo, donde antes estaban los ojos ahora solo había dos huecos oscuros, como si nunca antes hubiera habido nada allí.
Me resultaba de mal gusto que tuviera cruzadas las manos por encima del pecho como una momia egipcia, sus falanges parecían huesitos pintados de un color casi natural.
En el momento en el que no volaban más pensamientos la persona encargada de decir las últimas palabras se paró en medio de todos, justo al lado del féretro.
Abrió un pequeño librito color negro y comenzó a leer. Palabras medidas científicamente para la ocasión, ni muy emocionales ni muy crudas, pero con un peso de verdad en cada silaba.
Soledad, amor; aislamiento, amistad; dolor, alegría; miseria, solidaridad, fueron algunos de los conceptos que relacionó, siempre hablando de la vida presente.
Hizo una pausa de unos pocos segundos y comenzó a recitar lo que parecía ser un salmo.
A más de uno de los presentes le salieron gotas de los ojos, incluyéndome.
Todo allí había terminado. Entró el personal de la casa de sepelios a cerrar el cajón mientras todos nos amontonábamos en la puerta.
El muerto había pasado sus últimos años prácticamente solo. Su hermana menor cada tanto lo visitaba, a su esposa no la había vuelto a ver después de la separación y de sus hijos nada se sabía, excepto que vivían en La Plata, y que uno de los vecinos les había avisado que su papá había muerto, pero no estaban en el lugar.
Ya habían sacado el cajón y todos se estaban acomodando en los autos de la cochería para el último paseo.  
Con la llave en la mano caminé hacia el auto, abrí la cerradura con angustia ¿Cómo podía ser que los hijos de ese hombre no estuvieran en el lugar? No importaba lo malo que haya sido en vida, aunque sea por respeto a los demás, deberían haberse despedido.
Dudé por un momento antes de encender el auto y decidí ir también al cementerio.
Tomé una calle lateral y llegué antes que la caravana, pero me quedé esperando adentro del auto hasta que alguien más llegara, cosa que ocurrió a los pocos minutos.
Una vez adentro todos caminaban aun más lento que de costumbre. Cerca de la parte posterior del campo santo, había dos hombres con palas, el poso ya estaba listo.
El momento más fuerte fue cuando se escuchó la primera palada de tierra caer sobre la madera, ya no había nada más que hacer, nada más que esperar, nada más que ver. Del polvo venimos y al polvo vamos.
En ese momento me quedé aislado del mundo, mirando las filas de cruces blancas. El hombre no es nada, pensé, nada. Un envase, no mucho más, que cuando se le escapa el alma por la boca se queda sin vida. Somos lo que tenemos adentro y cuando eso se apaga o se va ya dejamos de ser.
Lamentablemente, nos damos cuenta de eso cuando miramos a nuestro lado y la persona que estaba ya no está.


sábado, 30 de abril de 2011

Mi libre asociación

Estábamos en algún lugar de Corrientes cuando la noche nos encontró. Dejé mi lugar casi al final del micro para ir al asiento que estaba más cerca del conductor.
La ruta estaba muy oscura y hacía rato no se veían señalizaciones, hasta las líneas del asfalto habían desaparecido.
Me había sentado ahí por desconfianza o por curiosidad, no lo sabía, o sí, me negaba a sentir miedo de la noche que parecía comerse las luces del vehículo.
Al costado del camino de veían altares con banderas rojas y algunas luces amarillentas perdidas entre la vegetación que era baja. Eso sí daba miedo, porque quizás estábamos en el famoso lugar en el que el diablo había perdido el poncho.
Después de un rato tuve un extraño sentimiento, como si alguien tratara de leerme los pensamientos. Me di vuelta para mirar al resto del pasaje, pero todos estaban mirando una película del fin del mundo. Una vez más el perseguido era yo.
La película me resultaba aburrida, era de las que se piratean filmándolas del cine. Lo peor de todo era la mala traducción. Así que me acomodé para ver el tenebroso paisaje por el parabrisas.
Al rato me aburrí de nuevo y volví a mi asiento para buscar los auriculares para escuchar música y matar el tiempo de otra manera.
Comencé con Third Day y terminé escuchando a Kevin Johansen o al revés, no me acuerdo, sólo recuerdo que hice una escala en Drexler.
Hicimos una parada para comer antes que terminara la película, se podía ver las caras de alivio de los que viajaban conmigo.
Estiramos las piernas en una estación de servicio y seguimos viaje.
Volví a ocupar mi lugar casi al final del micro, pusieron otra película que no recuerdo y apagaron las luces. No hubo mejor momento para cerrar los ojos y dormir, pero la persona o las personas que viajaban unos asientos más adelante estaban por demás despiertas y con ganas de pintarle la cara al primero que se durmiera… al segundo y al tercero también.
Así que no me quedó otro remedio que quedarme despierto mirando la negra noche por la ventana.
Pasó un rato y la falta de sueño y mi memoria asociativa comenzaron a jugar conmigo.
La película se trataba del fin del mundo, pero el protagonista se salvaba con su familia, al menos eso entendí sin prestar mucha atención, lo que sintetizó en mi cabeza una sola pregunta ¿el fin del mundo me encontraría solo o mal acompañado, es decir solo?
Era tarde y definitivamente no tenía ganas de pensar en la soledad, porque no quería estar solo, mucho menos que el fin del mundo me encontrara así.
Traté de anular ese pensamiento, pero mientras lo hacía, otro ocupó su lugar. La oscuridad de la noche me hizo acordar al Fausto de Goethe, la parte en la que Mefistófeles lleva al protagonista a la cima del monte donde se realizaba una fiesta pagana.
Había asociado el trayecto oscuro de nuestro viaje, con el paseo que esos dos tenían por los oscuros bosques del Harz; las banderas rojas de los pequeños altares al costado del camino con la reunión del que brujos a la que se encaminaban ellos.
En ese lugar Fausto conoció a Lilith, por así decirlo, era la referente del lugar.
A su vez esta Lilith había sido la primera esposa de Adán según las tradiciones antiguas.
Todo eso estaba adentro de mi cabeza, y para completarla la música de fondo de mi pensamiento era una canción de Johansen en francés.
Poco a poco cada pieza de mi libre asociación, el camino oscuro, la película del fin del mundo, la soledad, las banderas rojas, Fausto y Mefistófeles, Lilith la primera esposa de Adán, se acomodaban y comenzaban a tomar un orden y un sentido para tratar de decirme algo.
Yo vendría a ser una mezcla de Fausto, en su búsqueda de felicidad, con Adán; la película del fin del mundo y la soledad serían mis propios temores de vida; el camino oscuro era parte del viaje, que vendrían a ser como la vida; las banderas rojas, no sabía bien, porque no soy de Independiente;… justo cuando el pensamiento se estaba formando la idea con mis ojos a medio cerrar, la chica del asiente de adelante trató de pintarme la cara con algo y me desconcentró de todo. Me despertó.
En ese momento perdí todos los papeles de mis pensamientos, unos pasos antes de entender qué era lo que estaba pensando.
Puse cara de enojado, balbuceé un par de palabras y volví a mi posición con la cabeza casi apoyada en la ventana y entre cerré los ojos para volver a asociar libremente otra vez.