Hace unos días estuve en un velorio. Había menos de quince personas, entre las que iban y venían, eso le partió el alma.
El difunto no tenía muchos amigos, allí se encontraban algunos vecinos, otros conocidos y un solo pariente de sangre.
Sabía que tenía hijos también, pero no los conocía.
Afuera había un hermoso sol, radiante; un clima sin viento; con el calorcito propio de los días otoñales. Sin embargo adentro se sentía frío y árido, clima propio de los espíritus pesados que se sienten cuando pierden a alguien que está cerca de ellos.
No podía recordar con exactitud la fecha en que había conocido al que estaba acostado con los ojos cerrados, pero era chico, según mis cálculos, fue antes de que comenzara a afeitarme.
La fragilidad de toda la situación me daba escalofríos. Unas pocas mujeres lagrimeando, tres varones charlando en el fondo del lugar, y de cada lado del cajón un grupo de no más de cuatro personas por bando con la vista clavada en el suelo, sin hablar, sin moverse, respirando bajito.
Adornado por las mortajas estaba él, o lo que nos quedaba. Pálido, casi con un tono amarillento.
Las carnes de su cara estaban secas y parecían pegadas al cráneo, donde antes estaban los ojos ahora solo había dos huecos oscuros, como si nunca antes hubiera habido nada allí.
Me resultaba de mal gusto que tuviera cruzadas las manos por encima del pecho como una momia egipcia, sus falanges parecían huesitos pintados de un color casi natural.
En el momento en el que no volaban más pensamientos la persona encargada de decir las últimas palabras se paró en medio de todos, justo al lado del féretro.
Abrió un pequeño librito color negro y comenzó a leer. Palabras medidas científicamente para la ocasión, ni muy emocionales ni muy crudas, pero con un peso de verdad en cada silaba.
Soledad, amor; aislamiento, amistad; dolor, alegría; miseria, solidaridad, fueron algunos de los conceptos que relacionó, siempre hablando de la vida presente.
Hizo una pausa de unos pocos segundos y comenzó a recitar lo que parecía ser un salmo.
A más de uno de los presentes le salieron gotas de los ojos, incluyéndome.
Todo allí había terminado. Entró el personal de la casa de sepelios a cerrar el cajón mientras todos nos amontonábamos en la puerta.
El muerto había pasado sus últimos años prácticamente solo. Su hermana menor cada tanto lo visitaba, a su esposa no la había vuelto a ver después de la separación y de sus hijos nada se sabía, excepto que vivían en La Plata, y que uno de los vecinos les había avisado que su papá había muerto, pero no estaban en el lugar.
Ya habían sacado el cajón y todos se estaban acomodando en los autos de la cochería para el último paseo.
Con la llave en la mano caminé hacia el auto, abrí la cerradura con angustia ¿Cómo podía ser que los hijos de ese hombre no estuvieran en el lugar? No importaba lo malo que haya sido en vida, aunque sea por respeto a los demás, deberían haberse despedido.
Dudé por un momento antes de encender el auto y decidí ir también al cementerio.
Tomé una calle lateral y llegué antes que la caravana, pero me quedé esperando adentro del auto hasta que alguien más llegara, cosa que ocurrió a los pocos minutos.
Una vez adentro todos caminaban aun más lento que de costumbre. Cerca de la parte posterior del campo santo, había dos hombres con palas, el poso ya estaba listo.
El momento más fuerte fue cuando se escuchó la primera palada de tierra caer sobre la madera, ya no había nada más que hacer, nada más que esperar, nada más que ver. Del polvo venimos y al polvo vamos.
En ese momento me quedé aislado del mundo, mirando las filas de cruces blancas. El hombre no es nada, pensé, nada. Un envase, no mucho más, que cuando se le escapa el alma por la boca se queda sin vida. Somos lo que tenemos adentro y cuando eso se apaga o se va ya dejamos de ser.
Lamentablemente, nos damos cuenta de eso cuando miramos a nuestro lado y la persona que estaba ya no está.
tan cierto lo q escribiste!!!
ResponderEliminaraqui visitandote de tiempo!
un abrazo amigo!