domingo, 20 de mayo de 2012

Esquimales (Parte II)


Raro en ella, cuando se hizo la hora de irse, todavía estaba barajando folios, pero se auto convenció de largar todo cuando ya habían pasado diez minutos de la hora.
Cruzó la puerta de calle y el frio le besó el cuello, se encogió de hombros levemente acusando un leve escalofrió que surcó la espalda entre los dos omoplatos.
Que libertad, pensó, salir un lunes de la oficina sin tener que cargar el bolsito con ropa para el gimnasio.
Si bien había hecho varias cosas en el trabajo, tenía la extraña sensación que el día estaba pasando más rápido de lo normal, por un instante deseo que esa sensación le durara hasta la hora de dormir y que el día se le pasara volando.
Llegó a su casa, cerró la puerta y se sacó los zapatos. El suelo le devolvía la fría comodidad de andar descansa. Eso era hogar.
Se cambió la ropa tomándose todo el tiempo del mundo, guardó parte de la ropa que antes tenía puesta, y la otra mitad la puso en el canasto de la ropa sucia.
Arrastrando unas pantuflas que más parecían alpargatas, llegó a la cocina y vio la taza que había dejado a la mañana, la lavó, le puso un saquito de té nuevo adentro y puso la pava.
Dio un paso hacia atrás y dos a la izquierda hasta llegar a la puerta de la heladera, la abrió y contempló estantes vacíos, el cajón de las verduras a medio llenar, unas cebollas, un par de puerros, un pote con ravioles con salsa blanca que parecía petrificada, se parecía mucho a la heladera de su hermano cuando antes que él se casara.
Ahora no le quedaba otra que salir a hacer mandados, pero primero estaba el té.
Mientras hacía una lista mentalmente de las cosas que iba a necesitar, el agua de la pava le comenzaba a gritar.
Puso la tasa sobre la mesa, buscó su cartera y sacó un anotadorcito y un lápiz.
La lista comenzaba con: aceite, arroz, tomates, un sobre de queso rallado, fideos  (tres tipos distintos), una calabaza, sobres de jugo de varios sabores, leche, yogur, entre otras cosas que escribía, no podía abandonar la sensación que se estaba olvidando cosas importantes.
Terminó el té y pensó en cambiarse, pero desistió al instante, iba al chino de la vuelta, no necesitaba cambiarse o arreglarse mucho.
Salió en la llave y la billetera en la mano. Mas o menos a unos diez pasos de la puerta se volvió a dar cuenta que otra vez había salido sin un pañuelo para el cuello.
Trató de hacer todo lo más rápido posible si olvidarse nada, también agregando cosas que le podía llegar a hacer falta, cosas que no estaban en la lista.
Faltaban dos veredas para llegar a la suya y ya tenía la llave apuntando como un segundo dedo índice de si mano derecha.
Entró u se apuró a dejar las cosas arriba de la mesa porque el peso de las bolsas le lastimaba las manos.
Cuando terminó de guardar todo ya no tenía ganas de limpiar, ni siquiera de barrer.
Casi por inercia o las mismas fuerzas del universo la llevaron al sillón y prendió la televisión sin pensarlo, en piloto automático.
Estuvo mirando televisión no más de quince minutos antes que se le cerraran los ojos. Pero puso en un canal de música y la subió el volumen, eran casi las siete y media, dormirse en ese momento era asegurarse un desvelo a la madrugada, y no le convenía.   
Se paró y fue directamente al baño, si se bañaba a la noche, no tenía que hacerlo a la mañana siguiente.
Fue uno de esos baños lentos.
Cuando salió con el pelo envuelto en una toalla de mano era cerca de las nueve, y no tenía hambre. Pero no se iba a ir a dormir con el estomago vacío.
Volvió al comedor y cambió de canal, buscó uno de esos que pasan documentales o cosas interesantes, los que casi seguro conducen al sueño con éxito en treinta minutos.
Fue al baño, que ya no tenía tanto vapor, para secarse el pelo.
Pasó por la cocina y sacó de la heladera una banana y una manzana, que no estaban en la lista, pero que las había metido al canasto cuando las vio. Las cortó las puso en un pote y les puso yogur. Era una cena para no cenar. Y se volvió al sillón en el living.
Las imágenes de la televisión eran de un clima frió, parecía el polo norte. Toda esa inmensidad blanca, pocos árboles, mucho viento, una verdadera postal del invierno.
Mientras llevaba cucharadas de frutas y yogur a la boca, el locutor del documental comentaba a cerca de la vida del pueblo Yupik, o mejor conocidos como Esquimales.
Le llamó la atención como había gente que pudiera vivir en esas condiciones de clima tan extremo.
Esas imágenes hasta le hacían sentir que lo que estaba comiendo estaba frío por demás.

jueves, 17 de mayo de 2012

Adiós de papel


No decir nada en la era de la híper comunicación
Tal vez sea una virtud. Silencio.
0101000110010
Y las maquinas son más directas para hablar que nosotros.
Hoy me llegó un telegrama que decía
Gracias por participar.

Casi cinco siglos de muerto Miguel de Cervantes Saavedra
Y podría parecerme al Quijote con internet.
Con esperanzas implacables
Anécdotas inoxidables
Los mismos molinos en el horizonte
Y una Dulcinea que tal vez me invente.
Hoy me llegó un telegrama que decía
Gracias por participar.

No todas las plumas son iguales
Plumas de gallinas, de pavos y de pavos reales.
Pero con todas ellas se escribe. Palabras que pertenecen a
Gallinas, pavos y pavos reales.
Hoy me llegó un telegrama que decía
Gracias por participar.

Ya no quedan trovadores que canten el final
Los comimos a todos ellos, ahora los extrañamos.
Devoramos sus letras
Y ahora no tenemos palabras para el cierre.
Hoy me llegó un telegrama que decía
Gracias por participar.

De puño y letra caen sobre la hoja palabras negras
Sutiles, delicadas, sagaces
Rompen el silencio sin agraviar los oídos.
Retumban como el eco de las montañas
Agigantando su verdadero peso.
Quitando el polvo de los recuerdos.
Hoy me llegó un telegrama que decía
Gracias por participar.

Los carteros nunca se sorprenden, la gente no espera cartas
Todo se resuelve por correo electrónico.
Hoy no hay distancias
A menos que se caigan los puentes.
Hoy me llegó un telegrama que decía
Gracias por participar.

lunes, 14 de mayo de 2012

Entre algodones (Parte I)


Sentía la cara fría, pero todavía no podía abrir los ojos. El resplandor entraba por sus ojos cerrados y esa sensación de él sol mirándolo furiosamente a la cara no lo dejaba seguir durmiendo. Pero aunque quería abrir los ojos y levantarse no podía, se encontraba muy cansado para moverse.
Estaba muy incomodo acostado sobre unas piedras lisas, le dolían los hombros y la clavícula izquierda la sentía como quebrada, lo único que lo calmaba de momento era  una brisa fría que le acariciaba sus pies descalzos.
La luz del sol no calentaba su cara, pero le incomodaba el resplandor segador, tanto que decidió recostarse sobre su lado derecho. De fondo podía escuchar algo así como un murmullo pero no sabía que era.
Le dolía la cabeza pero no quería seguir acostado, juntó fuerzas para moverse y ponerse en pie, cuando pudo abrir los ojos sintió la pesadez de los que recién se despiertan de la resaca, sin embargo él no tomaba alcohol.
Cuando pudo ver bien reconoció el lugar donde estaba de inmediato. Se encontraba  a orillas del lago donde solía pasar las vacaciones con su familia.  
Mientras se incorporaba la cabeza le daba vueltas, como sí le hubieran dado un golpe muy fuerte. Trató de estar en pie sin marearse antes de caminar unos pasos.
Cuando por fin pudo tener control de su cuerpo, se animó a caminar sobre las piedras lisas, típicas de los lagos del sur. Le resultaba muy incómodo tener que hacerlo descalzo, sin embargo la sensación del frío en los pies le agradaba.
El paisaje no le resultaba nuevo en absoluto, pero no lograba identificar en que parte se encontraba. Conocía muchos lagos en la cordillera, y el paisaje de casi todos era similar, no había nada que le recordara un lugar específico, un cartel o algo por el estilo.
Arrayanes, alerces y pinos decoraban las costas, como no hacía frío supuso que era verano, aunque no tenía noción de la fecha o estación en la que se encontraba.
Recordaba como de niño le encantaba ir de vacaciones a esos lugares, lagos de agua cristalina, en la que se podían ver los peses, montañas a lo lejos con sus cimas llenas de nieve.
Tal vez esos eran los recuerdos más agradables de su niñez.
El oleaje era constante, las ondas del agua eran breves pero sostenidas. De a poco iban lavando las piedras grises y verdes de la orilla. Ese era el murmullo que cuando tenía los ojos cerrados no alcanzaba a distinguir.
Caminó por la orilla un rato largo, tratando de buscar en el paisaje algún detalle que le revelara donde estaba pero no hubo éxito.
Se detuvo a mirar el agua, el reflejo del sol, que todavía no se había movido, salpicaba su luz encima de la irregular superficie liquida. Le transmitía una sensación relajante.
Después de mirar un rato el agua sus ojos le comenzaron a pesar, al punto de volver a tener sueño. Al principio trató de resistirse pero era algo más fuerte que el. 
Miró a su alrededor y no encontró ningún refugio para acomodarse y descansar.
Por un instante pensó que no era bueno que se durmiera, porque si la noche lo encontraba en ese lugar, se exponía innecesariamente a los animales de la montaña.
En ese momento tuvo una idea brillante, o lo que él pensó que era brillante. Para vencer el sueño, tenía que despabilarse, y como estaba descanso podía poner sus pies en el agua del lago que siempre está fría.
Se acercó a las olas con mucha decisión e introdujo ambos pies casi a la vez. Al instante salió sorprendido, el agua estaba apenas fría. No parecía el agua de un lago del sur.
No fue el agua fría lo que le quitó el sueño, fue la sorpresa.
Después pensó que eso le había pasado porque estaba descalzo, y sus pies no sentían frío porque estaban fríos.
Ahora sí, tenía que encontrar un lugar para pasar la noche, que es cuando llega el verdadero frío a esos lugares.

viernes, 4 de mayo de 2012

Aurora murió


Su cuerpo en la silla de mimbre
El resto de sí en el umbral al borde de la celosía entreabierta
Sus lágrimas caían de sus ojos como manzanas maduras
Inmóvil, sus pies no sentían frío
La luz de las tres de la tarde esquivaba obstáculos para poder entrar al cuarto
Olor a ropa guardada salía de los cajones de la cómoda
Rayos de sol evidenciaban el polvillo que flotaba en el ambiente
Los lentes en la mesa de luz, un vaso medio lleno, la biblia
Miró hacia atrás dejándose ir, dejándose llevar
Su pasado quedaba sentado
Respondió a la eternidad con inmortalidad

Sombras


Que miden el tiempo
Que agigantan objetos y sujetos

Espesas y rusticas
Como bocetos en carbonilla

Débiles y tenues
Como dibujos en lápiz a mano alzada

Siluetas de lo real
Llegan antes con la luz de espaldas
Y se marchan después con la luz de frente

Contrarias a la luz
Se contradicen viviendo de día

El viento no las mueve
Fuertes en el suelo, en las paredes, en el agua

Inalcanzables, la única forma de retenerlas
Es capturando a sus dueños

Retratan sin colores
Las posturas de los vivos
Siempre están a la moda

Cuando la luz es lejana toman otro carácter
Cualquiera que las mira podría durar de su intangibilidad

Antes les temían
Ahora también

Corren con el viento
Vuelan con las aves

Unidas a nosotros por los pies
Son tal vez
Nuestra mejor metáfora monocromática 

viernes, 27 de abril de 2012

Corrientes y Talcahuano


El café estaba en la esquina de Avenida corrientes y Talcahuano. No era muy lujoso, las mesas y sillas eran viejas, pero se conservaban es estado. Las baldosas de la entrada ya habían perdido su dibujo original por el paso del tiempo y los pasos de los que entraban y salían.
A menudo muchos de los abogados de tribunales usaban los huecos de sus agendas para ir ahí y charlar con algún cliente.
No era de los bares que tienen internet, ni de los que tienen mozos menores de treinta años y con acento extranjero, los que atendían el lugar eran bien porteños. No se esperaba menos del lugar en el que estaba el establecimiento.
Ahí estaban ellos, llegaron puntuales, tres y media, ella abrió la puerta y lo vio a él, sentado en la mesa ubicada al fondo a la derecha, donde está la puerta de media altura para pasar al otro lado de la barra.
Una ubicación estratégica, desde ahí se podía ver todo el lugar, y ambas calles, por ende podían ver el transito y a los transeúntes ir y venir como hormigas por la calle.
El se paró, la saludó con un beso en la mejilla, le corrió la silla para que se sentara y volvió a acomodarse en su lugar.
Los ojos de ambos se miraban brillantes, reflejando una sensación de comprensión mutua casi inexplicable.
Se habían conocido por internet, en noches de soledad y vicio. No fue el típico levante de correo electrónico, lo suyo había sido el chat.
Había sido tres años atrás, ella salía de una relación larga y ocupaba su tiempo, encerrada en la casa, con la computadora. El estaba cómodo pero mal acompañado, según le había dicho en aquella ocasión, era solo cuestión de tiempo para que todo llegara a su fin.
Arrancaron casi en situación de levante, ambos, jugando a que jugaban, correteando son salir de su casa.
Seguían con su vida casi normal, de trabajo, salidas con amigos, asados familiares, malestares de las estaciones, etc.
Las confesiones más profundas llegaban a cualquier hora del día, con el típico sonido de las ventanas.
Acordando sin decir nada el tiempo diluyó el interés, la intensidad de las charlas y el interés menguaron.
Al año ya se habían dejado de hablar.
Para mantener el misterio o las reservas ninguno estaba en los contactos del otro en las redes sociales.
Para el segundo año, la sorpresa se la llevó ella cuando él la saludo para su cumpleaños, y retomaron el dialogo por unos meses hasta que ella comunicó que estaba saliendo con un flaco de la oficina, que hasta ahí no era nada formal. Sinceros ambos como siempre, el confesó también estar en pareja con una compañera de la facultad.
Las ventanas de diálogos volvieron a estar en silencio durante unos meses más.
Todo estaba claro, inciertamente claro. Se conocían sin verse, se querían sin haberse siquiera tocado, se conocían casi mejor que nadie, o al menos eso es lo que simula la realidad de internet, pero estaba en ellos creer que era así, casi como volviendo al período del Romanticismo.
Los dos en pajera no dejaban de amar a quienes tenían al lado, tampoco dejaban de pensar en la persona del otro lado de la ventana.
Los procesos de curiosidad, llevan a una decantación natural. Querían conocerse.
Y ahí estaban ellos, después de un par de años mirándose a los ojos por primera vez en sus vidas. Recordando noches y tarde de charlas, saludos esporádicos, chistes que solo ellos entendían, juegos de palabras y un montón de sensaciones y sentimientos que solo tenían significado en la persona de enfrente.
Tenían un poco más de media hora para verse, después de eso cada cual volvería al mundo real.
Hablaron de todo sin ahondar mucho en ningún tema. Los primeros cinco minutos es estudiaron de pies a cabeza para ver si coincidían con las descripciones que se habían pasado alguna vez por escrito.
Mirando el reloj, para no retrasar el resto de las actividades, el brillo de sus ojos se iba perdiendo. Los dos tenían pareja, no sabían si estaba bien o no lo que hacían, no porque hicieran algo malo en sí, sino porque no tenían como explicarlo.
Cómo y qué decir si alguno de los otros los llegaba a ver, o si alguien de sus conocidos los veía y salía con un cuento.
La culpa opacaba la sonrisa de ambos al despedirse, tal vez era algún cargo de conciencia que traían desde antes. Verse con otras personas a espaldas de sus compañeros de almohadas.
El único abrazo entre ellos fue en la esquina de ese café. Después allá subió por Corrientes y el doblo en Talcahuano.

lunes, 23 de abril de 2012

Desconectados


De los papeles escondidos entre las páginas de tus libros
Cuando andabas descalza con el pelo suelto
Tus labios apoyados en la taza de té que sostenías con las dos manos
La camisa verde que usaste el día que nos conocimos
Tardes paseando en bicicleta cerca de puerto
El reflejo del sol en tus anteojos plateados
La mesa del café que sostuvo nuestra primera discusión
Los ramos de margaritas  que le llevabas a tu mamá
Como acomodabas las aceitunas de la piza en la orilla del plato
Estrofas que leías de ese poeta francés
Las fotos que guardabas en carpetas fechadas por año
Tu bolso y el misterio de su contenido
Caminatas bajo los árboles del parque
Bequer y sus leyendas, sus mitos, las oscuras golondrinas, los ojos verdes
Cuadernos y libretas escritos con tinta negra
Entradas de recitales en el marco del espejo de tu cuarto en la casa de tus padres
Esa guitarra sin cuerdas que me regalaste
Lana gris que usaste para tejerme aquella bufanda
Nuestro dialecto de miradas y muecas con la comisura de los labios
Escuchábamos madera noruega entre copas de vino y almohadones en el piso
Deambulábamos entre los cuadros del museo
Jugábamos a las escondidas entre las góndolas del supermercado
Charlábamos pasándonos el mate de mano en mano buscando la punta de nuestros dedos 
Canciones que nos dejaban en silencio hasta el último acorde
Versos que escondía en los bolsillos de tu abrigo antes que salieras de casa
Estrategias para robarte un beso en público
Siestas en brazos, desconectados, soñábamos lo que vivíamos, vivíamos lo que soñábamos