viernes, 24 de junio de 2011

Experiencia en blanco

Dio un paso al frente y se paró en el umbral, dejó su bolso en el piso y metió la mano derecha en su bolsillo. Entre la campera abultada, la mochila pesada y el bolsillo estrecho se le complico sacar la mano del bolsillo.
Por fin logró alcanzar el llavero que estaba allí adentro, buscó la llave y sin que le temblara el pulso la introdujo en el ojo de la cerradura, hizo una breve pausa sin parpadear, luego dio dos vueltas rápido con la muñeca.
Empujó la puerta con el pie izquierdo mientras levantaba el bolso que había dejado en el piso. El picaporte golpeó contra la pared. Cerró los ojos en señal de dolor como si hubiera sido su propio cuerpo el que se hubiera golpeado.
Al abrir la puerta, la casa despidió su aliento a encierro, polvo y algo de humedad.
Hizo dos pasos más, esta vez dejó caer el bolso de su hombro al piso, se quitó la mochila de la espalda y se volvió hacia la puerta para sacar la llave del lado de afuera y cerrar.
Los pisos estaban llenos de tierra. Cada pisada dejaba una huella. Caminó lentamente hasta la ventana de la cocina y la abrió.
El calorcito del medio día le besó la frente cuando el aire tibio comenzó a correr por la cocina.
Abrió las canillas para ver si había agua, que sí la había. Pero no funcionaba el agua caliente porque el calefón no estaba prendido. Cerró las canillas y se secó las manos en el pantalón.
Comenzó a recorrer el lugar con mirada de planificación, imaginándose dónde irían los muebles que todavía no tenía.
Todo ese vacío para sí. La luz de la mañana, la penumbra de la tarde.  La inmensidad del blanco en poco espacio. Paredes desnudas, ventanas sin personalidad pero con el potencial para ser sus ojos al exterior.
Mudarse sin compañía, espacio personal, intimidad con uno mismo. Por primera vez no compartir casa. Una nueva experiencia, una experiencia en blanco, como las paredes a las que les faltaban cuadros y espejos.
Cruzó la puerta de la única habitación de la casa, se dio cuenta en seguida que no era otra cosa por el placar empotrado en la pared. Gracias a Dios era luminosa y cálida, la ventaja que el contra frente dé al oeste para que reciba el sol toda la tarde y esté templada por las noches. Eso por un lado, por el otro, que no se escucharan los ruidos de la calle.
Estiró sus brazos de tal manera que su cuerpo en pie formara una te, cerró los ojos e inspiró y exhaló como quien hace ejercicio o se despereza después de una larga siesta.
Pero sus planes eran todo lo contrario, apenas había pasado el medio día y no quería dejar pasar la oportunidad de estrenar su nueva casa con una siesta.
Fue a buscar el bolso, lo trajo al cuarto y saco una bolsa de dormir y una goma aislante. Las extendió y se sentó primero para luego dejarse caer de espaldas.
Se quedó un rato mirando el techo y las molduras de las esquinas, detalles mínimos. Las comisuras de su boca tenían impreso el sello de la satisfacción.
Todavía faltaban un par de horas para que llegaran los muebles y un par de amigos para ayudar a descargar todo. Mientras tanto su nueva vida comenzaba con una siesta.   

lunes, 6 de junio de 2011

Lo que tenemos adentro

Hace unos días estuve en un velorio. Había menos de quince personas, entre las que iban y venían, eso le partió el alma.
El difunto no tenía muchos amigos, allí se encontraban algunos vecinos, otros conocidos y un solo pariente de sangre.
Sabía que tenía hijos también, pero no los conocía.
Afuera había un hermoso sol, radiante; un clima sin viento; con el calorcito propio de los días otoñales. Sin embargo adentro se sentía frío y árido, clima propio de los espíritus pesados que se sienten cuando pierden a alguien que está cerca de ellos.
No podía recordar con exactitud la fecha en que había conocido al que estaba acostado con los ojos cerrados, pero era chico, según mis cálculos, fue antes de que comenzara a afeitarme.
La fragilidad de toda la situación me daba escalofríos. Unas pocas mujeres lagrimeando, tres varones charlando en el fondo del lugar, y de cada lado del cajón un grupo de no más de cuatro personas por bando con la vista clavada en el suelo, sin hablar, sin moverse, respirando bajito.
Adornado por las mortajas estaba él, o lo que nos quedaba. Pálido, casi con un tono amarillento.
Las carnes de su cara estaban secas y parecían pegadas al cráneo, donde antes estaban los ojos ahora solo había dos huecos oscuros, como si nunca antes hubiera habido nada allí.
Me resultaba de mal gusto que tuviera cruzadas las manos por encima del pecho como una momia egipcia, sus falanges parecían huesitos pintados de un color casi natural.
En el momento en el que no volaban más pensamientos la persona encargada de decir las últimas palabras se paró en medio de todos, justo al lado del féretro.
Abrió un pequeño librito color negro y comenzó a leer. Palabras medidas científicamente para la ocasión, ni muy emocionales ni muy crudas, pero con un peso de verdad en cada silaba.
Soledad, amor; aislamiento, amistad; dolor, alegría; miseria, solidaridad, fueron algunos de los conceptos que relacionó, siempre hablando de la vida presente.
Hizo una pausa de unos pocos segundos y comenzó a recitar lo que parecía ser un salmo.
A más de uno de los presentes le salieron gotas de los ojos, incluyéndome.
Todo allí había terminado. Entró el personal de la casa de sepelios a cerrar el cajón mientras todos nos amontonábamos en la puerta.
El muerto había pasado sus últimos años prácticamente solo. Su hermana menor cada tanto lo visitaba, a su esposa no la había vuelto a ver después de la separación y de sus hijos nada se sabía, excepto que vivían en La Plata, y que uno de los vecinos les había avisado que su papá había muerto, pero no estaban en el lugar.
Ya habían sacado el cajón y todos se estaban acomodando en los autos de la cochería para el último paseo.  
Con la llave en la mano caminé hacia el auto, abrí la cerradura con angustia ¿Cómo podía ser que los hijos de ese hombre no estuvieran en el lugar? No importaba lo malo que haya sido en vida, aunque sea por respeto a los demás, deberían haberse despedido.
Dudé por un momento antes de encender el auto y decidí ir también al cementerio.
Tomé una calle lateral y llegué antes que la caravana, pero me quedé esperando adentro del auto hasta que alguien más llegara, cosa que ocurrió a los pocos minutos.
Una vez adentro todos caminaban aun más lento que de costumbre. Cerca de la parte posterior del campo santo, había dos hombres con palas, el poso ya estaba listo.
El momento más fuerte fue cuando se escuchó la primera palada de tierra caer sobre la madera, ya no había nada más que hacer, nada más que esperar, nada más que ver. Del polvo venimos y al polvo vamos.
En ese momento me quedé aislado del mundo, mirando las filas de cruces blancas. El hombre no es nada, pensé, nada. Un envase, no mucho más, que cuando se le escapa el alma por la boca se queda sin vida. Somos lo que tenemos adentro y cuando eso se apaga o se va ya dejamos de ser.
Lamentablemente, nos damos cuenta de eso cuando miramos a nuestro lado y la persona que estaba ya no está.


sábado, 30 de abril de 2011

Mi libre asociación

Estábamos en algún lugar de Corrientes cuando la noche nos encontró. Dejé mi lugar casi al final del micro para ir al asiento que estaba más cerca del conductor.
La ruta estaba muy oscura y hacía rato no se veían señalizaciones, hasta las líneas del asfalto habían desaparecido.
Me había sentado ahí por desconfianza o por curiosidad, no lo sabía, o sí, me negaba a sentir miedo de la noche que parecía comerse las luces del vehículo.
Al costado del camino de veían altares con banderas rojas y algunas luces amarillentas perdidas entre la vegetación que era baja. Eso sí daba miedo, porque quizás estábamos en el famoso lugar en el que el diablo había perdido el poncho.
Después de un rato tuve un extraño sentimiento, como si alguien tratara de leerme los pensamientos. Me di vuelta para mirar al resto del pasaje, pero todos estaban mirando una película del fin del mundo. Una vez más el perseguido era yo.
La película me resultaba aburrida, era de las que se piratean filmándolas del cine. Lo peor de todo era la mala traducción. Así que me acomodé para ver el tenebroso paisaje por el parabrisas.
Al rato me aburrí de nuevo y volví a mi asiento para buscar los auriculares para escuchar música y matar el tiempo de otra manera.
Comencé con Third Day y terminé escuchando a Kevin Johansen o al revés, no me acuerdo, sólo recuerdo que hice una escala en Drexler.
Hicimos una parada para comer antes que terminara la película, se podía ver las caras de alivio de los que viajaban conmigo.
Estiramos las piernas en una estación de servicio y seguimos viaje.
Volví a ocupar mi lugar casi al final del micro, pusieron otra película que no recuerdo y apagaron las luces. No hubo mejor momento para cerrar los ojos y dormir, pero la persona o las personas que viajaban unos asientos más adelante estaban por demás despiertas y con ganas de pintarle la cara al primero que se durmiera… al segundo y al tercero también.
Así que no me quedó otro remedio que quedarme despierto mirando la negra noche por la ventana.
Pasó un rato y la falta de sueño y mi memoria asociativa comenzaron a jugar conmigo.
La película se trataba del fin del mundo, pero el protagonista se salvaba con su familia, al menos eso entendí sin prestar mucha atención, lo que sintetizó en mi cabeza una sola pregunta ¿el fin del mundo me encontraría solo o mal acompañado, es decir solo?
Era tarde y definitivamente no tenía ganas de pensar en la soledad, porque no quería estar solo, mucho menos que el fin del mundo me encontrara así.
Traté de anular ese pensamiento, pero mientras lo hacía, otro ocupó su lugar. La oscuridad de la noche me hizo acordar al Fausto de Goethe, la parte en la que Mefistófeles lleva al protagonista a la cima del monte donde se realizaba una fiesta pagana.
Había asociado el trayecto oscuro de nuestro viaje, con el paseo que esos dos tenían por los oscuros bosques del Harz; las banderas rojas de los pequeños altares al costado del camino con la reunión del que brujos a la que se encaminaban ellos.
En ese lugar Fausto conoció a Lilith, por así decirlo, era la referente del lugar.
A su vez esta Lilith había sido la primera esposa de Adán según las tradiciones antiguas.
Todo eso estaba adentro de mi cabeza, y para completarla la música de fondo de mi pensamiento era una canción de Johansen en francés.
Poco a poco cada pieza de mi libre asociación, el camino oscuro, la película del fin del mundo, la soledad, las banderas rojas, Fausto y Mefistófeles, Lilith la primera esposa de Adán, se acomodaban y comenzaban a tomar un orden y un sentido para tratar de decirme algo.
Yo vendría a ser una mezcla de Fausto, en su búsqueda de felicidad, con Adán; la película del fin del mundo y la soledad serían mis propios temores de vida; el camino oscuro era parte del viaje, que vendrían a ser como la vida; las banderas rojas, no sabía bien, porque no soy de Independiente;… justo cuando el pensamiento se estaba formando la idea con mis ojos a medio cerrar, la chica del asiente de adelante trató de pintarme la cara con algo y me desconcentró de todo. Me despertó.
En ese momento perdí todos los papeles de mis pensamientos, unos pasos antes de entender qué era lo que estaba pensando.
Puse cara de enojado, balbuceé un par de palabras y volví a mi posición con la cabeza casi apoyada en la ventana y entre cerré los ojos para volver a asociar libremente otra vez.


Diarios con sangre

Todavía el perezoso sol de otoño ni siquiera había asomado un destello de luz, cuando se escuchó una frenada que dio inicio al resto de los ruidos del día.
Era muy temprano como para que las viejas del barrio estuvieran lavando la vereda, así que nadie vio en vivo y en directo lo que pasó.
Primero la frenada, un impacto que mezcló vidrios rotos y metales que se arrastran, terminando con el inconfundible sonido de algo que choca contra una pared.
Un auto que venía ligero por la avenida, había perdido el control y se subió a la vereda, llevándose por delante el puesto de diarios del Ruso Salgado.
El Ruso Salgado había vivido toda su vida en la misma casa, que quedaba a la vuelta del quiosquito de diarios que atendía desde los dieciséis años.
Era hijo del Ruso Illich, pero nunca le había dado el apellido. Ese ruso había sido el más mujeriego del barrio y tenía hijos por todos lados, las malas lenguas decían que hasta tenía hijos en otras provincias. Sin embargo, al único de sus bastardos que le había dejado algo era al hijo de la flaca Salgado. En esa época no existían los estudios de ADN, pero nadie podía negar que fueran padre e hijo.
Los primeros que se acercaron al lugar del accidente vieron las piernas del Ruso abajo del auto, la otra mitad estaba incrustada en la pared. Literalmente estaba partido en dos.
Adentro del auto había un tipo apenas golpeado, la bolsa de aire lo había atajado. Parecía medio dormido o desmayado, abrazaba el volante con las dos manos, tenía unos pequeños cortes en la frente por las esquirlas del parabrisas pero seguía respirando.
El muy imbécil estaba borracho, en el asiento de atrás había un par de botellas de bebidas blancas a medio terminar y el cuerpo del idiota ese traspiraba alcohol. Lo salvó que venía en un auto nuevo, de esos que tienen todas las condiciones para que sus ocupantes sobrevivan a un choque.
Un charco que parecía dulce de membrillo derretido se estaba secando alrededor de la rueda delantera del lado del acompañante, mientras de lejos se oía la sirena de una ambulancia que ya no venía a salvar a nadie.
La policía no llegaba, más de un vecino había informado del accidente a diferentes comisarías, parecía demasiado temprano para que la gente de uniforme azul oscuro atendiera algún suceso.
El sol ya estaba escalando las paredes de los edificios y de a poco el tránsito por las calles cercanas comenzaba a darle algo de vida a esa parte de la ciudad.
El borracho estaba recobrando el conocimiento de a poco. Nadie ponía cara de sentir lástima por sus heridas, los ojos de la gente expresaban bronca.
Las baldosas estaban empapeladas con revistas rotas y diarios con sangre; diarios que el Ruso Salgado acomodaba siempre antes que la luz del alba diera algo de vida a la cuadra.
Un hilo de sangre se fugaba del gran charco por las canaletas de las baldosas hasta llegar al cordón de la vereda, las moscas seguían su recorrido.
La escena tomó otro carácter cuando la policía se hizo presente y comenzó a poner la cinta de peligro desde un árbol de mitad de cuadra hasta el semáforo de la esquina, que seguía en pie de casualidad.
El conductor ya estaba acostado en la camilla de la ambulancia. Se lo llevaron rápido.
Se podía sentir el gusto de las lágrimas de las personas del barrio, rabia, bronca impotencia, era el sabor del primer mate amargo.
Una bolsa negra guardaba las dos mitades de Salgado, que ya viajaban en una camioneta hacia la morgue.





domingo, 24 de abril de 2011

Una estampilla en un poema

Todo quizás sucede cuando el viento sopla del norte.
Todo quizás sucede cuando nada aparente está pasando
Cuando el cielo está nublado y oscuro
Cuando el aire corre llevando el calor del sol hasta las sombras
Cuando preparo mi café y siento su vapor en mi nariz
Cuando miro por la ventana el techo de tejas rojas


Todo quizás sucede cuando cierro los ojos para descansar
Todo quizás sucede cuando nada aparente está pasando
Cuando la lluvia cae y derrite la tierra
Cuando la tarde se hunde tímida en el horizonte
Cuando cebo mate con la puerta abierta
Cuando camino sobre una vereda alfombrada de hojas secas


Todo quizás sucede cuando el calor se va apoderando de la mañana
Todo quizás sucede cuando nada aparente está pasando
Cuando el reloj teje historias con sus agujas
Cuando el lápiz dibuja letras en mi cuaderno

Cuando leo rimas y leyendas
Cuando cuento monedas para un viaje

Todo quizás sucede cuando me siento a escribir
Todo quizás sucede cuando nada aparente está pasando
Todo sucedió cuando puse una estampilla en un poema.

jueves, 21 de abril de 2011

El testigo

Mientras todos parecían estar cenando en la parte de arriba de una casa, yo miraba desde la vereda de enfrente. Se escuchaban algunas risas, comentarios en voz alta, pero no alcanzaba a distinguir las voces. Nadie se acercaba a la ventana.
Me habían dicho que Él estaba ahí, pero como nunca lo había visto no sabía cuál de ellos era.
Seguí esperando, me apoyé en una columna y cada tanto miraba para ambas esquinas, por las dudas que alguien me estuviera siguiendo a mí también.
Cuando las risas se calmaron hubo un par de personas que alzaron la voz pero eso fue todo, un rato después todos ellos bajaron y salieron por la puerta del frente, eran más de diez.
Comenzaron a caminar calle arriba, justo hacia el lado donde estaba yo. Tuve miedo y algo de vergüenza. Quería decirle cuanto lo admiraba, pero seguía sin saber cuál de ellos era.
Pasaron todos junto a mí pero no me moví. Esperé a que estuvieran a una distancia apropiada y comencé a caminar detrás del grupo.
Observé como uno de ellos se fue quedando atrás y luego se separó del resto. Usaba una capa, marrón oscuro similar a la mía. Sin despedirse del resto se metió por una de las calles del costado y desapareció.
El grupo seguía caminando, yo atrás.
Llegando casi a las afueras de la ciudad, entraron en un huerto llenos de olivos. El lugar era un tanto tétrico, la luz de la luna se escondía tras las nubes que acomodaba el cálido viento del sur.
Era un lugar en el que nunca había estado, no podía orientarme con facilidad, no quería acercarme mucho para que no me descubrieran.
Dejaron de caminar y todos se sentaron, todos menos uno. Ese era Él, pero yo estaba muy lejos como para acercarme en ese momento. Decidí esperar la oportunidad justa para aproximarme ahora que estaba solo.
Me agaché en cuclillas para no llamar la atención del grupo, observaba desde la oscuridad, pero parecían estar dormidos. Esa era la oportunidad que estaba esperando. Para asegurarme comencé a arrojar piedritas cerca del grupo, para ver si realmente estaban dormidos. Ninguno se movió.
En el momento en que decidí ponerme en pie, Él ya estaba caminando hacia donde los demás dormían. Me quedé helado.
Al llegar junto a ellos levantó la voz, parecía disgustado porque se habían dormido.
No alcanzó a terminar de hablar cuando se comenzó a escuchar un murmullo entre los árboles, parecía gente que se acerba.
Todo duró un instante, o al menos así me pareció a mí.
Una multitud con palos, antorchas y espadas los rodeó. El que había dejado el grupo después de la cena se le acerco y lo besó en la mejilla. Cruzaron un par de palabras, Él parecía saber lo que estaba pasando, sin embargo lucía muy tranquilo.
Hubo un incidente y gritos de repente, pero no pude ver bien que había pasado. Después de eso lo tomaron por los brazos y se lo llevaron.
Yo seguía con la mitad del cuerpo escondido detrás de un árbol pequeño, inmóvil, lleno de impotencia. Lo había estado siguiendo todo este tiempo y justo cuando estaba tan cerca de poder hablarle se lo llevaban por la fuerza.
Me enojé y lloré de bronca, ¿cómo podía ser?
Entre tanto la multitud lo arrastraba no por la fuerza, pero se lo llevaba como la corriente de un rio arrastra un pequeño trozo de madera que flota en la superficie.
Junté mis rodillas y las abracé, tenía mucho frío, me tapé con mi capa y hundí mi cabeza en el hueco que habían dejado mis brazos y piernas.
Antes que el sol salga un viento helado lamió mis pies que estaban descubiertos, las duras sandalias de cuero viejo ya estaban casi rotas.
Cuando le levante de mi encorvada posición me dolía la espalda y el frío del suelo llegaba hasta mi cintura.
Estaba muy desanimado para ser tan temprano, caminaba arrastrando los pies con la mirada fija hacía abajo.
Comencé a caminar hacia la ciudad, a cada calle que avanzaba la gente lucía más y más confundía y turbada. Tenía miedo de preguntar, pero mi curiosidad me venció cerca de la plaza que está frente al templo.
Le pregunté a una señora que estaba juntando pesados de una vasija que se había roto.
- Le van a crucificar en el Gólgota, allí arriba- dijo sin mirarme y señalando con la mano izquierda.-
De repente yo me detuve y todo comenzó a girar más rápido. Parpadeé y ya estaba caminando. Llegue a la calle principal que conducía a la cima del pequeño monte, pero estaba llena de gente y no se podía caminar, así que tomé una de las calles laterales y empecé a correr cuesta arriba.
Estaba agitado y me faltaba el aire, tenía toda mi sangre en la cabeza.
Cuando estuve relativamente cerca pude ver las tres cruces, pero no podía ver si era Él.
Dentro de mi pecho un tambor golpeaba sin cesar, traspiraba, ya no tenía frío.
Una oscuridad se apoderó del cielo y yo me desesperé, comencé a empujar gente con tal de llegar lo más cerca de esa cruz. Entre gritos, tirones e insultos pude llegar hasta donde estaban los soldados.
Vi a un centurión llorando y todo tembló. La situación no podía ser más inexplicable.
Él estaba ahí colgado ya sin moverse, su sangre choreaba por todo su cuerpo hasta bañar la madera debajo de sus pies.
Yo había sido el testigo de su muerte, pero mientras vivía no había tenido el valor de acercarme a hablarle o solamente a saludarlo.
La rabia conmigo mismo se me amontonaba en el pecho hasta hacerme doler. Cerré los ojos y expulsé un par de lágrimas, las más pesadas y amargas de mi vida.

domingo, 10 de abril de 2011

Quienes seducen

De juegos de seducción y de imanes se trata la vida.
Polos que se atraen de lejos y de cerca.
La luna desde su órbita empuja al mar;
Y este cuando es de día sufre la ausencia de su redonda amiga.
Contesta con quietud y tempestad a los estados de su nocturna amante.
Ella encaprichada se esconde tras las nubes en sus diferentes cuartos.

Así estos dos en su juego de ir y venir someten a los pescadores,
Su caprichosa voluntad se burla del sentido común de los mortales.
Los que seducen, también así, juegan solos son su entorno
Y lo sumergen en su propio vaivén especulativo. Sentimientos e incógnitas
De quienes no dicen lo que llevan adentro esperando que el otro lo vea.
Lo natural da vergüenza y lo anónimo resulta poco serio.

Los demás, que alguna vez sedujeron y fueron seducidos, no siempre
Entienden el juego de otros dos, que se miran y no se tocan,
Se dicen y no se hablan. Que esperan encontrarse después de la búsqueda
Pero el pavor ata sus manos y cierra sus bocas, sus propios testigos internos
No se confiesan, no expresan la verdad por miedo que la hubiera.
En cierta forma escapan de lo que anhelan, corren de lo que quieren.

La seducción tiene sus complicaciones, los polos opuestos se atraen,
Como los imanes. Más distinto, más cerca. Inoportuna atracción, acción
Para provecho personal. Cada polo responde a su propia esencia y necesidad,
Ellos son concretos, se atraen o no se atraen, el ser humanos dicta del corazón
Y escribe con la mente lo que dice, un discurso de estudio. Indirectas evidentes,
Directas hirientes. Como una carta escrita en dos idiomas.

Se buscan mutuamente, porque se quieren, pero no se quieren fácil.
Frases sueltas sin sentido aparente, insisten en algo concreto, pero no lo explican.
Seducir de a uno, seducirse entre dos; dos que seducen juntos. Lo mutuo es lo ajeno.
Todo trabaja adentro, poco se consigue afuera. El magnetismo atrae, la seducción
Mezcla los sentimientos y el tiempo cocina lo que, dos, han de probar
en algún momento. Quienes seducen han de gustar de sí lo que ellos mismos prepararon.