domingo, 15 de agosto de 2010

Tal vez, las voces no se olvidan

Abrió los ojos. No sabía dónde estaba, pero nada lo sobresalto. Tenía la extraña sensación de que todo estaba bajo control.
Estaba en un lugar distinto de lo que había conocido. No percibía ningún aroma u olor. Parecía todo muy limpio.
Escuchaba voces a lo lejos, pero no podía distinguir que decían, ni siquiera si eran voces de hombres o mujeres.
Se bajó de lo que parecía ser una cama. Estaba descalzo, pero no tenía frío cuando pisaba.
De a poco acercó a la puerta para ver afuera. A medida que avanzaba, las voces se aclaraban. Era, o parecía ser, una charla entre cuatro o cinco personas. Asomó la cabeza, primero a la derecha, pero no vio a nadie. Después a la izquierda, pero tampoco vio gente.
Sin pensarlo, se lanzó a caminar por el pasillo. Estaba bien iluminado, pero no había ventanas. Solo puertas a los costados.
En algunos cuartos había gente, en otros no. Cruzo miradas con otras personas, pero se dio cuenta que estaban en la misma situación que él, sin saber donde estaban.
A ciencia cierta, no sabía cuánto tiempo había estado durmiendo, no tenía hambre y no estaba cansado.
Caminó a paso lento un buen rato, hasta que vio venir una persona caminando de frente.
Justo cuando pensó en preguntarle dónde estaba él, la persona le sonrió amable mente y le dijo:
- Bienvenido.
Y eso fue todo, siguió caminando sin darle oportunidad de decirle nada.
Le llamaban la atención las voces, que aún no había encontrado, lo limpio y brillante del lugar, y lo largo del pasillo.
De repente, se detuvo frente a una de las puertas que estaba abierta. Adentro había alguien que le resultaba sumamente familiar, pero no sabía de quién se trataba.
Desde afuera, veía como una mujer caminaba de lado a lado de la habitación, parecía ansiosa.
Decidió entrar, se paró en el umbral, pero la mujer no lo miró. Así que entró.
Dio tres pasos, y quedó frente a la ella.
Pasaron unos instantes antes que lo mirara.
Ambas miraras fueron de reconocimiento y a la vez familiares.
Justo en el instante en el que se iba a presentar, se dio cuenta que no sabía cómo se llamaba.
Calmo, pero con incertidumbre, trato de recordar pero no pudo.
La mujer lo miraba como si esperara algo de él.
- ¿Sabes cómo me llamo? – preguntó mirándola a los ojos.-
- No. – hizo una pausa.- Pero tu cara me resulta muy familiar, no sé por qué, como si alguna vez te hubiera visto.
- A mí me pasa lo mismo.
Se quedaron un rato en silencio. Mirándose, estudiando el uno la cara del otro.
- ¿Qué hay afuera? – dijo ella señalando con la mirada el pasillo.-
- Nada, un pasillo.
- La verdad que hasta tu tono de voz me resulta familiar, pero no creo conocerte, o no te recuerdo.
- Es cierto, podría jurar que antes escuche tu voz en algún lugar. Ahora todo lo que recuerdo es que viajaba en el auto con mi esposa. Después de eso me desperté acá.
Volvieron a mirarse a los ojos, pero ya ninguno de los dos estaba ahí.

La reunión de los martes

El mozo acomodaba cosas en la parte exterior de la barra del bar. Apiló unas servilletas, acomodó las bandejas e hizo el pedido de la mesa nueve.
Cuando se dio vuelta para llevar el pedido a la mesa, las vio entrar. Y ahí se acordó que día era.
Las cuatro mujeres, ocuparon su mesa de siempre, después de dejar el pedido, se acercó con la carta para dejarla sobre la mesa tres. Saludó amablemente y ellas le devolvieron el saludo.
Al rato lo llamaron con una seña, cada una pidió lo que pedía siempre, el hecho de llevarles la carta era algo simbólico.
Se acercó a la barra para hacer el pedido, y la mirada de complicidad de sus compañeros de trabajo le recordó que la reunión de los martes había comenzado.
Así denominaban, los empleados del bar, la particular juntada entre cuatro amigas.
No tenían más de treinta, pero nadie a ciencia cierta sabía la edad de ninguna. Siempre vestidas de forma elegante, pero sin llamar la atención.
Durante las dos horas que se sentaban a charlar, de sus vidas, de sus cosas.
Por lo que los empleados habían escuchado, eran bien organizadas. Lunes para la familia; martes para las amigas; miércoles para el novio, pareja o lo que sea que fuere; jueves día personal, solo para ellas; viernes, salida con compañeros de trabajo; sábado y domingo, la pareja y salir eventualmente con amistades.
Atrás de la barra, tanto el mozo, como el que despachaba café y el encargado, habían dedicado horas de charla a este grupo que se juntaba todos los martes a las seis de la tarde.
Pero esta vez, en particular, la reunión tenía un fin más terapéutico. Una de las integrantes, la de cabellos castaño claro y de ojos oscuros, parecía haber terminado una relación o algo por el estilo.
Cuando el mozo fue a dejar el pedido a la mesa, lo sorprendió que también le pidieran una porción de tora cada una. Ahí pasaba algo serio sospechó.
Entre tanto que dejaba las cosas y anotaba los gustos de las tortas, escuchó un par de frases que le llamaron la atención, la dueña del aparente problema dijo:” Quisiera ser menos complicada, para enamorarme más fácil. Siempre le estoy buscando un pero a todo…” al terminar la frase, agregó: “…si el amor fuera más fácil, yo sería más feliz, en realidad, todo el mundo sería más feliz…”
Mientras cortaba las porciones de torta, se quedó pensando en las frases que había escuchado. Claro, una persona en una situación como esa, la de finalizar una relación, piensa de esa manera, murmuró mientras buscaba tenedores para cada plato.
Fue y dejó las cosas en la mesa. El ánimo seguía igual de cargado que la primera vez.
Quién diría, ellas también tienen problemas, pensó.
Enamorarse es fácil, casi involuntario, pero el complicado es uno, que se deja llevar por ilusiones como si fueran algo concreto. Eso les pasa a todas las personas, decía el mozo para sus adentros.
La cabeza de nuestro protagonista deba vueltas sobre las últimas palabras, hasta que aterrizó en una conclusión: el amor no siempre está ligado a la felicidad, hay veces que el amor duele; no por eso deja de ser amor, pero son esos momentos de amor sin felicidad, los que hacen la vida más complicada. Pero después de todo, amar es una elección, o sea, es uno el que se busca los problemas.
Cuando lo llamaron para pedirle la cuenta, hizo un silencio como si les fuera a decir algo, como si les fuera a decir lo que había estado pensando. Parpadeó y dijo:
- Disculpen, ¿les cobro todo junto cómo siempre?

sábado, 14 de agosto de 2010

Silencios

Dentro de la escala del silencio, la cúspide está ocupada por el silencio del olvido.
Por eso no todo silencio es olvido.
Una pausa de respiración no es silencio, es el momento justo para fortalecer el alma antes de hablar.
Se hace silencio, cuando los ojos no miran a ellos mismos en la vereda de enfrente.
Suele tenerse como el peor castigo cuando el cólera llena las venas. Suele ser definitivo cuando esa sangre llega al corazón.
Hacen falta más agallas para callarse que para propinar palabras en forma de puñetazos a la integridad moral de otros.
Diferentes clases de silencios transitan nuestra vida. Caminamos con ellos, miramos con ellos, son una compañía más. No es necesario estar solo para que el silencio reine en la habitación, de hecho es más crudo cuando se la comparte.
Pero existe uno solo olvido, y muchos silencios.
En los días del hombre, como en las partituras musicales, los silencios realzan las notas, le dan sentido a la melodía.
Hasta existen interrupciones de sonido en el código Morse.
Las emociones son las que componen los diferentes grados de la escala de silencios. Desde los más inocentes, hasta los terriblemente maliciosos.
Un silencio inocente, puede darse cuando alguien no contesta, porque primero no escuchó.
El silencio malicioso, en cambio, el que es ejercido con pleno conocimiento y entendimiento, que, al ejecutarlo, lastima y daña.
Estos dos, serían los extremos en la escala de silencio.
Sin embargo, como cada persona es única, cada uno hace uso de sus silencios de forma particular, si bien, en algún punto, los silencios se perecen, no son iguales. Varían en intensidad, en objetivo y en motivo.
Por lo general suelen ser incómodos para la mayoría, porque es como estar delante de una persona que nos mira pero no nos dice lo que piensa. Hay que destacar que no todos piensan cuando miran, por eso hay silencios a los que no se les debe prestar tanta atención.
También, podemos encontrar silencios mal ubicados, fuera de tiempo. A estos, se los suele confundir con los innecesarios, pero no son lo mismo. Un silencio innecesario está más cerca de un capricho que otra cosa. Y los mal ubicados, por lo general, son un descuido de alguien desatento.
Hay que destacar que, no todos los silencios son malos. Cuando no hay más palabras, el silencio toma el control de la comunicación, de la situación. Y es en ese momento en el que se puede entender lo que se dice.

miércoles, 4 de agosto de 2010

N/N

Cuando se le complicaba mucho ser él mismo, pretendía ser otro, para que el ardor que llevaba adentro se aplacara. Se distraía pensando como si fuera alguien más, a cerca de los problemas de otras personas que serian más difíciles que los suyos.
El problema, en realidad, era su adicción. Que conllevaba una red de mentiras de varios colores, sostenida en varios lugares y con algunas deudas que la hacían más frágil aún.
Le molestaba que lo miraran con lástima, como a un enfermo. No estaba enfermo, todavía, era adicto. Cuando le decían que era una verdadera pena que arruinaba su futuro, siendo tan inteligente, él miraba con desdén.
Su futuro era cosa única y exclusivamente de su pertenencia, sabía perfectamente el rumbo de sus decisiones. Y no tenía que rendirle cuentas a nadie.
Ahora estaba apoyado en un zaguán, le faltaba una zapatilla y todavía le sangraba la ceja, después de una pelea la noche anterior.
Vivir en la calle era complicado. No tener qué comer y robar para hacerlo fue todo un proceso que le había costado mucho asimilar, pero cuando el hambre le ganó, tuvo que hacerlo.
Hacía frío, no tenía campera. Unos pibes se la robaron la noche anterior, cuando se comió esa paliza.
Por primera vez pensó que estaría mejor en una comisaría. Cuando vio un patrullero le dieron ganas de subirse corriendo, pero no tenía fuerzas para moverse.
Sabía que, antes de que salga el sol, el portero de ese edificio lo iba a correr para baldear.
Llevaba cuatro días sin comer, pero esa noche, el frío le ganaba al hambre.
Por sobre todo eso, quería consumir un poco más. Aunque decía para sí mismo que no podía estar más consumido.
Cuando cerró los ojos, supo que lo esperaban los infiernos de “La divina comedia”. De a poco resbalaba del escalón del zaguán. Esta vez, el hijo prodigo no iba a volver como las otras veces. Lástima que no me pude despedir, pensó.
El encargado lo encontró y llamó a la policía.
Después de tres semanas, nadie había reclamado su cuerpo. La etiqueta decía N/N.

Malos recuerdos

Adentro tenía una colección bastante completa de sentimientos enfrascados. A lo largo de su vida los había ordenado de diferentes maneras, por fecha, receptor, emisor, y de varias maneras más que los demás no entenderían.
Ahora estaban agrupados en dos grupos. Los gratos y los ingratos. Los dos estantes de abajo eran para los ingratos, había tres estantes vacios y en el último de arriba estaban los gratos.
Cada tanto, entraba al cuarto donde estaban los frascos para mirarlos y recordar, dependiendo de su estado de ánimo, miraba los de arriba o los de abajo.
Ese día, el calendario se llevaba un mes más. El año se encaminaba a las estaciones agradables. Pero, ni eso, cambiaba su estado de taciturnidad.
Mucho tiempo mirando sentimientos enfrascados, le había robado la ilusión de vivir cosas nuevas, como si tuviera el alma vieja y cansada.
Conocía la vida de los enamorados, pero nunca conoció la de los amantes. Porque entendía que la coexistencia de los enamorados no tenía nada que ver con la convivencia de los amantes.
Dos personas puede existir a la vez es muy distinto de vivir en compañía de otra persona, esa, sostenía que era la diferencia, que para compartir la vida con otra persona no alcanzaba con estar enamorados.
En sus tardes de ventanas frías y tazas de café caliente, era cuando mas extrañaba tener a alguien al lado. Pero inmediatamente, su mente paseaba por los frascos del último cuarto de la casa, y su sensación cambiaba drásticamente. Antes de sufrir prefería estar sola.
Sabía que su mayor obstáculo estaba en esa repisa. Guardar cosas así no hacia bien, pero era todo lo que tenía para aprender de sus errores. Y aferrarse a las cosas buenas que le dejó la vida, todavía le dejaba ver una luz de esperanza para ella.
Era algo cruel lo que se hacía a ella misma.
Mucho tiempo había pensado en deshacerse de su colección y varias veces lo había intentado, pero era más fuerte que ella. El miedo a volver a confiar y a sufrir le ganaban. Esperaba poder amar, pero enamorarse le daba miedo.
Se definía como una persona muy racional, pero vivía con los sentimientos a flor de piel. Era una persona que se había acostumbrado a la soledad. Que, como todos los que se acostumbran, lo hacen a la fuerza.
Si a duras penas, gracias a los frascos, podía recordar los últimos besos, los últimos abrazos, y aquella vez que sus dedos se fueron de su mano.
A la vez, no podía olvidar la furiosa discusión del final de todas las cosas.
Todo eso y más vivía en ella como un presente continuo, que nadie, más que ella misma, elegía vivir.
Para los demás era evidente, ella era un rejunte de sentimientos enfrascados, que habían fermentado, pero no se daba cuenta.
Por eso sus amistades no le decían nada, ya no trataban de ayudarla. Bastaba que alguien dijera algo, para que se destapara algún frasco y el olor a recuerdo cambiara el ambiente.
Por lo general nadie tocaba temas del corazón con ella, o cuando ella estaba en el grupo. Porque para sus amigos era muy difícil charlar con alguien que se dejó contaminar por malos recuerdos.

martes, 3 de agosto de 2010

Sus ojos

Cerró la puerta del baño con llave. Bajó la tapa del inodoro y se sentó.
Otra vez el mismo ritual, tenía que estar segura. Hacía diez días que venía con lo mismo. Ya no sabía si era su escepticismo o se estaba volviendo paranoica. Pero con cosas así, tenía que estar segura.
Mientras esperaba a la naturaleza, agachó la cabeza y la puso entre sus manos.
Para distraerse, se hacía masajes con los dedos entre el pelo.
Se paró para mirarse en el espejo del botiquín. Miraba su reflejo a los ojos, como si pudiera esquivar el destino que brillaba en ellos.
Había probado diferentes marcas, todas tenían el mismo margen de error. Eso era lo que le asustaba. Mientras más pruebas hacía, más resultados iguales conseguía. Pero se resistía a aceptarlo. Por eso se había puesto el límite de dos semanas. Después de ese tiempo, iría al médico, para confirmar.
Todavía no quería decirle nada a él, para no preocuparlo.
Estaban pasando un buen momento como pareja. Pero no quería arruinarlo con una noticia así.
Las veces que hablaron el tema, ambos estaban de acuerdo. Pero era ella la que no se hacía a la idea.
Se sentía demasiado joven, de alguna manera, todo esto era un cambio de etapa en la vida, en la suya, en la de él y en la de las familias de ambos.
Las manos le traspiraban por los nervios, era la última prueba que pensaba realizar, antes de ir al médico, antes de decirle a él.
Abrió la cajita, levantó la tapa del inodoro y se sentó. Se detuvo un instante con el test en la mano, una parte de ella ya sabía la respuesta. De las trece pruebas anteriores, once habían sido positivas. Ésta, la última, no modificaba el resultado.
Otra vez dio positivo.
Por un lado sentía felicidad, después de todo, era un milagro, su milagro. Pero por otro lado, ese milagro, modificaba toda su realidad, todo su presente. Eso le generaba incertidumbre, le daba miedo.
Ahora sí. Tenía que salir del baño y contar lo que, por sus cambios de ánimo, ya era evidente.
Tenía que buscar bien las palabras, pero antes, calmar la procesión que marchaba por dentro.
Esperó unos minutos, y abrió la puerta. Ahí estaba él, caminando por el pasillo, acercándose.
Lo miró a los ojos. Prestos a llorar de alegría. Sus ojos le regalaban paz.
Sin palabras, se abrazaron. Oficialmente, habían dejado de ser solo dos en el universo.

lunes, 2 de agosto de 2010

Conversación ajena

Se bajó del taxi unas cuadras antes porque había mucho transito, y no quería llegar tarde. La tarde estaba fea, pero no llovía, mejor para ella, porque tenía ganas de caminar. Y tuvo que hacerlo ligero porque hacía frío.
Cuando cruzó la calle, sonó su celular, era su amiga, con la que se iba a juntar, que le avisaba que llegaba un piquito más tarde.
Entró en el bar en el que ambas habían convenido. Estaba en una esquina y tenía dos vistas posibles, la primera daba a la avenida y la otra a la plaza. Obviamente, iba a elegir estar del lado que se veía la plaza.
Busco una mesa para dos, se sacó el abrigo, lo colocó en el respaldo de la silla y se sentó.
Mientras el mozo se le acercó con la carta.
- Hola, buenas tardes. Te dejo la carta. –Dijo el mozo.-
- No, está bien, traeme un americano con crema, por favor. Y un vasito con agua. – Dijo ella sin extender la mano para agarrar la carta.
El mozo le sonrió, dio media vuelta y fue a hacer el pedido a la barra.
Ahora esperaba a su amiga, pero al menos iba a tomar algo calentito.
En el bar había columnas con espejos, eso le resultó gracioso, porque le hizo pensar que antes que ese lugar fuera un café, seguramente había sido un boliche o algo así.
Mientras esperaba, se distraía mirando por la ventana como la gente caminaba por la vereda de la plaza. Hasta que una conversación captó su atención por completo.
Rápidamente, buscó a los interlocutores con la vista. Los encontró gracias a uno de los espejos ubicados en una columna. Lo cual, disimulaba su curiosidad.
Era una parejita, teniendo una charla de café. Por el tono de la charla, se imagino que estaban por terminar una relación. Porque por lo general, para eso son las charlas de las parejas en algún café, pensó.
Pero después de escuchar unos instantes, se dio cuenta que estaba equivocada.
Estaban teniendo algo así como un ajuste de tuercas entre los dos.
Él le reclamaba que pasaba mucho tiempo con sus amigas, en comparación al tiempo que le dedicaba. Y ella le decía que él era un desinteresado en sus cosas. O algo así era lo que podía entender de esa charla.
- Sí, puede ser que paso mucho tiempo con mis amigas. Pero vos también pasas tiempo con tus amigos y yo no me quejo. Te vas a jugar a la pelota los sábados cuando podrías estar conmigo. – La chica hizo una pausa para tomar aire. - Y lo que me da más bronca, es que no me escuchas, no me prestas atención, a veces siento que no te importa lo que hago, que tus cosas son siempre más importante que las mías.
La chica estaba al borde de las lágrimas. Él estaba serio y con cara de preocupado. Al menos eso parecía por el espejo.
- Sí me importa, como podes pensar eso, yo te amo. Claro que me importa. Es que, a veces lo único que me contás es lo que les pasa a tus amigas, me venís con los problemas de ellas. Y yo no tengo nada que ver con eso. Con los chicos es solo un rato, pero para vos tengo todos los días…
La charla seguía. Pero ella, había tenido un mal recuerdo. La última charla con su ex, había sido en un bar, solo que comenzaron hablando bien de cualquier tema, pero de repente estaban discutiendo. Acto seguido, terminaron.
Sintió ganas de levantarse e ir y decirle a la chica: dejalo, no va a cambiar. Todo lo que te puede decir ahora son solo excusas, porque en realidad tiene miedo de estar solo, porque se acostumbro a estar con vos. Solo por eso están juntos. No te ama. Date cuanta.”
Esa sensación le revolvió la pansa. Todo por escuchar una conversación ajena.
Le dio el último sorbo a la taza, todavía le quedaba el vasito con agua y la masita que venía con el café.
Se sobre saltó cuando su amiga le tocó el hombro, no la había visto entrar.
- ¿Te asustaste? – dijo la amiga, con una mueca graciosa – Che, ¿te pasó algo? Tenés una cara. – Exclamó.-
- Sí, me asustaste, no te vi llegar. – Sonrió- Estaba concentrada en otra cosa, no me hagas caso.
Sin perder tiempo, le hizo una seña al mozo para que se acercara. Y siguió la charla con su amiga. Una mala charla ajena no le iba a arruinar la tarde.