lunes, 12 de julio de 2010

El árbol

Ya estaba rendido. Con sus últimas fuerzas se arrastró hasta la sombra del árbol. El único árbol.
Cerró los ojos y se quedó inmóvil. Sentía el cansancio de todo un viaje, de toda su vida.
Respiraba con mucha dificultad. Casi prefería no hacerlo. No quería morir, pero las luces se apagaban. Las sombras cada vez con más presencia.
Mientras tenía cerrados los ojos, toda su travesía le venía en imágenes a la mente.
El puerto, del que hacía muchos años había salido.
Esa imagen del sol poniéndose en tierra, y él en el mar, con el viento a sus espaldas, llevándose la nave lejos del muelle.
Las noches en altamar, con un firmamento plagado de estrellas como nunca antes había visto.
Las islas, ancladas en el medio de la nada, parecían un montículo verde desde lejos, en contraste con el cielo celeste y el azul del agua.
Las tormentas de viento y lluvia, con olas cargadas de furia contra el barco, como sí éste fuera un intruso en territorio oceánico.
Las aves del mar volando muy cerca de las velas del barco.
El desembarco del otro lado del mundo había sido fantástico, colores de verde que nunca había visto; pájaros que no conocía; gente que hablaba en otras lenguas; un clima totalmente distinto al de su patria.
Adentrarse en la selva, luego en la llanura. Galopar por prados irregulares, con el viento que peinaba los pastizales. Las noches en el campo, los sonidos del campo cuando se ven las estrellas.
La lluvia y el olor a tierra mojada. Jornadas interminables bajo garuas molestas, frías, de esas tardes que hacen extrañar el hogar.
Por último el desierto. La aridez y la sequedad. Días calurosos y noches heladas, vientos que desmayan, un calor que ciega. La falta de agua, el delirio de los oasis. El horizonte que nunca llega.
Hacía dos días que su caballo dormía en la arena. Él siguió caminando como pudo, con la última provisión de agua que le quedaba.
Más de doce años habían pasado desde que vio alejarse aquel puerto en el horizonte. Se arrepentía de haber dejado todo, ahora que no tenía nada.
Veinte años atrás, escuchó de un viejo la historia de un árbol, cuyo fruto, concedía la vida eterna al que lo comía. El viejo afirmaba haberlo comido, decía tener más de doscientos años, pero nadie en la villa podía afirmarlo.
Siempre sentado en la misma silla, contaba la misma historia al que tuviera tiempo de escucharlo. Describía con lujo de detalles todo el recorrido que una vez había hecho. Pero nadie le creía.
El viajero siguió al pie de la letra el camino descripto por el viejo. Cada lugar, cada detalle, como un mapa en su imaginación.
Todo esto con el único sueño de ser inmortal, y volver a su puerto diciéndoles que lo había encontrado. Que no estaba loco por hacerle caso al viejo, que los equivocados eran los demás.
Pero ahora todo llegaba a su fin. Todo era cierto, las descripciones del viejo concordaban con los paisajes que había visto, hasta el mismo árbol. Él estaba tirado bajo la sombra de ese mismo árbol.
Con lo poco de fuerza que le quedaba abrió los ojos para ver los frutos que colgaban de las ramas. Eran hermosos. Pero no tenía fuerzas para ir a buscarlos, el desierto consumió todas sus fuerzas.
Su salvación estaba tan cerca y a la vez tan lejos. Que irónico, pensó, morir a la sombra del árbol de la vida eterna. Lo que más se reprochaba era todo el tiempo del viaje que había estado solo, lejos de su casa, lejos de sus amigos, lejos de lo que quería, todo por buscar algo para él solo, su egoísmo lo había dejado solo.
Volvió a cerrar los ojos, mientras veía las caras de sus afectos, les pidió perdón. Y se dejó llevar por la sed de su alma. Esa sed que no puede ser saciada de este lado del rio.

No se necesita hablar

Tengo pensado seguir mintiendo, porque no me voy a rendir.
Todavía no encontré una buena excusa para dejar lo que estoy haciendo, pero no la necesito.
Mientras pueda mirar al cielo con la conciencia tranquila, nada me va a frenar.
Tus palabras, tus gestos, tus miradas nada son para mí.
Una, dos y tres veces me quitaste todo. Pero soy más rico que antes.
Saqueador me dijiste, y te quedaste con mis cosas.
Está bien. Mentir lo puede hacer cualquiera.
Cualquiera que tenga imaginación.
Nunca me hicieron falta tus palabras, no las necesité.
Sin embargo, pedias que hablara, que contara, que entretuviera.
La distancia, es una cuestión secundaria. Porque la distancia es relativa.
Para decir la verdad hace falta valor, pero para mentir hay que ser creativo.
Mientras me las arreglo para ser honestamente creativo, sin perjudicar a otro que a mí mismo.
Robo versos de otros para contar penas propias.
Las estaciones son una excusa para vestirse de otra manera.
Todos tienen camperas para el frío. Todos a merced del mismo viento. Del mismo sol.
Cuestiono mis intenciones, pero juzgo las tuyas.
Lo peor es hablar cuando nadie espera que lo hagas.
Lo peor es escuchar algo que no queres oír.
Mejor sería quedarse en casa. Mejor sería no salir. Mejor sería no existir.
Consuelo triste y egoísta, de quienes quieren llamar la atención.
Y que los demás corran a sus caprichos.
Caprichos, celos, envidia, la agonía de no tener lo que se quiere.
Querer lo que no hace falta. Porque falta lo que se necesita.
Todos mienten. Todos dicen la verdad.
Depende del momento, depende de la necesidad.
Depende de uno creer o no.
Cuando aprendemos a decir la verdad, nos damos cuenta que para hacerlo, no se necesita hablar.




domingo, 11 de julio de 2010

La última vez

- Hacé lo que haces siempre, agarra algo sencillo y hacelo difícil. Siempre es lo mismo con vos. No confías en nadie.
Cerró el celular y lo golpeó sobre el escritorio. Pasaron unos segundos y rompió en llanto.
Su relación con Javier carecía de sobriedad emocional, pasaban noches embriagados en el delirio de la pasión, para luego caer en el ardor interno que llega con la mañana, como el efecto del alcohol, que tiene un gusto con la luna y otro con él sol.
Besos sin sabor, abrazos fríos y caricias ásperas eran las cosas que traía la mañana.
Las miradas ya no hablaban, la complicidad de los primeros tiempos se les había escapado sin avisar, sin que ellos se dieran cuenta.
- ¿Y esta vez por qué fue? – le preguntó una Nacha, la compañera trabajo-
- Lo mismo de siempre. Celos. Ya es una tortura que sea tan desconfiado. Siento como que estoy a prueba todo el tiempo con él.
- Entiendo, también salí con un flaco así.
- Pero yo vivo con él hace cuatro años. Me conoce. Esto hace unos meses que se puso así. Antes era distinto.
- Discúlpame que sea tan directa. Pero ¿no te estará engañando? Porque así eso de los celos de un día para el otro. Por lo general, el que engaña, es el que más vigila.
- Ay! No digas eso. Javier es inseguro. Me dice que yo soy demasiado para estar con él. Tiene complejo por la altura, si yo le saco unos siete centímetros.
- Pensé que ibas a decir que era medio feíto – Nacha se rió- no te veía a vos haciendo caridad. Andar con un feo. – Y se volvió a reír- Escuchame Clara, ahora sí, hablando en serio. La situación te está haciendo mal, no te puede llamar cuando quiere al trabajo y hacerte llorar así.
Ni bien Nacha terminó de hablar, comenzó a vibrar el celular de Clara.
Era Javier, otra vez. La charla no parecía cordial, se escuchaba como dos personas que se conocen mucho, peleando para lastimarse. Comentarios de lenguas afiladas y palabras que evidencian el fin del cariño.
- Estoy cansada te vos, de lo que decís. No me llames más. – Después de un breve silencio, continuo- hace como quieras; hace lo que quieras.
Clara era una mina de carácter, a veces mucho. Cuando cortó, esta vez no lloro.
- Siempre igual. – Dijo mirando a Nacha-
Pero su compañera no le contestó, solo le devolvió la mirada con un gesto de sorpresa. Nunca la había visto reaccionar así.
- Qué más da. Los celos no son amor. – Murmuró Clara mientras se acomodaba en el escritorio.-
Nadie le contestó. Todos en la oficina se quedaron callados un rato largo. La incomodidad era una persona más entre ellos, que caminaba entre los pasillos que dejaban los escritorios.
En el horario del almuerzo salió a comprar en el buffet del edificio. Comía como comen los enojados, que no le sienten el gusto a la comida. Todo el tiempo en silencio, todo el tiempo sola. Bajó y salió para fumar después de la comida. El frío la obligó a entrar rápido y otra vez a las labores de los papeles y la computadora.
Para la hora del mate, todos en el piso sabían lo que había pasado.
No era la primera vez que veían una escena como estas salir de ese escritorio, pero si era la primera vez que se vio con tanta vehemencia.
Esta vez Clara no lloró al terminar la jornada. Tenía algo distinto.
Los comentarios de Nacha no le preocuparon en lo más mínimo, no como otras veces, que la hacían dudar.
Fue la última en irse de la oficina. Caminó hasta la esquina de Perón y Suipacha, paró un taxi y se subió.
- Senillosa y Chaco por favor. – le dijo al chofer-
- ¿Por Rivadavia?
- Sí.
No volvía al departamento en barrio norte, que compartía con Javier. Se iba para Caballito. A la casa paterna.
El taxi la dejó en la puerta. Pagó y se bajo. Hizo un par de pasos y ya estaba en el porche del edificio. Tocó el timbre del séptimo C, atendió Irma, la mamá.
- Hola hijita – Irma la recibió con cara de preocupación- ¿Y esta vez?
- La última vez.
Clara, cansada de vivir en custodia de los celos, ya había tomado su decisión.

jueves, 8 de julio de 2010

La rusa

En todos sus amaneceres sonaba la misma canción, su celular le cantaba paloma desde la mesita de luz.
Así se levantaba la rusa. Le decían así por el apellido, que, en realidad era ucraniano.
Se sentó en la cama sabiendo que día era, este mes había sacado bien la cuenta. Y la visita fue puntual. De todas formas no tenía que preocuparse por demoras o cosas por el estilo, no existía motivo alguno para eso.
En sus años de iniciación había vivido un par de sustos, de esos que hacen que dos personas que se quieren, se replanteen su cariño y sus ganas de pasar toda la vida juntos siendo jóvenes.
Un par de veces, dichas situaciones, le habían costado noviazgos y peleas varias. Gracias al cielo su mamá nunca se enteró. Para eso tenía a su hermana más chica. La rusita.
Envidiaba a las que no sentían dolor en esas ocasiones, o las que lo sentían, pero moderadamente pueden seguir con sus vidas de forma normal.
Ella se pedía el día en el laburo y dejaba de hacer cualquier actividad para encerrarse, al menos los primeros días.
La rusa, desde los doce, vivía los dolores entrañables con mucho dolor.
Pero en los últimos años se habían aplacado un poco. También la ayudaban algunos fármacos.
Caminó despacio hasta la puerta del baño, y desde ahí nomás se miro en el espejo. Esta imagen se repetía cada mes. Y cada mes tenía las mismas ganas de romper ese espejo.
Se baño, y se acomodó. Terminados los menesteres de la situación, fue al balcón a ver un par de plantas que le habían regalado por el cumpleaños. Seguían ahí, y ella sin saber cómo se cuidaba o que se necesitaba para que siguieran con vida. Pensó que ese era un pésimo regalo.
El día anterior había festejado por segunda vez quince años, que físicamente no le pesaban, pero sí emocionalmente.
No por tener muchos noviazgos, pero los dos que había tenido duraron años. Ambos con la misma proyección, casamiento, nenes y la mar en coche.
Todo eso le hacía pensar como la canción de su despertador, quería vivir dos veces para poder olvidar.
Ya sentada en la barra que usaba de desayunador en la cocina, con su taza de té con leche, leía el diario por internet. Pero no había nada lindo que leer, así que cerró la computadora y volvió a acostarse y mirar televisión en posición horizontal.
Treinta primaveras y estaba tan sola como al principio.
A los veinte se imaginaba, para los treinta, casada y con al menos un hijo.
A los veinticinco, volvió a creer en eso. Pero hacia un año que cenaba sola y no tenía con quien discutir qué película mirar.
Sentía que estaba en deuda con su futuro. O mejor dicho, que tenía una cuenta pendiente con él.
Mucho tiempo había pasado, y todos esos años se le escaparon solos o con malas compañías.
Su deuda era realizarse, como todos, solo que la rusa lo sufría más que otros.
Y desde hacía un año, cuando todo terminó, cada siclo que se marchaba, era una esperanza menos.
La rusa tenía miedo de terminar sola, sin esposo, sin hijos; viviendo en el mismo pequeño departamento.
Todo eso junto le daba vueltas en la cabeza, todas las voces le hablaban a la vez.
Era muy temprano para pensar, así que se acomodó de costado para dormirse de nuevo.
Una sola gota surcó su mejilla y se deslizó hasta la sábana, después de eso cerró los ojos y se durmió otra vez.

Interrupciones nocturnas (Parte III)

Habían pasado unos días sin visitas, sin interrupciones ni nada por el estilo.
Tenía hambre, así que decidí ir a comprar comida china.
Justo cuando me preparaba para el primer bocado, escuché el ruido del depósito del baño. Y me la vi venir.
- Hola. – Salió del baño el ángel enamorado. –
- Che, cada vez me desconciertan más. ¿Usan el baño? Yo pensé que los ángeles no hacían esas cosas. Y en todo caso, para la próxima, pedí permiso.
- Sí, si las usamos. Como todos.
Miró mi comida con envidia. Yo estaba dispuesto a clavarle un palillo chino en la mano si llegaba a acercarse.
- Tengo hambre. –Dijo. –
- Sí, bueno. Come en tu casa viste. ¿y a qué se debe otra vez tu compañía?
- Hice lo que me aconsejaste. Me tome mi tiempo para conocerla más.
- ¿Conocerla más? Pasaron algunos días nomás. Medio poco ¿no? Como para conocerla bien. Digo.
- La seguí toda la semana pasada. Eso me ayudó a conocerla mejor. Saber que hace, que cosas le gustan, todo eso.
- No era lo que tenía en mente cuando te di ese consejo. Flaco, eso no está bien. Es hostigamiento, aunque ella no lo sepa. Y una completa irresponsabilidad de tu parte, dejaste sola a la persona que tenias que cuidar. Como que no tenés todos los patitos en fila.
- Pero no la dejé sola. Estaba con tu ángel de la guarda. Él la cuidó toda la semana.
Me tomé un momento para calmarme, respiré profundo unos instantes, pero mi cara de enojo no la podía disimular.
- Dejame ver sí entiendo. La dejas sola a la pobre piba, porque te vas a jugar al detective con la amiga y le pedís al ángel, que supuestamente, me cuida a mí, que te suplante. Cero sentido de la responsabilidad, del deber, ¿a caso ninguno de los dos tiene un poquito de sentido común?
- No te quejes, vos estas grande y te sabes cuidar solo.
- ¿Eso es todo lo que vas a decirme?
- Venía a darte las gracias, porque con el consejo que me diste, pude entender que no es la persona para mí. Descubrí que compartimos pocas cosas, casi nada en común. A parte como soy medio egoísta, eso de compartir una mujer con el novio no me gusta.
Después de tan fantástico razonamiento, vi que no se podía hacer nada más por este personaje. Seguir una mujer es de paranoico, en todo caso, seguir a cualquier persona es de paranoico. Lo más triste es que me lo imaginaba haciendo una guardia en frente de la casa de esta chica, esperando a que saliera, o sentado en algún bar viéndola pasar. Flor de loco.
- Bueno, me alegro mucho que te haya servido mi consejo. – en realidad había hecho lo que quiso, no sé porque me agradecía.-
- Gracias de nuevo, ahora sí, me voy.
- Doblemente bueno lo tuyo.- me salió de adentro. Hice una pausa.- Che las otras noches vino tu supervisor para ver que habías charlado conmigo. Le conté muy por encima, espero no tengas lio por eso.
- No te hagas problema. Es mi viejo. Seguramente estaba preocupado por mí. Después hablo con él.
Dio media vuelta y salió por la puerta del frente. Pensé que eso era algo atípico para los ángeles. Hasta que conocí a este, suponía que tenían alas y eran buena gente. Otra desilusión a la lista.
Lo que más me llamaba la atención fue que mi propio ángel de la guarda me haya dejado solo. Y no sé porque, pero me parecía que había sido la primera vez que lo hacía.
No todo tenía sentido. El ambiente laboral angelical parecía un calco del humano. Poner gente por acomodo, que a nadie le importe si sos responsable con tu puesto de trabajo, abandonar funciones principales del mismo y después decir que está todo bien. Me sonaba “no te preocupes que lo atamos todo con alambre”.
Y al margen de eso, la locura de este angelucho, seguir a esta piba y todo eso. Se nota que el psicofísico en el cielo no es muy exigente.
Terminé mi comida sin ganas de seguir reflexionando a cerca del tema. Y me fui directamente a la cama, con la esperanza que estas interrupciones no volvieran a suceder.

sábado, 3 de julio de 2010

Por seguir un impulso

Faltaban un par de cuadras para llegar, puso el guiño del auto y se fue arrimado a la mano derecha.
Todos en el auto estaban en silencio.
Estacionó el auto en la vereda de enfrente, paró el motor pero nadie se movió.
Miró por el espejo retrovisor a los pasajeros en el asiento de atrás, hizo una leve seña con la cabeza y decidieron bajarse. Primero miraron el tránsito para estar seguros, abrieron todos juntos las puertas y bajaron. Parados en línea de cuarto esperaban para cruzar.
En ese momento fue cuando la vio salir.
Ella cruzó la calle rápidamente sin mirar el transito, caminó un poco y se sentó en un banco de la plaza.
Los demás cruzaron, él no. Se quedó asombrado con esa escena. Hizo una seña como que iba a comprar puchos y se quedó ahí. Lo miraron desde la puerta sin decir nada y entraron.
Se hizo el distraído, caminó hacia el kiosco de la esquina, compró cigarrillos y volvió caminando despacio a la plaza.
La buscó con la vista, la encontró sentada en una de las diagonales que van al centro de la plaza. Se acercó, pidió permiso y se sentó.
Le llamaba la atención su pelo negro y su piel pálida, que hacían resaltar sus ojos azabaches.
Quitó el celofán de paquete, lo golpeó levemente contra la palma de la mano, sacó uno y le ofreció.
- No gracias, eso mata. – dijo ella.-
Sin hacer caso a la advertencia, sostuvo el pucho con los labios, buscó el encendedor y lo prendió.
Pensó que le iba a costar sacarle palabras a la morocha. Pero no fue así, a pasar que el humo le molestaba, todo resultó en una charla muy amena.
Ella tenía aspecto triste, así que él recurrió a todo su repertorio de chistes y comentarios graciosos.
Charlaron de sus vidas como si fueran viejos conocidos. En comentarios jocosos revisaron sus infancias con anécdotas. No faltaron miradas cómplices, ni cosas de ese estilo, del suave coqueteo de los desconocidos.
Después de un rato ella dijo que tenía frio, que iba a entrar. Pero antes de levantarse del banco le preguntó:
- ¿Vos porqué viniste?
- Vine acompañando a mi mejor amiga.
- ¿Sí? ¿Quién es?
- Belén
- Ah sí, la conozco. Linda chica, es mi prima.
Después de un corto silencio. Los dos se levantaron y cruzaron la calle.
Él le dijo que terminaba el pucho y entraba. Ella asintió con la cabeza y siguió caminando.
Pisó la colilla, dio media vuelta y entró. Caminando entre gente que no conocía, buscó a su grupo de amigos.
Algunos tomaban gaseosa, pero el olor a café dominaba el ambiente.
Los vio en el centro, sutilmente se fue acercando. Llegó a donde estaban, la tía de su mejor amiga estaba sentada al lado de ellos, lo presentaron y presentó sus respetos.
Belén lo llevó tomado del brazo, le dijo que había tardado mucho fumando, que eso mataba, que lo dejara.
Caminaron unos pasos, hasta donde estaba Agustina, la prima de Belén. Él no la conocía, o eso pensaba, hasta que la volvió ahí, acostada y con los ojos cerrados.
Poco pudo disimular el susto. Se quedó callado. Y salió a fumar de nuevo.
No podía creer que había estado hablando con la misma del cajón. No entendía nada.
Las manos las tenía frías, se apuró a buscar el encendedor para cambiar de aire y calmarse.
Pensaba y pensaba, como fue que por seguir un impulso, terminó hablando con un difunto.

jueves, 1 de julio de 2010

Interrupciones nocturnas (Parte II)

A los pocos minutos de apoyar la cabeza en la almohada me dormí.
No me interesó que se quedara en el comedor tomando té o mirando tele, estaba muy cansado como para preocuparme por eso.
En lo mejor del sueño, me sacudieron el hombro.
- Flaco, no rompas más los pies. Te dije que estoy cansado. Andate a lo de la vecina querés.
Pensé que era el angelucho enamorado que quería seguir hablando.
- Tenemos que hablar. Es importante.
Contestó otra voz más grave. Abrí los ojos de repente, la luz me segó y me incorporé en la cama. Había una persona parada al lado de mi cama, cruzada de brazos mirándome fijo.
- Dejame adivinar, - dije medio dormido- sos un ángel ¿no?
- Sí.
- Ustedes ¿no descansan? Se dedican a molestar gente de noche o qué.
- Te pido disculpas, sé que es tarde…
- No. No es tarde, este horario no existe, es hora de dormir. No de meterse en la casa de alguien, aunque sea para saludar. – Interrumpí.-
- Lo sé. Es importante que hablemos sobre la visita que tuviste hace una hora.
- ¿La del ángel de la vecina? ¿Vos sos el papá del flaco o algo de eso?
- Soy el supervisor de área.
Todo estaba cambiando de color. Éste tipo era el superior del otro, todo tenía un tono más formal, más serio.
- No lo van a despedir ¿no? Es un pobre pibe, está medio confundido pero nada más, no creo que le haga mal a nadie. No tiene cara de malo. Lo único por lo que me preocuparía es por que cuide bien a la vecina, paro nada más. Si el pibe anda distraído con otra cosa es un problema.
- Por eso no te preocupes. Para atender estos menesteres estoy yo. Quiero saber qué te dijo, de qué hablaron, a eso vine.
Pedía mucho para la hora y para el sueño que tenía.
- En pocas palabras, está enamorado, o no sabe, pero sí le gusta la amiga de su protegida. Y vino a pedir consejo, porque no sabe qué hacer. Eso.
- ¿Y qué le dijiste?
- Que la conociera, que se tomara tiempo.
- Nada de eso está en el reglamento.
- Y a mí que. Digo, ¿Por qué vino acá y no fue con alguno de los suyos? Eso suena más razonable. A parte no tengo idea de que reglamento me hablas.
- Nuestro reglamento nos prohíbe fraternizar…
- Entonces son todos…- interrumpí.-
- Nada de eso – continuo- no podemos distraernos de nuestras tareas. Estamos a cargo de cuidar la vida de otra persona. Eso sería una distracción, un gran error. Por eso tendría que haber recurrido a mí y no a vos.
- Todo muy lindo, pero tengo que dormir. Así que te pido por favor que te las tomes. Ya escuchaste lo que querías, listo.
- ¿Siempre sos así?
- Así ¿Cómo?
- De mal educado
- No, sólo cuando viene gente a molestar mientras duermo.
Hubo silencio. Como si pasara un ángel. Valga la redundancia.
- Che, no lo echen, dice que está enamorado. Eso no es pecado. Aunque se porte como un gil, tiene cara de bueno.
Terminé de hablar, él se dio vuelta y desapareció.
Que bueno, pensé, ya se fue. Me acosté, me di vuelta para la pared y me quedé pensando. ¿Por qué lo defendía? Sí la tontería de los enamorados es indefendible.