lunes, 21 de junio de 2010

Las reinas

Todos los años es lo mismo, en el pueblo de siempre, la gente es la misma, la fecha no cambia, la fiesta tampoco.
Dura tres días corridos, en los que pasa casi de todo, el evento más atrayente de la noche, a parte de los recitales de folklore, es la elección de la reina.
Por lo general, las candidatas al título son oriundas, aunque de vez en cuando participa alguna visitante.
Como en todos estos concursos, se premia la belleza, por no decir, se desprecia el defecto. Es obvio que no va a ganar ninguna chica bizca, o que le falten los dientes, o una renga, y la lista podría seguir.
Cuando la chica es del pueblo, todos la conocen, conocen su familia, a sus amigos, la gente sabe quién es, y hasta quizás esa sea la primera vez que la vean de vestido.
El momento importante es antes de la elección de la reina, que sería cuando las princesas, están paradas una al lado de la otra, mirando al frente, hacia el público, con sus vestidos elegantes, no en todos los casos, buscando alguna mirada cómplice que les refleje una señal de confianza en su triunfo.
Saben que están allí arriba por lindas y no por otro atributo, o sus atributos son los que las llevaron hasta ahí, y esos atributos son los que las hacen lindas.
La instancia previa a la elección de la reina es la elección de las princesas, o los premios consuelo, que por lo general son miss “algo”. Algo como: miss simpatía por ejemplo.
Luego de la pequeña etapa de decepción de las aspirantes que obtienen títulos intermedios, llega el punto culmine, la elección de la misma reina.
No siempre gana la más linda, todo en cuestión de gustos es subjetivo. Gana la que mejor entiende el juego de exponerse.
Ese evento puede cambiar la vida de la ganadora, no por el evento en sí, sino por lo que el evento cause en su forma de ser.
La elegida, todo lo que resta del año y lo que falte para la próxima fiesta, será reina. Su reinado concluirá cuando entregue la banda y la corona. Pero toda su vida sabrá que fue reina por un año, que su belleza la diferenció del resto de las mujeres de su época.
¿Qué del resto de sus días? Cuando el tiempo pase frente a su espejo y le susurre al oído que la belleza es un bien efímero. ¿Cuándo solo queden fotos de la chica que fue?
Por eso en el pueblo se entiende la diferencia, hay reinas a las que se las elije por lo que se ve. Pero a las otras no hace falta elegirlas, estas lo llevan en la sangre.

domingo, 20 de junio de 2010

El mismo sapo de siempre

Sigo siendo el mismo sapo de siempre. Ahora que lo pienso, ninguno de los besos que recibí me transformó en nada. No soy el sapo del cuanto, soy un sapo simplemente.
Es ilógico pensar que un beso, solo uno, te puede cambiar la vida. Pero si fueran varios, quizás me animaría a pensarlo.
Suena razonable que un sapo esté con alguien de su especie, una rana, por así decirlo. En los cuentos, no existen ranas que se transformen en princesas, no se por que será, pero eso es algo que me deja pensando.
Viéndolo desde este punto de vista, todo podría reducirse a lo siguiente: las mujeres esperan su príncipe azul que las rescate con su caballo blanco; y a los varones que los encuentre una princesa, los bese y descubra su belleza interior para que dejen de sentirse sapos.
Hasta ahora, todas estas cosas se quedan en los cuentos. Siempre cabe la posibilidad de que algo fuera de lo normal suceda y nos sorprenda.
Yo, como todo sapo, he conocido varios estanques, y de cada uno puedo contar historias diferentes.
Y ahora les voy a contar una:
Una tarde, volvía en subte a mi casa. Estaba en la línea celeste, la más vieja de todas. No recuerdo en que estación paró, bajó y subió gente, algo normal. Entre toda la gente que subió, estaba ella. Pelo castaño oscuro; ojos al tono; tez blanca pero no pálida, un color saludable digamos; su estatura rondaría el metro sesenta y tres; dueña de una figura esbelta, de curvas delicadas, de las que hay que sacar el pie del acelerador si no queres tener un accidente.
Bueno, la cuestión es que entro y se sentó enfrente mío. Yo estaba escuchando música, vasos vacíos de los Fabulosos Cadillacs. Mientras yo disimulaba, ella ni me miró.
Después de sentarse, puso su cartera sobre su falda, busco brevemente y sacó un libre.
Ahí termino de seducirme.
Parafraseando para no robar, “me gustan las mujeres bellas que saben pensar”. Por supuesto que eso también es todo un tema, pero en esta historia solo es un detalle.
Estaba leyendo un libro que en la portada tenía a Dr. House.
¡Fantástico! Pensé, solamente le fata llevar un par de cds de Calamaro y listo, me caso.
En ese momento quede prendado de semejante postal.
Pero ahí nomás volvió el pensamiento de sapo. ¿Qué le iba a decir? No era cuestión de animarse solamente. O ¿Qué pensaría de alguien que le da charla en el subte? Seguramente, un nabo más que se acerca a chamullar. En ese momento, que pareció no terminar, pensé de todo. Y la verdad no me animé.
Pasaron dos estaciones más, la chica sin nombre se bajó. Lo que más me molestó fue que justo antes de levantarse me miró, con esas miradas que suele tener la gente cuando te lee la mente. Y me sentí un verdadero tonto. Se había dado cuanta de todo.
Esa no fue la peor parte de viaje, todavía tenía que volver conmigo mismo hasta casa. Por suerte faltaban pocas estaciones.
Mientra me consolaba a mi mismo por no haber dicho nada, no dejaba de pensar en una buena razón, a estas alturas, una buena excusa para justificar no haberle hablado, al menos le hubiera preguntado donde había comprado el libro ese o algo así.
Fue en ese momento cuando se me ocurrió que los sapos y las princesas viven el mismo presente, ambos grupos esperan que llegue alguien que les cambie la vida.
Pero también descubrí que no quiero que nadie me cambie la vida, que me gusta como soy y lo que hago. Si alguien me cambiara la vida, dejaría de ser yo, dejaría de se feliz.
¿Pero entonces qué? ¿Seguiré siendo el mismo sapo de siempre? ¿O talvez cuándo deje de ser yo el objeto de mi felicidad, necesite encontrar la felicidad en alguien más?
Entonces recordé la frase de una mujer sabia que se aplica a toda espera: “La paciencia todo lo alcanza”.

domingo, 13 de junio de 2010

Sueños son

Recién salía el sol. Tímido como siempre, comenzaba a trepar por el cielo, despegándose perezosamente del suelo.
Él, hacia rato que estaba despierto, pero no se levantó hasta que el despertador sonó. Así que permaneció en la cama solo para no perder la costumbre.
Concluidos los menesteres de higiene personal, se dirigió a la cocina. No había dormido bien, se sentía cansado. Se preparó un café.
Aquella noche, no pudo descansar. Después de mucho tiempo soñó. Eso le impidió el buen dormir.
Por lo general no era una persona de soñar, o no recordaba lo que soñaba. Pero de todas formas eso no le era un problema a la hora de descansar.
Ya con la taza en la mano, miraba por la ventana de espaldas a la puerta por la que entró la mujer con la que compartía sus lunas.
Ella sabía de su desvelo. Se deslizó a su lado, busco una taza en el estante y se sirvió de la cafetera.
Cuando la taza se encontraba medio vacía o medio llena, los dos ya se estaban sentando a la mesita redonda de la cocina.
Mientras la oscura bebida aun humeaba, ella le pregunto que le había pasado esa madrugada, en la que junto con las estrellas de la noche lo vieron tan intranquilo.
Con la confianza que dan los años, él le contó que había soñado y eso no le permitió descansar.
- No pude dormir. Tuve un sueño que me hizo pensar toda la madrugada.
- ¿Y de qué se trataba el sueño?
- En el sueño yo era joven…
- ¿Yo estaba ahí? – Interrumpió ella –
- No, no estabas. Durante todo el sueño estuve sólo. – Hizo una pausa y continuo – Era joven, y estaba en un barco en el mar, y se ve que me gustaba mucho. El mar me gustaba, y eso que solo fui a la playa un par de veces en la vida. Pero después, preste atención al barco y a la madera con que estaba hecho.
Me gusto más la madera con la que estaba fabricado que el mar, que me hacia feliz, en el sueño claro está. Así que me fui del barco a un astillero a fabricar barcos.
Pero descubrí que con esa madera se podían hacer muebles. Y en vez de hacer barcos me dedique a hacer muebles. Pero para eso necesitaba mas madera. Entonces deje la costa para ir al bosque cerca de la montaña, porque en el bosque hay más árboles, ahí no me faltaría madera.
Pero cuando llego el invierno, hacia mucho frío, había mucha nieve. Ya no quería hacer muebles estaba incomodo con el invierno en la montaña. Entonces busque un lugar con más calor. Decidí viajar a un lugar cerca del desierto. Pero dure poco ahí. No había arbólese, todo era seco y el calor no cesaba nunca. El paisaje casi no tenía vida.
Por último, me fui del desierto hacia la llanura. Un lugar parecido a este, tenía verde, tenia vida, había árboles, había madera, tenía lo justo de calor y lo justo de frío que me gusta. Pero cuando llegué y me establecí, quería volver al mar, porque después de andar tanto entendí que ahí me sentía libre. Pero ya estaba viejo, más viejo que ahora, como para moverme de allí. Después de eso me desperté
Su mujer estuvo atenta a todo lo que él contó, guardó silencio.
Ya no tenían nada en sus tazas.
- Interesante – Dijo la dama y lo miraba tiernamente -
El no decía nada, esperaba que su compañera le dijera que pensaba.
Desde que se conocieron no se separaron, ellos habían vivido lo que algunos llaman “amor a primera vista”. Ambos conocían lo mejor y lo peor del otro, y aún así, envejecían juntos.
La mujer con las manos arrugadas entendía mejor que nadie el sueño de su reflejo del otro lado de la mesita. El era un alma insatisfecha, que al tener familia a muy temprana edad tuvo que postergar sus anhelos, aspiraciones y gustos personales para dedicarse a llevar el pan a la mesa. Ese sueño era un reflejo de esos anhelos, incompletos, inconclusos, que con los años habían quedado reprimidos en su inconciente. Ese joven del sueño, era la otra parte de él mismo, la que nunca pudo dedicarse a tener y a hacer lo que quiso, que cuando emprendía algo, después de hacerlo había otra cosa que llamaba su atención, o dicho proyecto no le rendía para llevar dinero a su casa, y sin terminar el proyecto primero, comenzaba el segundo.
Apartando las tazas de en medio, tomo sus manos en las suyas, miro sus ojos para luego decir con su tierna voz de siempre:
- Los sueños, sueños son
.

Lágrimas sobre el mantel

Su mente estaba tan desordenada como una vereda en otoño. Las últimas palabras que dijo le dejaron un sabor de angustia y enojo en la boca. El tiempo parecía detenido, caminaba a prisa o todo permanecía inmóvil, no sabía, no se podía dar cuenta.
Mientras repasaba cada palabra, cada gesto, cada detalle de la charla, una y otra vez buscando algo razonable, algo lógico. Pero no tenía éxito.
Sus pensamientos y sus sentimientos estaban golpeados y fracturados, como quien sufre un accidente.
Sentía el cuerpo cansado, la mente agotada y el pecho sobre exigido, sin aire.
Caminaba de memoria, pasaba por lugares que ya conocía como si eso le trajera paz.
La calle estaba llena de gente que iba y venía, pero no era parte del contexto, su interior le marcaba otro paso, el paso de la zozobra.
Percibía las miradas vagas de la gente. Decía para sus adentros: “mi cara dice todo”. Por más que trataba, nada disimulaba su desazón. Miraba hacia el frente, evitaba las miradas de los demás. Pensaba que los que observaban su andar veían su atormentado interior, los despojos una de tormenta de palabras.
Mientras se preguntaba ¿Dónde estaba la paz que supo conocer? ¿Qué fue de los días de buena ventura? Una voz en su cabeza le decía que todo era lo que tenía que ser. No cabía otra posibilidad, el final.
Seguía su camino arrastrando penas.
El pasado ya no importaba, insoportable el presente e incierto el porvenir.
No solo el día estaba nublado, su corazón también. Todo era contradicción.
Esa tarde terminó su relación. En realidad hacia tiempo que había terminado. A ciencia cierta no conocía el momento preciso. Pero lidió con el acostumbramiento y el miedo a decir “basta pata mi”. Ese temor que es alimentado por la incertidumbre de que hacer sin la otra persona, eso pasa cuando se compartió mucho tiempo, situaciones y proyectos. Ahora sólo quedaba el vínculo de conocer a la otra persona, de conocerla bien.
Un modesto café a mitad de cuadra fue testigo de todo. Las personas que estaban adentro y fingían no escuchar, no ver, no prestar atención a las lágrimas que regaban el mantel, simulaban discreción y lastima por lo que se rompía sobre la mesa. Lo cierto era que se había roto antes de llegar a ese lugar.
Todas esas charlas terminan igual. Terminan con el primero que se levanta.
Durante el último mes se mentían muy bien, los dos sabían eso, pero eran fieles a sí mismos. No querían perder el tiempo.
Los besos en esa clase de despedidas no podrían ser más falsos. No hay nada más falso que un beso sin sabor, o un abrazo sin fuerza.
Con cada paso que daba, se alejaba de su pasado reciente, de las lágrimas sobre el mantel.
No sabía mucho de finales, no sabia mucho de muchas cosas, solo sabia que alguien debía pagar los platos rotos.
Seguía caminando a paso vivo. Su tormenta le acompañaba. Cuando se preguntó: ¿Será mi cara que dice todo? ¿Será qué la gente que no sabe disimular cuando mira? ¿Será qué no sé disimular mi cara?

lunes, 7 de junio de 2010

Las cartas.

Era temprano por la mañana, serian las siete y media cuando la llave se introdujo en la cerradura. La puerta hizo ruido al abrirse, el sonido retumbo en el pasillo vacio, lúgubre y solitario.
El departamento estaba intacto. Frio, oscuro y con olor a encierro. Nadie había entrado en él desde hacia un mes.
Se levantaron las persianas para que entrara luz. Era un contra frente, pero el sol era generoso a la mañana. Había que hacer todo antes del atardecer porque habían cortado la luz. En realidad la vivienda no tenía ningún servicio, la semana anterior habían pasado los técnicos a cortar todo, ni luz, ni agua, ni gas, ni nada. Solo quedaban los mueves y algunas otras cosas. Eso había que sacar. Para regalar, para donar o para vender. Nada tenía destino seguro. Lo que servía y lo que no; lo pasado de moda, lo que no, todo eso estaba ahí adentro.
Seis pares de manos comenzaron a acomodar en cajas de cartón los recuerdos de los viajes que estaban por casi todas partes, en cada lugar que se pudiera usar de repisa, ahí había algún recuerdito, porta retratos con fotos viejas, canastitas con flores de tela y cosas así.
Empezaron con lo más pequeño, para después mover muebles, acomodar e ir sacando todo afuera.
Nadie decía nada. En silencio iban y venían sin cansarse, casi sin mirarse.
Pararon al mediodía, sacaron las cortinas para que entrara más luz. Ya no quedaba nada en el comedor y en la cocina, faltaban el living, el baño y el cuarto.
Era un departamento común y corriente, las paredes de blanco, un espejo adosado a la pared enfrente a la puerta de entrada al lado del perchero, menos la cocina y el baño el resto del piso era de parquet.
Llego el turno del cuarto, el único cuarto, una única cama. Todo estaba muy prolijo, nada fuera de su sitio, excepto por la tierra y el polvillo en el ambiente, era prácticamente para habitar en ese momento.
Desarmaron la cama, sacaron la ropa del ropero y la pusieron en cajas junto con los zapatos que eran muchos. En ese momento el silencio se hizo más profundo.
El departamento era de una tía por parte de padre para cuatro de los que estaban ahí, las otras dos personas eran pareja de un par de ellos.
Su tía había vivido sola toda su vida. Nunca le conocieron compañero. Era una persona de carácter especial. Noble, dadivosa, gentil, pero cuando los tuvo que retar lo había hecho, así la recordaban. No había sido una persona que les consintiera caprichos.
Todos se quedaron quietos cuando fue el turno de la mesita de luz. El cajón estaba lleno de papeles. Lleno de cartas. La curiosidad fue colectiva. Cada uno tomo un par de las cartas. Y las leía para si.
Las cartas eran de puño y letra de la tía. La misma letra en todas. Algunas de más de dos hojas. Todas dobladas prolijamente en tres partes.
Algunas eran de amor, otras solo tenían comentarios de sus viajes, en otras se notaba que la presión de la lapicera daba a entender un momento de bronca, a pesar de que no había escrita ninguna mala palabra. Había confesiones, comentaba cuanto extrañaba, que extrañaba.
Las cartas eran la revelación que completaba la otra parte de esta mujer, la parte que sus sobrinos no conocieron, y que ya era tarde para ponerse a sacar conclusiones.
Eran muchas, pero no llegaban al centenar. Todas coincidían en dos cosas, les faltaba el remitente y el destinatario. No estaban dedicadas ni firmadas. Lo cual las hacía más extrañas aún.
No hubo comentarios. Las cartas volvieron al cajón y el cajón salió de departamento intacto.
El sol se estaba yendo y con él la luz.
Al cabo de la jornada el departamento estaba vacio, prácticamente ya no tenia alma, no tenia nada.
Solamente uno del grupo, el más chico, dijo en vos alta después de haber cerrado la puerta: “¿Qué habría sido de la vida de la tía si hubiera tenido a valor de entregar las cartas o de decir lo que escribía, seguramente no iba a morir sola?”.
Nadie lo miró, nadie le contestó.

domingo, 6 de junio de 2010

Crisis de resurrección

Una noche de verano, tomaba mate en la terraza de casa. No había casi viento, la luna estaba a un costado, parecía vivir un momento aparte en su cuarto creciente. Todas las estrellas habían salido esa noche, estaban todas tan juntas, desde abajo parecía que charlaban, contándose secretos o intercambiando consejos, cosas de estrellas.
Ningún ruido conmovía la tranquilidad nocturna, algunos autos que pasaban por la calle de atrás de la casa, la perra paseaba por el jardín manteniendo a raya a las sombras con sus ladridos de costumbre, y cada tanto los sonidos de alguna batalla felina sobre los tejados de los vecinos.
El vaivén de las hojas era muy disimulado, como alguien que tiene la intención de moverse pero por fiaca se queda quieto.
De repente se me acabó el agua del termo, no me costó decidirme, me costó dejar el piso, levantarme e ir a la cocina fue una excusa también para picar algo y para pasar por el baño. Finalizado el menester, volví a mi cómoda posición sentado en el suelo, apoyado contra la pared con las piernas extendidas.
Cuando cruce la puerta, note el ambiente distinto, todo estaba igual que hacia unos momentos. Pero sentía que alguien más estaba compartiendo ese espacio conmigo.
Mientras tanto, mojé la yerba con el primer chorro de agua caliente, tapé la boca de la bombilla con el pulgar y la introduje en el mate. Eso distraía mi atención de lo que estaba sintiendo. Concentrado en esto y con la cabeza baja escuché un ruido en el techo. Primero pensé que era uno de los gatos del vecino, pero al instante pude ver un resplandor rojizo.
Reaccioné lentamente no se si fue por el susto o que. Suavemente levanté la cabeza, no se a quien esperaba ver, si lo hubiera pensado dos veces hubiera creído que era Mefistófeles que me había confundido con alguno de sus faustos. Pensamientos ridículos, típico de gente asustada.
A todo esto, seguía sosteniendo en mi mano derecha el termo y en la otra el mate.
No sé si tardé mucho en levantar la cabeza o a mi se me hizo interminable ese momento.
Por fin miré. En el techo de tejas francesas estaba afirmada un ave del tamaño de un águila, sus plumas eran rojas, anaranjadas y amarillas, que por alguna razón destilaban cierta luminosidad. Su pico y sus garras inspiraban respeto.
La miré como quien mira a un desconocido o a alguien a quien no espera.
Para disimular el temor, y también como para esperar a que se vaya me cebé otro mate. Lo tomé sin apuro. Los minutos no avanzaban y el ave me seguía mirando.
Se me cruzó por la mente que alguno de los gatos lo iba a ver y se le abalanzaría, pero tenia más pinta de cazador que de presa. En todo caso tendría que haber sido un ataque en conjunto por parte de los gatos del barrio.
Acostumbrado ya a esa extraña compañía, procuré cebar el tercer mate.
-¿Por qué estás solo? – indagó el ave sin moverse-
No me queme de casualidad, todavía sostenía los elementos en posición de cebar. Entre el asombro y el susto volví a mirar para arriba.
- Porque sí, - Contesté- ¿Hablas? – el gesto de mi cara se oyó más fuerte que mi pregunta.
No me contestó.
Lo más extraño no fue el hecho de que pudiera hablar, sino la pregunta. Por dentro me decía a mi mismo: ¿Qué le importa a este pájaro que hago de mi vida?
- Estoy cuidando la casa, el resto de la familia se fue de vacaciones. –Le dije-
Después de pensar un rato, en un silencio extraño más que incomodo, arribé a la a dos posibles conclusiones, o era el ave Fénix o una broma para Videomatch.
Me seguía mirando fijo mientras tomaba otro mate, pensé en ofertarle uno para no ser mal educado, pero no sabia donde podría haber metido el pico, así que por una cuestión de higiene no dije nada.
-¿Sos un Fénix, no?
- Sí. - Contesto en seco-
- Sí. Un poco obvia mi pregunta. ¿Qué te trajo al techo de esta casa? - Pregunté para no ser menos.-
- Estoy de paso.
- Ah, mira vos.-Contesté mirando para otro lado.-
La respuesta tuvo gusto a poco, toda la charla hasta ahí tenia gusto a poco.
- ¿Es cierto qué ustedes reviven en el fuego, de sus propias cenizas? – Dije casi por compromiso y sin esperar respuesta alguna.-
- Es cierto, cada quinientos años, volvemos a resurgir de nuestras cenizas, el calor del sol nos trae a la vida nuevamente.
- ¡¿Cada quinientos años?! – Interrumpí- eso es mucho tiempo, dependiendo de cuanto te dure la vida, es decir, el periodo que vivas hasta que te consumas y te conviertas en ceniza. Siempre me llamo la atención eso de revivir, seria algo así como vivir por siempre ¿no?
- Podemos vivir cientos de años hasta volver a conocer el fuego y ser ceniza.
- Que fantástico. La verdad no me imagino como debe ser eso. La experiencia de morir y volver a vivir. Como resucitar. Tener la oportunidad de vivir distintas vidas, si en la anterior te fue mal, pasarla bien en la que viene. Me resulta atractiva la idea. Dejar todo atrás y obtener algo totalmente nuevo.
- No es de esa manera. – Replicó serio.- Si tenemos memoria de lo que hemos vivido anteriormente, no son varias vidas separadas por fuego y cenizas. Es toda una vida repartida entre fuego y cenizas.
El comentario me resultó lleno de melancolía, teñido de varios matices como tristeza y olvido. Pero no quise preguntar esta vez. Entonces cambié de tema.
- ¿Cómo es revivir realmente?
- En realidad, nadie nos enseña a revivir, como vos decís. Seria como para ustedes los humanos el hecho de respirar, mirar u oler. Nacen con esas facultades, nadie les enseña a usarlas, aprenden. De la misma manera nosotros nacemos con esta facultad. No es aprender a revivir, sino que hacemos cuando revivimos. ¿Qué hacemos después de eso? ¿Cómo seguimos conviviendo con lo que quedó en las cenizas de las que salimos? Parte del pasado queda en ese nido, consumido por las llamas, pero otra parte sale de ahí en medio con nosotros. Es un paso en el que nadie nos acompaña, nacemos solo y morimos solos. Es parte de la gracia que el Creador puso en nuestra especie. Una gracia acompañada de soledad.
- Es más complicado de lo que parece, pero en parte es el precio de vivir por siempre.
- Podemos vivir por siempre, pero también podemos elegir dejar de vivir.
- ¿Suicidio?
- No, nada de eso. El fuego que nos consume cuando morimos, es cuando no podemos vencer la adversidad que nos rodea, la injusticia, la maldad, el desencanto de las cosas.
Cuando nuestro espíritu deja de tener fuerzas o motivos para volver con el próximo fuego nos quedamos ahí, un lugar que no entenderías ni aunque te lo explique toda la noche, morimos para ustedes porque nos dejan de ver…
- Bueno, en mi caso es la primera vez que veo a “uno de ustedes”.
- Pero –Continuo como si nada- seguimos existiendo. Negamos la oportunidad de volver cuando nos negamos a la posibilidad de sentir. Después de eso no hay motivo para volver. El Creador nos dotó con el alma más sensible de todas las almas de la creación. La braza más ardiente está en nuestro corazón, donde se origina el fuego para volver. Por eso cuando se consume el calor del corazón todo se hace cenizas.
- Quién diría que ustedes también viven un mundo lleno de sentimientos. Así que volviste después de quinientos años. ¿Y ahora qué vas a hacer?
- No sé que hacer, por eso paré en este techo. Creo que me engañé a mi mismo. No sé para que volví. Creí querer sentir, seguir sintiendo, creí ser más fuerte que hace quinientos años, haber superado los desencantos y las mentiras que llevaron a mi corazón a extinguirse. Tengo miedo de volver a morir otra vez por lo mismo, por querer. ¿Si esta pobre ave tenia problemas del corazón? había parado en el techo equivocado, yo no era un referente a quien recurrir buscando consejo, menos para cuestiones de sentimientos.
No le quise preguntar nada relacionado con su pesar, era evidente que no estaba de ánimos.
- ¿Sería cómo un momento de crisis lo que estas pasando? Un momento de crisis de resurrección – Cuando me escuché, me dí cuenta que la frase sonaba muy rara. Pero en el contexto se perdía, porque la situación en si ya era fuera de lo común. Continué- Nosotros los hombres también tenemos momentos de crisis, en los cuales no sabemos si seguir sintiendo. A veces morimos por dentro, por fuera mostramos algo que no somos. Tratamos de parecer más fuertes de lo que somos. Y después de sentir que las injusticias nos quitan las fuerzas de seguir adelante, nos encerramos en nuestra propia pena, que seria como ese lugar donde van ustedes, ese que decías que no iba a entender si tratabas de explicarme, no se si será parecido en realidad, pero así se siente para nosotros. No dejamos de existir, pero no dejamos que nadie se acerque. Quizás el ser humano no muere ni resucita a los largo de su vida, pero si tiene que reinventarse cada vez que la llama del corazón se va apagando.
El mate ya estaba frío, pero yo tomaba igual. Pensaba en toda la charla, en el ave y en mí, que, después de todo no éramos tan distintos.
En parte entendía lo que me contaba, todos llegamos a momentos donde se nos termina el mapa, cuando las cartas de navegación de la vida no muestran nada adelante. Seria como improvisar viviendo, para completar el mapa.
- La verdad, –dije- ustedes poseen un don precioso, pero es una lastima que no quieras aprovecharlo, arriesgarte una vez más, no es para morir de nuevo, es una nueva oportunidad de volver a vivir.
Cuando levanté la mirada, ya no estaba. Pero que ingrato este pajarraco, pensé, primero me asustó, me charló de sus penas y se fue si sin decir nada.
Cebé el último mate, casi lavado. Guarde las cosas adentro y, antes de cerrar la puerta miré de nuevo al techo, solo por las dudas. Tal vez, el apenado plumífero no necesitaba consejo alguno, solo necesitaba hablar.

viernes, 4 de junio de 2010

Del otro lado del sol, del otro lado de la luna.

De esta historia solo los más antiguos de los astros tienen memoria.
El, distante, ella, girando sobre si misma. Hasta que se vieron por primera vez. De tantas veces de girar y cruzarse, comenzaron a jugar a seducirse, seduciéndose.
Sus luces antagónicas le daban la razón al dicho: “los opuestos se atraen”.
Tanto se buscaron que encontrarse no fue una opción, sino la conclusión de lo que había sido una ilusión, la ilusión de abrazar al otro.
Se conocieron. Se fundieron en su propio crisol bajo su propia llama. Lo mejor y lo peor de ellos se purifico en ese fuego para volcarse en un molde con forma de eternidad, con una porción de la identidad de cada uno.
De la misma manera que nadie supo por que se llegaron, así también se dispersaron. Nadie preguntó.
Ahora, siguen interactuando en el basto vacío que existe entre ellos. Su único vínculo nació en aquella ocasión. Les alcanzo con una sola vez en la eternidad, para vivir eternamente solos.
Su crianza es su nexo. Y testimonio vivo de que alguna vez estuvieron juntos.
Muy distinto de ellos, idéntico en forma, pero no en esencia, el fruto de ambos carece de luz propia, por eso los necesita. A él de día para que sustente con su luz la vida que en el hay; y a élla en sus noche para guiar la marea de los mares y arropar a las criaturas que el alberga.
Desde aquel entonces la luna no tuvo más luz, su vigor de madre lo puso en su crianza. No brilla por si misma, refleja la luz del que alguna vez fuera uno con ella. No lo hace por él, no lo hace para ella, lo hace por que es lo que tiene que hacer.
El sol volvió a su lugar, para nunca más moverse, nunca más jugar como cuando era joven. En su propio centro sin girar mira fijo a lo lejos el destino de su cariño, que cada amanecer acaricia sutilmente, para hacerle sentir que esta presente.
Así todo esta frágilmente equilibrado, la calidez y el cuidado son un deber que poco tiene que ver con el amor para estos dos.
Nunca volvieron a hablarse, nunca volvieron a mirarse. Es hasta hoy, que su actitud de disimulo hace que los astros más jóvenes no crean esta historia.
Los habitantes más antiguos de la nada no juzgan, son solo testigos de la angustia de terceros.
Por eso, cada vez que nace alguna estrella, le cuentan esta historia.
Donde el amor no triunfa, porque los corazones solitarios no saben reconocer ni entender el cariño, y por eso vuelven a estar solos como estuvieron al principio.
Porque es el orgullo de la luz propia lo que ciega para poder amar a otros.
Que la luz propia se pierde cuando se ama a la persona incorrecta.
Y que las consecuencias de nuestras decisiones nos acompañan por siempre.
La historia del otro lado del sol, del otro lado de la luna.